EL AMOR DESPUÉS DEL ¿AMOR?
Me gustan las cosas antiguas. Y no me pregunten por qué. Amo las polaroids, la ropa usada, los libros viejos (aunque por mi alergia los tenga que leer con una loratadina), mi pequeña colección de vinilos, las cajas de música que no me canso de coleccionar, los mercados de pulgas, las ferias de calle, siempre siento que puedo encontrar una sorpresa “reservada para mí”. La casa que alquilo puede dar fe. No sé de qué año será, pero tiene apolillados techos altos, puertas y ventanas gigantes que me gusta abrir por la mañana los fines de semana, y unas cansadas tuberías a las que engrío (y de paso, me cuido de una posible inundación mientras duermo) comprándoles sobredosis de Drano cada semana. Acomodo a mis pocos invitados entre muebles que compré en la cachina y pequeños recuerdos con los que trato de llenar las paredes blancas: el papel de una carta que alguien me dejó, posters de películas viejas, una foto de esas que venden por Quilca que sabe Dios quién las habrá tomado. En fin, la lista sigue y seguirá.

Todo esto lo pensé hace poco, una noche en que encontré el largo correo electrónico de un ex novio con el que pasé un buen tiempo de mi vida. Más de diez años después, quiere volver a salir conmigo. Y es extraño, porque cuando nos separamos, juró odiarme por el resto de la vida y me consta que lo hizo. El episodio número tres de mi lista de novios comienza (otra vez) justamente aquí.Yo sabía que él leía el blog y que además dejaba comentarios en cada uno de los posts, porque en sus datos siempre dejaba el mismo e-mail con sus nombres y apellidos completos, que bien se podrían traducir en mi mente en: tuexnovioalquedejasteparaestarconotro@gmail.com, porque, cuando terminé con él, empecé a salir con otro chico. Sin embargo, fue más complejo que eso, y aunque nunca me crea, no lo cambié por el “otro”, lo dejé porque ya no lo amaba. Creo que por eso mismo me sorprendió que “me leyera”; siempre lo sentí como una especie de provocación pasiva, como una señal de que me seguía el rastro; aún así, jamás se me hubiera pasado por la cabeza escribirle.

De regreso al 2008, después de leer ese correo, me sentí dentro de una licuadora emocional, pero modelo de esas de las que usaba mi mamá para hacernos jugo de papaya antes de mandarnos al colegio. El pasado hacía su entrada con bombos y platillos. Comencé a recordar y me dirigí directo a una de las cajas de Converse que me sirven de guarda-recuerdos. Ya casi me daba por vencida entre fotos del colegio (lo repito, ¡al colegio, gracias a Dios, no voy más!) y un horroroso repaso de esas fotos grupales con unas pintas que no quiero recordar ni en sobredosis de cafeína (¿en qué maldita época estuvieron de moda esos ganchos de lazos gigantes para el pelo?, ¿es ese un vestido color “melón”?, ¿ese era mi novio?, ¿esa era mi amiga?, ¿tenía un polo de Iron Maiden?, ¿cuándo se me ocurrió hacerme mechas rubias?, ¿ese saco de cuero negro no me lo sacaba ni para ducharme?), cuando la encontré al fin: una foto de los dos. Salíamos abrazados en un viaje que hicimos a la sierra cuando recién “estábamos”. Se nos veía sonrientes y chibolazos. El flashback vino con el plus del recuerdo de que en ese viaje hicimos el amor por primera vez. No recuerdo mucho más de esos días, solo que estuvimos contentos cuando nos tomaron la foto y todo el año que siguió.

Era un chico bueno que quería casarse conmigo, pero yo tenía 23 años y nada claro en la vida. Pero por otro lado éramos muy distintos. Con él yo tenía comodidad y tranquilidad de la típica relación clasemediera limeña, como diría mi guapísimo amigo Martín. Domingos de parilla, fines de semana en Asia, miles de matrimonios, reuniones y compromisos familiares. Cuando cumplimos un mes me regaló un muñeco azul de ojos grandes (no estoy segura si de Plaza Sésamo o los Muppets) y me llevó al cine, cuando cumplimos un año me regaló un collar con una piedra celeste (porque no había una piedra más linda en azul, mi color favorito de ese tiempo) en forma de corazón, y me llevó a un restaurante muy caro. Era como estar siguiendo una especie de ruta del amor “como debe ser”.

A él le volvía loco que fuera tan apasionada, y no estoy hablando solo de amor o de sexo; aunque él era varios años mayor, yo había terminado la universidad un par de años antes, trabajaba y tenía esas ganas terribles de salir al “mundo”. Claro, no sabía exactamente a cuál, porque fuera de las paredes de nuestras casas y de la alta e invisible muralla de la seguridad –con cerco electrico y todo– que nuestro entorno había construído para que terminemos siendo “un lindo matrimonio”, yo no conocía nada.

Después de un año más, ya estaba aburrida de trabajar en publicidad, él seguía estudiando y además tomaba demasiado (curiosamente los años que pasé a su lado yo dejé de tomar alcohol casi por completo), pero los planes de “estar juntos para siempre” seguían adelante, para todos, para él, pero no para mí. La verdad, me estaba sofocando. Y me di cuenta de todo bien clarito, una vez que salí con mi ex novio anterior (hasta tuve que verlo a escondidas, porque “qué pecado salir a tomar un café con mi ex”), al que había dejado para estar con el señor de las parrillas. En una conversación de dos horas me contó todo lo que había hecho en esos dos años en que no nos habíamos visto. Estaba diferente, usaba otra ropa, tenía otra onda y hablaba con mucho entusiasmo de todo, planes, discos, conciertos, bares, proyectos, amigos, en fin, una vida. Cuándo él me preguntó: ¿y tú?, ¿qué tal? Yo me miré a mí misma y sentí que me hacía de miniatura. Le respondí: bueno, nada. Apenas salieron las palabras de mi boca me di cuenta. No tenía una vida (o por lo menos, no una que me gustara) y estaba pretendiendo tenerla para hacer feliz al resto y aparentar ser feliz yo, pero lo cierto es que no estaba tan contenta. Después de un último intento, terminé la relación.

Así no supiera qué iba a pasar en el futuro estaba deseosa y curiosa por saber qué vendría después. Nos dijimos adiós sentados en su carro frente a la casa de mis padres y le dije que lo llamaría. Jamás lo hice y las siguientes veces que nos vimos en los años que siguieron, yo ya andaba con otros chicos. Dos años después de vivir en España, en mi primera visita a Lima, me di cuenta de que su juramento de “jamás te voy a perdonar” era cierto. Salía medio mareada luego de una clase de spinning y me alegró tanto verlo por casualidad en un estacionamiento que me animé a acercarme y saludarlo, pero tal fue su volteada de cara que casi me caigo en la vereda. Literalmente, me quedé con el cachete en el aire. Fui de regreso a la casa de mis padres manejando por el camino de la vergüenza, porque con ese gesto me demostraba que le había hecho daño al dejarlo y que yo había pasado a un merecido olvido.

No he podido dejar de hablar del pasado porque en poco tiempo me voy a juntar con él en una cita. Ah, pequeño detalle, se casó hace mucho (eso lo sabía por amigos en común), ahora está separado y tiene dos hijas (eso no lo sabía). Pero esto no es lo que me ha perturbado un poco, sino algo que no pienso negar. En su mail me decía frases que atentan contra mi naturaleza romántica: “siempre he estado al tanto de tu vida sin que te des cuenta”, “no he podido dejar de pensar en ti desde que comencé a leerte”, “nunca me voy a olvidar de la tarde en que llegaste del trabajo, me viste en la piscina y te tiraste con ropa y zapatos para abrazarme” (¿por qué hacía esas cosas? bien fácil, estaba enamorada y me gustaba hacerlo reír) y un casi inquietante “no voy a olvidar la noche en la que te pedí que nos casemos… ni la del bikini amarillo” (esa no la voy a contar, ni bajo tortura china).

Conozco gente que se vuelve a encontrar después de años y no sé cómo se vuelve a enamorar. Es decir, ¿el amor puede renacer, o algo así?, o ¿nace otro tipo de amor? Ni idea. Conozco muchos casos de amigos o amigas que por alguna razón u otra volvieron a enamorarse (o eso es lo que dicen de antiguos amores). Tengo una amiga que está casada con su primer novio, el de la adolescencia. Tengo un amigo que después de quince años, luego de un horroroso divorcio, se casó con la chica a la que le dio su primer beso hace diecinueve años. Otros piensan que los ex solo sirven de muro de contención o de autoayuda (cariño asegurado y sexo, también) cuando uno termina con otro (yo me apunto en esa lista), otros ni muertos volverían a ver a un ex así les debiera plata (en esa lista también firmo); algunos piensan en términos muy prácticos. Lo que ya se usó, se gastó y no queda otra que botarlo. Reciclarlo, jamás.

Pero por otro lado, no puedo dejar de pensar que en estos tiempos de cibersexo, amor por chat, relaciones fugaces, anti romanticismo (o un romance del que yo no entiendo tanto), el eterno juego de esconder las emociones, el horror al compromiso, ha sido bonito recordar que en una época de mi vida (y no solo con él) existía mucha más ternura, una cálida reciprocidad en el amor, pasión sin tanto prejuicio y la tranquilidad de amar sin tanto miedo. Quizás con más inmadurez, pero con mayor inocencia.

Es una sensación rara, porque yo no juego a High Fidelity (para los que no la vieron, es una película –muy buena y con un buen soundtrack- en la que hay una parte en la que el protagonista ve a todas las ex que lo dejaron para ver en qué se equivocó, porque su novia actual lo acaba de dejar), además, yo ya estuve con este chico dos años de mi vida, ya me gustó, ya lo quise, ya hice locuras por él (inclusive la quemada de pucho en la mano, por la que pedí perdón en su momento y arrepentida de verdad, y que me perdonó, también de verdad) nos acostamos juntos de todas las formas posibles en varias ciudades, carros y hostales, ya nos reímos, nos besamos innumerables veces, nos emborrachamos, fuimos al cine, hablamos, bailamos y lloramos juntos. En una frase: ya nos vimos calatos (literal y metafóricamente). Ahora ¿qué?

No descarto la posibilidad de que me esté buscando para meterme un tortazo en la cara por haber sido una chica “mala” con él o algún motivo más oscuro todavía. Pero no creo que el chico que me llevó a ver a Mar de Copas treintaicincomil veces (cuando todavía no existía la manchita “mardeco”) solo para engreirme, haya cambiado tanto. Y si lo ha hecho, de seguro es el buen sentido. Y también, siento el vértigo de ¿cómo me verá él a mí? Como sea, muero de curiosidad.

Pero aún así, ¿el amor se puede reciclar como las botellas de plástico o los residuos orgánicos?, ¿existe, en realidad, el amor después de amor?, ¿les ha pasado? Bueno, a ver si me dan claves antes del día D. Ya les contaré cómo me fue. Promesa de chica de vestido (y bikini) negro. Los bikinis amarillos, esos sí, se quedaron para siempre en el pasado.

P.D. Lectores y lectoras, para que vean como pasa el tiempo, el próximo post será el número 100. ¡Habrá que celebrar!

Canción para volver a ver atrás (y obvio, “nuestra canción”)

Antes que nada, esta película es lo máximo. Regresando al post, en esta escena hermosa, dos amantes que habían decidido olvidarse el uno del otro, vuelven a comenzar a pesar de saber de que todo puede ir mal (otra vez). A veces, uno decide arriesgarse.

Nunca fuí fan de Ally Mc Beal, solo la temporada en que aparece Robert Downey Jr., no sé por qué allá por el 2003 esta escena me hizo recordarte. Debe ser porque te gustaba hacer cosas que me hacían feliz.