HAY QUE TENER VALOR PARA DECIR ADIÓS.
Las separaciones son un asco, o por lo menos se sienten como si lo fueran. Creo que todos, con pocas excepciones, hemos pasado alguna vez por una ruptura y al que me diga lo bien que la pasó, no le creo. Así sea uno el que decide terminar una relación o al revés, siempre habrá un momento difícil, incómodo, doloroso, interminable, aterrador -para muchos- en que le tienes que informar a otra persona que ya no quieres estar más con ella. Pero, y este es un gran “pero”, hay muchos cobardes sueltos por ahí, que prefieren agarrar una garrocha y al mejor estilo de las olimpiadas, saltarse el mal rato.

A mí me pasó hace muy poco, y me hizo pensar que ya me había ocurrido antes.Si viajo hacia el pasado, recuerdo un par de sujetos que en vez de despedirse se retiraron por la puerta falsa, a escondidas, como si fueran ladrones; casi, casi, como criminales. Vamos de atrás para adelante.

El primero me dijo el popular “ya vengo”. El peor, dejó la puerta abierta, tomó un avión y jamás regresó, por lo menos no a mi vida. Poco después me enteré de su relación con otra que tuvo el descaro de tratar de ocultar. Por más que lo intentó, no pudo. Y funcionó eso de “seré tonta, pero no cojuda” y lo arrinconé en la puerta de su casa como un gángster. Sí, antes mi orgullo y mi amor propio funcionaban de otra manera, mejor dicho, no funcionaban. Se intentó hacer el loco, pero le dije que me debía una explicación. Sentados en un café (no sé por qué algunas personas piensan que en un lugar público están libres de pasar por un “escándalo”), no hubo un tal escándalo. Con dos lágrimas, una en cada ojo, le dije que era una pena que aún en ese punto de la situación (porque ya no era una relación), me siguiese mintiendo y no me dijera a la cara que ya no me amaba, que así de simple era la cosa, que me haría un favor para ayudarme a olvidarlo. Pero no. Aún habitaba el país de los cobardes y caraduras. Así que mientras me terminaba la cerveza que tomaba pensé: ¿por qué no me siento tan mal?, ¿por qué mis ganas de asesinarlo se habían desvanecido? Y claro, la respuesta es simple. Las decepciones tras decepciones aniquilan el amor como el Raid a las cucarachas. Así que me paré, no le di ni medio beso y le dije: yo sí tengo algo que decirte y es bien cortito, ya no te quiero, chau.

Tengo que decir que aún sin quererlo, por lo menos no de la forma como creía que lo amaba, no fue fácil dejar atrás esa relación y seguir para delante, pero lo hice. Tenía a otra persona a quien amar y la había dejado a un lado, sola. A mí.

Años después, el segundo, sin previo aviso, cogió sus cosas, las metió en una bolsa y se largó. Sí, yo sabía que nuestra relación estaba muy lejos de ser perfecta, pero pensé que aún y, a pesar de todo, “teníamos que hablar”, pero resulta que el tipo este no habló conmigo, sino con sus amigos, luego con sus padres y yo me enteré al preguntarle: “¿a dónde vas?” cuando se iba (y para siempre). Me quedé atónita mirándolo llenar una bolsa de supermercado con unas pocas cosas mientras pensaba que todo el mundo sabía, antes que yo, que este individuo me iba a dejar y que si yo no hubiera estado presente esa noche, me hubiera quedado en una relación muy cercana y frecuente, por no decir obsesiva, con la grabadora de un celular que en su vida me iba a poder decir qué demonios acababa de pasar. Y cometí todos los errores de un típico libro de autoayuda, lo llamé, lo llamé borracha, le pedí explicaciones (no a él, sino a la contestadora), me agarré a cabezazos contra todas las paredes que encontré, lo maldije, me maldije y nada. Jamás hubo una respuesta. Luego de verlo al poco tiempo con otra, recordé cuando me hablaba de sus ex novias y de cómo dejaba a una por otra, y a esa por la siguiente. Ahora me había tocado a mí y seguro había otra en mi lugar. Felizmente.

Y así llegamos al pasado cercano. Salí con un tipo el año pasado. Cuando empezaron los problemas, él agarró un salvavidas y se tiró del Titanic. Obvio, sin buscarme para hablar, sin despedirse ni por mail, por chat o alguno de esos métodos que a veces son muy útiles para mantener una distancia emocional del mundo, e imagínense lo desesperado que estaba porque agarró sus maletas y se fue del país. Pasó a ser un literal refugiado político, mejor dicho, un autoexiliado oculto entre las faldas de su mami. Sí, es cierto, yo fui quien le dijo al chico este que no podía seguir más y que dentro de su orgullo artificial (que tanto se esfuerza cada día en agrandar con inflador de bicicleta) no cabíamos los dos, y cuando lo llamé (ojo, no fue un absurdo pretexto, pero sí me costó porque me estaba arriesgando a cometer errores pasados y sentir el dolor que implica salir de cualquier relación) para que me devolviera mis cosas, para que me pagara la plata que me debía y tener esa conversación que nunca tuvimos, jamás me contestó.

Sin embargo, la casualidad hizo que nos encontremos la semana pasada y se pudiera reír de mí ante mi sorpresa (porque te quería y querer, para mí, significa respetar) y decirme: “Eres medianamente inteligente (¿?), así que entiende que ya no te quiero (lee el siguiente párrafo), que ya no me gustas (¿cómo sabes que tú sí a mí?), así que no te acerques (solo quería despedirme y lo hice con toda la buena onda del mundo), ya no me llames (ok, ni si quiera lo había intentado), ahora que no estoy contigo, estoy feliz (ah, ¿sí?) y si sigues parada frente a mí, voy a decirle a la dueña del local que te bote (no necesitabas decir eso)”.

Así ese día me haya humillado por pensar que podíamos hablar como dos seres humanos, aún así haya roto temporalmente la estúpida confianza que uno siempre mantiene por las personas que juraron amarte por siempre (no sé cómo así pasó de “no me sueltes nunca” a “voy a hacer que te echen de un bar que no es mío”), lo único que hizo, como los demás, fue hacerme un favor. Darle la razón a mi corazón y hacerle un llamado de atención a mi autoestima al comprar que algo ha aprendido. Dos conclusiones rápidas: Tu orgullo vale más que una persona. Mi silencio, es mi despedida.


Y si me tiene, según él, prohibido hablarle, desde acá le digo (y no me importa si lo lees o no) que ya pasé por esto.Y no es despecho, es la realidad. Y lo que también es verdad, y es por lo único que me duele ese comportamiento adolescente, es porque yo, a diferencia tuya, nunca te dejé solo. Ni una sola vez. Estuve contigo en las buenas, en las malas y en las peores. Y te quise, mucho. Después de lo del miércoles, no me explico muy bien por qué. Por eso, creo que tengo todo el derecho de decirte que le vayas a faltar el respeto a quien quieras, pero no a mí, que te di mi cariño, todo el que pude, el tiempo que estuvimos juntos. Yo ya no soy tu papelera de reciclaje.

Tengo dos malas noticias para los novios fugitivos. Una, por más que una relación de amor se haya convertido en una de terror, no deja de ser un 100% partido exactamente por la mitad para ambas partes (así uno de los dos haya cargado con más o menos porcentaje de su responsabilidad) y ese compromiso intangible vale hasta el final. Hasta la despedida. Y dos, no tengo idea de por qué algunos le tienen tanto miedo de enfrentarse a una despedida. Nadie va a sacar un machete y les va a cortar la cabeza. Estoy segura de que muy al contrario de lo que la mucha gente piensa, no es solo miedo a la reacción que el otro puede tener o a herir sus sentimientos, sino a hacerse daño a sí mismos. Y eso es, además de cobarde, bajo y egoísta.

Aunque suene irónico, cuando a mí me tocó estar del otro lado y terminar dos relaciones largas con los dos novios a los que dejé, me encontré en ese mismo momento lleno de dolor, desconcierto y lágrimas. Porque es simple. Duele separarse de quien has querido, de la persona con la que compartiste tanto, de ese futuro que ya no hay quien salve. Pero lo hice, ante los ojos de borrego degollado de ambos chicos. No hice un mágico acto de desaparición ni dejé que me rogaran un solo día pidiéndome una explicación. No es fácil decir “ya no te amo” o “ya no quiero seguir con esto”, quizás no de la misma forma que oírlo, pero así sea un trago recontra amargo, respiré hondo, bajé la cabeza, tragué saliva y lo dije. Por respeto, por cariño. Sí me importó que luego me odiaran por un tiempo, que hablaran basura de mí o que les estuviera rompiendo el corazón. Pero me importó más poner las cartas sobre la mesa. Ser honesta. ¿Quién quiere a su lado un amor de mentira? De más está decir que ahora ambos están casados y tienen familia, y que ese episodio de la vida que compartimos no les importe un pimiento partido por la mitad. Mi conciencia estuvo y está tranquila, así no haya sido la novia que ambos esperaban, así haya roto buena parte de sus sueños de ese momento.

Si dos personas tuvieron el entusiasmo, tiempo y esfuerzo para estar juntos el tiempo que haya sido, ¿no basta solo eso para tener una despedida decente?, ¿qué se hace cuando alguien con quien tuviste algo de pronto desaparece sin decirte un mísero chau?, ¿se llama a los cazafantasmas?, no creo. A nadie le gusta que fantasmas del pasado ronden sus vidas llenas de palabras no dichas, de eso que se te queda atracado en la garganta, de algún reproche, de un “perdóname”, de un “esto es lo que no puedo perdonarte”, de un beso, un abrazo, en fin, una despedida. Para eso existe una cosa llamada valor. Y hay que tenerlo para poder decir adiós.

CANCIÓN PARA DESPEDIRSE A SOLAS


Rebuscando en YouTube me encontré con que esta canción que tanto me gusta, tiene un video que, lejos de ser alegre, demuestra que una pareja que se quiso se puede despedir con el mismo cariño con el que se amó.