MI INOCENTE Y SECRETO LADO EXHIBICIONISTA
Tengo una confesión. Me da vergüenza contarla, porque simplemente tendría que admitir mi lado exhibicionista. Pero el jueves en la playa, miré cómo cada año se van reduciendo el tamaño de los bikinis (la verdad, habría que decirle a algunas de esas mujeres que desnudas se verían menos atrevidas), me enteré que hay una playa gay en la Costa Verde (bien ahí) y, bueno, el calor, el agua helada de nuestro mar, la incomodidad de las cuatro tiritas de mi bikini de dos tamaños (S para abajo, M para arriba) y la imposibilidad de quitármelo en público, me hizo pensar que mi pequeña historia no puede ser tan chocante, para ustedes por lo menos, porque para mí siempre lo será.

Así que aquí va, Alicia y el bikini amarillo (y el sexo).Bueno, no todo comenzó con el bikini amarillo. Años antes, después de ver Átame, salí del cine convencida de querer convertirme en Victoria Abril. Estaba impactada por la película –creo que fue la primera vez que vi tanto sexo bien clarito y en tantos planos distintos en la pantalla– y ese peculiar hábito de no ponerse más que ropa (nada de sostenes ni calzones) por parte de la protagonista. Así que de inmediato, dejé de usar ropa interior ese año de universidad. Claro, la cosa no se puso muy bonita en invierno, cuando los jeans no me dejaban sentarme tranquila en la carpeta. Pero si yo estaba en los inicios de lo que me gustaba llamar mi lado exhibicionista, mi novio estaba en el auge de su etapa fetichista. Yo era su primera novia (la primera con la que había tenido relaciones sexuales) y parecía que todo lo quería era convertirnos en una especie de actores porno. Me compraba ropa interior roja, transparente, hilos dentales y unos sostenes con plumas dignos de una conejita de Playboy. Yo, en plena época Almodóvar, le decía que no iba a usar tanta parafernalia digna de un número navideño de Hustler, y me reía. Él me quería demasiado, así que me quiso con ropa y sin ropa (pero sin encajes, transparencias y diseños felinos).

Recordando otro detalle, éramos estudiantes, vivíamos de propinas (más de las suyas que de las mías), así que los hostales eran un lujo reservado para nuestros aniversarios y cumpleaños. Así que nos quedó uno de los clásicos (que yo sepa, lo es desde la época de mis padres) que ahora está desapareciendo debido a la construcción de discotecas, bares y restaurantes en la Costa Verde. Así que ambos aprendimos a hacer el amor frente al mar, pero dentro las dimensiones de su carro. Punto para el exhibicionismo. Nos hicimos tan asiduos que a veces solo íbamos a pasar el rato, a conversar y en varias de esas noches ampayamos a amigos y amigas con sus respectivos novios (y sin ellos, también) en las mismas maratones “cuidado con el freno de mano”.

Pero bueno, mi siguiente novio fue todo lo contrario. Un chico tímido y reprimido por el matriarcado en el que había crecido y en el que aún vivía. Yo lo quería, igual que él a mí, muchísimo. Pero mi educación sexual-amorosa a su lado fue muy complicada. Si ya vivimos en un imaginario social en el que las muchas mujeres ocultan su sexualidad y los hombres alardean de ella, yo vivía el caso contrario. Yo quería quererlo (en todos los sentidos de la palabra) con libertad, pero ni él mismo se lo permitía. Decía que me “respetaba demasiado”. Sin embargo, la vida al fin nos hizo coincidir una noche: la del bikini amarillo.

Estábamos pasando una semana santa en Wakama con su familia. El matriarcado en una cabaña, los tíos y su familia, en la contigua. Cuando llegamos escuché que la hermana decía, mejor dicho, anunciaba, al mismo tiempo que dejaba su maletín sobre una cama como quien clava una bandera en la luna, que ahí dormirían ella y su novio. Nadie dijo nada. Entonces me animé a abrir mi bocota y decir: “entonces nosotros podemos dormir en este cuarto”. Mi novio me metió un codazo y yo vi todas las caras haciendo arrugas y mirándose entre ellas. Me colocaron con amable pituquería en un cuarto con su abuela y a él en el cuarto de sus hermanitas. Apenas me libré de la abuela, gran jefa matriarcal, le pregunté a él qué demonios acababa de pasar. Me dijo que su hermana tenía permiso de dormir con su novio porque ya tenía tres años juntos. ¡Ah! Su respuesta me estampó una expresión de ¿en qué capítulo de la telenovela Colorina estamos viviendo?, pero me duró poco porque era chica, seguía las reglas del juego y lo más importante, quería seguir cayéndole bien a mi familia política, que a esas alturas, ya me adoraba y me veía con un velo en la cabeza casándome con el hijo mayor (y el único hombre, punto importante para ciertas mentes brillantes).

Él se puso sus bermudas, yo me puse mi bikini amarillo y nos echamos como dos lobos marinos debajo de un techito de esteras frente a la orilla. Parecía una película dulce y romántica. Nos besábamos, nos decíamos cosas bonitas al oído, jugábamos a echarnos agua en el mar, a pintarnos la cara con bloqueador, caminamos de la mano por ese pedazo de costa, vimos la puesta del sol y nos dijimos como mil veces cuánto nos queríamos.

De pronto, la voz de su mamá interrumpió nuestra versión de calendario playero-romántico de 1996 (o sea, solo nos faltaba una palmera y tener cuerpos de modelos) para la parrillada en la cabaña del tío. Entre el pan con chorizo y los bifes angostos, yo tomaba “una copa de vinito blanco” (así me lo ofrecían mi suegra, su cuñada, su hija y claro, la abuela) mientras yo veía que él se empujaba chela tras chela. Poco a poco, todos se fueron a la cama. Primero los niños, luego los grandes. Yo estaba echada en una hamaca con un “vinito” en la mano cuando de pronto, en un ataque de ebriedad, mi novio me dijo para tomar ron con Coca Cola (sí, antes me gustaba el ron). Yo le dije, “ya, chévere”. No faltaron muchos Cuba libres para que yo me animara a retarlo a meterse al mar conmigo. Para mi sorpresa me cogió de la mano y empezamos a correr hacia el mar riendo como locos. Yo daba gritos cada vez que pisaba un cangrejo, pero no me importaba nada. Estaba feliz (y borracha).

Dentro del mar, después de las risas vinieron los besos y con ellos la pasión sin represión. Estábamos tan concentrados en besarnos y pasarnos las manos por todos lados que ni cuenta nos dimos que los golpes de las olas nos hicieron terminar tirados en la orilla en una escena digna de remake de “Aquí a la eternidad”. La verdad estaba tan oscuro y estábamos tan alejados que no nos importó nada, ni la arena mojada que estaba raspando mi espalda como una lija, ni el agua salada que se nos metía por todos lados, ni los cangrejos ni muy-muys curiosos que pasaban por encima de nuestros cuerpos. Nos quitamos lo poco que teníamos puesto. Chau bermudas, chau bikini amarillo. Felizmente él estaba encima, porque de pronto un potente haz de luz nos alumbró. De pronto sentí que era la Interpol, la CIA, la Gestapo o alguna patrulla de Serenazgo que venía a arrestarnos.

¡¿Qué están haciendo?! -gritó una voz de hombre. Era el tío. Bueno, era más que obvio lo que habíamos estado haciendo. Con la megalinterna encima nos pusimos de pie con dificultad, él se tapaba a sí mismo, yo me tapaba detrás de él mientras buscaba como loca mi bikini amarillo. Claro que no estaba a la vista, así que solo escondí mi cara roja por el sol y la vergüenza detrás de la espalda de mi ahora cómplice “en esas cochinadas que se atreven a hacer delante de los chicos” (palabras literales de su madre). Y no solo estaba toda su familia ahí (sobrinitos incluidos), sino también algunos vecinos espantados y el señor que alquilaba las cabañas de la playa. Yo la verdad solo distinguía las voces y rezaba en silencio porque alguien me alcanzara una toalla mientras mi pobre novio pedía disculpas por enésima vez.

Alguien por fin se compadeció, nos tiraron unos pareos y nos escoltaron como a presos a nuestras respectivas habitaciones. Desde mi cuarto compartido con la abuela que en ese momento estaba rezando un rosario (seguro por la salvación de nuestras almas podridas), escuchaba cómo la madre, el tío y la hermana puteaban a mi pobre novio, diciéndole que unos niños nos habían visto y que ellos habían sido los que habían avisado a sus papás, quienes a su vez habían ido enfurecidos a la cabaña a buscar a los mayores responsables de “tal escándalo”. Yo demoré en dormir, deseando teletransportarme a la cama de mi habitación de la casa de mis padres en Lima, que felizmente, por ser la mayor, nunca tuve que compartir con nadie.

De más está decir que dejé de ser una linda y dulce novia para pasar a ser la mujerzuela que había seducido al hijito, sobrinito, hermanito y nietito tan querido de todos y lo había llevado a una literal “orilla del pecado”. Al día siguiente tomamos desayuno en silencio y con caras largas; y por supuesto que él y yo no tuvimos “permiso” de tocarnos un pelo en los próximos días. Sin embargo, como buena familia limeña, con el pasar de los días nadie volvió a tocar el tema y volví a mi status de novia buena después de un buen tiempo.

Y no voy a decir que aprendí mi lección. He tenido más de una aventurita nada privada con alguno de mis pocos novios en el cine Roma, una noche de luna llena en la Barceloneta, en el balcón de un hostal en Cusco, en el baño de Nébula, en el segundo piso de una discoteca (La Paloma) y un breve striptease en la calle en la que vivo ahora en Lima; y también he tenido otro tipo de experiencias, pero acompañada de mis amigas, cuando posamos para Tunick, yendo a playas nudistas, tirándonos en ropa interior o semidesnudas a mares (Mediterráneo, Adriático), lagos (Atitlán) y océanos (Atlántico, Pacífico) o pasando veranos enteros en topless (bueno, esa ya era una costumbre).

Pero ojo, nada comparado con la historia del bikini amarillo. De hecho, siempre habrá un antes y un después de esa noche. Porque me di cuenta de dos cosas; primero, qué paja es desinhibirse y dejarse llevar (claro, sin niños u otro ser humano presente) y segundo, qué rico es andar con menos ropa, especialmente ahora que hace tanto calor (bueno, esa es mi excusa, así mi mamá o mi papá se molesten, o así varios novios se hayan molestado en su época, a mi la verdad lo único que me ha preocupado, pero cada vez menos, es la ley de la gravedad, en fin, la comodidad trae consecuencias).

¿Dónde estará mi bikini amarillo?, ¿habrá llegado a Hawái, se habrá hundido en el zócalo continental o seguirá flotando hecho harapos por el nada pacífico océano Pacífico? No lo sé, pero por si acaso, como una cábala, nunca volví a usar uno de ese color (ahora sólo uso bikinis negros).

CANCIÓN PARA DEJARSE LLEVAR (UN POCO, POR LO MENOS).


Un recuerdito de los 80: “Vístete” de Nacha Pop. Seguro, esto me lo dijeron varias veces. Todavía no sé si les debería hacer caso.

Un poco tarde, pero gracias al Diario Peru21 por incluirme, como una de las representantes del mundo de los bloggers en el suplemento “21 personajes del 2008″.