PARECE QUE YO ESTABA EQUIVOCADA
La historia es sencilla. Chico conoce a chica. El chico piensa que a la chica él no le gusta nada. Está equivocado, a ella le gusta (y un montón); pero ella juega según “las reglas” y demuestra que él no le gusta, que en castellano simple significa: se hace la difícil. Resultado: el chico se va para otro lado, mejor dicho, hacia otra(s) chica(s).

Aunque yo desconocía todo sobre este popular libro que te asegura que, siendo fiel y siguiendo chancona sus exitosas reglas (por solo 5.99 dólares -edición de bolsillo-), conseguirás no un novio, sino un marido, me di cuenta al hojearlo que yo jugaba las anti-reglas y probablemente por eso pasó (o mejor dicho, no pasó) lo que sucedió el sábado pasado con el chico que me gusta.Yo siempre con la flamante bandera de la honestidad en la mano, quedé el sábado en ir al cine con un chico con el que ya había salido un par de veces y con el que ya había intercambiado una regular cantidad de besos, un par de veces también, pero con el que había perdido de modo paulatino el contacto. Haciendo cuentas, la noche de nuestro “reencuentro” nos dimos con que habían pasado casi dos meses desde la última vez que nos habíamos visto.

También recordé, pero no se lo dije, que yo había sido la que había tomado la iniciativa de volver a salir con él. Lo invite a la inauguración de una exposición de una galería, luego al teatro y por último, y muy consciente de que “esta-es-la-última-vez-que-le- digo-para-salir”, a tomar algo un viernes por la noche. Este tercer “no”, me hizo darme cuenta de la fría realidad: a este tipo no le intereso. Después de una orgullosa cerrada de chat (equiparable a una tirada de teléfono, de esas que le duelen al que está al otro lado de la línea), fui a cenar con mis amigas, mejor dicho a renegar con ellas; y un poco resentida al comienzo, y despreocupada después, mi interés y atención se fueron por otro lado.

Pero no fue del todo cierto eso. A pesar de la “gran choteada agosto-setiembre”, él me seguía atrayendo, y parecía que yo también a él en esas conversaciones que teníamos de cuando en cuando por Internet (ya estoy empezando a creer en el poder maligno del chat). En fin. La percepción es relativa. Realmente me sorprendí cuando quedamos en lo del cine. Yo tenía que ir a una fiesta de cumpleaños infantil y me encontré a las 3 de la tarde sacándole las etiquetas a los dos gustos que me di en mi reciente viaje a Nueva York: un vestido y unos zapatos que, lo reconozco, están lejos de ser sexys, pero son muy bonitos. No me había dado cuenta de que estaba lista para un cita cuando en el santo del hijo de una de mis mejores amigas, me preguntaron a dónde me iba después. Voy a salir con un chico. Felizmente Pluto y Mickey Mouse, que seguro se estaban asfixiando debajo de esos disfraces empezaron con el show y nadie me acribilló con más preguntas. Esa es una de las cosas que los solteros tenemos que pasar frente a todos los casados con hijos que estaban ahí, el chisme de quién es él, en qué lugar se enamoró de ti, y etc.

El chico me llamó como lo prometió y llegué a su departamento unas horas más tarde con una sorpresita de regalo. En vez de ir al cine, nos quedamos conversando, horas. En paralelo a la interesante y divertida conversación, en mi cabeza se estaba jugando la final de un partido de ping-pong: me tiro encima/no me tiro encima de él. Cada vez que lo miraba, tenía ganas de que me bese o de besarlo. No recuerdo en qué momento empezamos a hablar del amor, de sexo y temas relacionados. Creo que mi lenguaje corporal era obvio y pensaba: ¿es que no se da cuenta que estoy a punto de saltarle a la yugular? Pero usé la razón, me puse un paracaídas imaginario, me lancé al vacío y, en vez de hacer nada, le dije: tú me estimulas intelectualmente y eso me atrae sexualmente como un imán. Felizmente le dio risa y los dos reímos, pero él se puso rojo alarma de ambulancia. Ante tamaña declaración de lo que sea (de amor no era, claro, ultra demasiado pronto para hablar de amor), el se quedó en su rincón y yo en el mío. En esos minutos que pasaron, pensé: amigolandia corazón (y forever). Entonces, mi cartera y yo nos levantamos para irnos. Ya eran las doce y mi cochera de la Cenicienta me esperaba.

Me dijo que si lo podía jalar de camino al supermercado. Yo pensé: maldición, yo quería irme cual Meteoro de su casa. Pero lo llevé y mientras hablábamos literalmente de lo que sea, me chocó un borracho en un cruce de avenidas, que, para colmo, se dio a la fuga. Linda forma de terminar la noche, pensé. Frente a Plaza Vea, me bajé yo también del auto para ver los daños. A pesar de los nervios del choque y con la cabeza concentrada tratando de no olvidar el número de placa del conductor ebrio, pude ver una mirada de “algo” que ya en el laberinto de mi cabeza-corazón no podía entender, pero parecía una mirada de beso. No pude descifrar nada a esas alturas, me despedí rauda y me fui para mi casa con un extraño sentimiento de ¿tristeza? no lo sé. A nadie le gusta ser rechazado.

La mañana del domingo en la comisaria reportando el choque, no podía quitarme de la mente “las reglas”. ¿Qué tan ciertas son? ¿Hay que hacerse la difícil? ¿Existen en realidad pautas que te aseguran el éxito en arduo terreno de las relaciones entre dos? ¿Dar el primer paso es un error? O en este caso ¿fue un error? Científicamente está comprobado que no, según un interesante artículo de Karina Borrero, que me pidió una pequeña opinión.

Ya por la tarde revisé mi interior. Y la única respuesta fue: si yo le hubiese gustado como él a mí no hubiera valido regla alguna. Por la simple razón de que las reglas que uno se autoimpone se moldean al crecer, a partir de las experiencias, de los aciertos y, mucho más, de los errores. Y por último, las reglas están para romperse. Aunque arriesgado, ahí está lo divertido. Chica terca, me aúno a mi forma de ver las cosas. Si no, que alguien me alcance un manual. Les aseguro que me será de utilidad en el futuro.

CANCIÓN PARA EVITAR ACCIDENTES

Declaración de Alicia… perdón de Lucía (y el sexo). A ella si le ligó.