HE AHÍ EL ETERNO DILEMA DE ALGUNOS SOLTEROS (o el mío)

Dentro del grupo de una de mis mejores amigas, Valeria, soy ahora la única soltera. Estos últimos años han sido la gran maratón de partes, regalos, showers, baby showers, despedidas de soltera y un nuevo guardarropa para celebrar las uniones de todos estos amigos quienes después de sus respectivos pasos por la garita del matrimonio civil, del altar, son ahora parejas como Dios, la municipalidad y la sociedad mandan.

La semana pasada fue el cumpleaños de Valeria y pasé poco tiempo dentro de esa reunión, antes de darme cuenta de que me habían tendido una sucia trampa. En otras palabras, todos los ahí presentes eran cómplices de una cita a ciegas. Bueno, mejor dicho, habían confabulado para jugar a la gallinita ciega conmigo, porque la única que no tenía idea de lo que estaba pasando era yo.Pero todo tiene una explicación. Valeria y yo somos amigas desde que estábamos en la universidad. Estudiamos carreras distintas, pero en una época nuestros caminos se unieron cuando fuimos novias de dos chicos que resultaron ser patas. Los cuatro empezamos a parar de arriba para abajo y las dos nos hicimos mejores amigas. Dos años después, las dos terminamos nuestras respectivas relaciones. Ella se casó con Javier, su siguiente novio, mientras y yo fui novia de otro chico por otros dos años en los que nuevamente fuimos un grupo de cuatro hasta que yo terminé con esa relación y pasé a las filas de los solteros.

No tengo que decir que después de eso, las sillas de las mesas que compartimos siempre fueron números impares. Siempre fuimos cinco, siete, once, diecinueve, contando el último matrimonio al que me invitaron y al que fui sola. Y la cosa se empezó a tornar algo extraña, porque ahora ya no había la típica mesa de los solteros donde cabíamos todos los no-comprometidos; aquella noche tuve que robarme una silla de otra mesa de ocho para hacerla de nueve, malograr la decoración de paso y hacerme un lugar entre mis amigos.

Lo bueno es que en una mesa, aunque sea de número impar, uno chupa, conversa, ríe y come sin problemas. Lo odioso viene después, cuando los mayores se cansan de bailar “Caballo Viejo”, escuchas de pronto una tonadita conocida de Carlos Vives, Bacilos o Marc Anthony, y todos los veinteañeros y treintones saltan empilados a la pista con sus parejas, novios, maridos y esposas. Pero antes de entregarse al éxtasis del dancing que no para hasta unos remembers jodidos (y muchas veces, divertidos) de Menudo, Xuxa y Natusha, voltean a mirar a la chica que se queda sola en la mesa y se sienten comprometidos a decirle en coro: “¡vamos todos!”, como si fuera un partido de vóley, o siempre está alguna amiga sacrificada que le insiste en “prestarle” a su marido un ratito para que pueda bailar. Yo les digo casi siempre “no” con el dedo, me quedo sentada tomando un whisky y pensando que estos momentos lo único que hacen es recordarme una antigua y nada agradable sensación de estar “planchando” (jerga de los ochenta que significa que nadie te saca a bailar) en una fiesta de colegio.

Esas miradas y cuchicheos preocupados de “¿cómo no se le ocurrió traer a alguien si sabía que era un fiestón?”, o mejor dicho, “¿por qué no está con alguien para este fiestón y para la vida en general?” La impotencia de no poder explicarle a un grupo de amigos casi ebrios que no me importa estar sola y que me estoy divirtiendo igual que ellos me hace pensar una sola cosa: ¿por qué demonios algunas carteras son tan chiquitas que no entra un cuaderno, menos una laptop y mucho menos un aparato teletransportador que me lleve directo y sin escalas a mi cama?

Creo que mi pareja favorita de amigos casados no leyó mi último post, en el que hablaba de mi necesidad de un tiempo fuera del territorio amoroso, o son tan felices como pareja que quieren ver a su amiga soltera preferida (yo) así como los veo a ellos: disfrutando de una vida en común que en realidad admiro, llena de amor y complicidad a pesar de los años, algo que, tengo que admitir, no veo muy seguido entre los matrimonios que conozco. Pero esa noche, el plato de fondo no era la canilla de cordero con risotto, especialidad de la casa, sino un malévolo plan: presentarme al nuevo compañero de trabajo del marido de Vale.

Como una corderita que va al matadero para ser degollada, sin saberlo claro, con una botella de vino y un regalo, llegué al cumpleaños de mi amiga, una de las cabecillas principales de la conspiración, que me sonó más a una versión alterada de la Teletón: encontremos un novio para Alicia en menos de 24 horas, tú también, ¡colabora! Cuando empecé a saludar a todas las parejas que estaban regadas en el salón y la terraza, me percaté de un pequeño detalle. Había un número que no cuadraba. Un extra de más en la película. Un chico al que no conocía. De pronto me di cuenta que volvimos a ser un número par. Cuando me acerqué a saludarlo, le dije:

- Hola. Soy Alicia.
- Sí, ya sé.
Luego me dijo su nombre, sonriente.

Apenas lo escuché, volteé con ojos de asesina en serie a buscar a Valeria. No era casual que este señor estuviera ahí. Pero en vez de cruzarme con ella, que seguro había ido a espiar escondida desde la cocina o algo así, me encontré con un grupo de miradas solapas que esperaban cual lobos la primera reacción ante nuestro “casual” encuentro. Javier, “apareció” de pronto con dos tragos en la mano.

- Tienes que probar el Cholopolitan, Ali.

- (Ah ¿si? y yo quiero matar a tu esposa, pensé) Gracias, Javi –le respondí.

Es decir, además de enchufarme a un hombre sin preguntar, de paso me quieren emborrachar. Bueno, ya estaba en medio de la situación incómoda, así que decidí seguirles la cuerda y comencé a hablar con el Sr. Abogado. Mejor dicho, dejé que él me hablara a mí. Casi me atoro al hacer un auto-seco y volteado para quitarme, según yo, la presión de las parejitas conspiradoras y los nervios de verme ante un chico que sí estaba al tanto de que esa presentación no era ninguna casualidad. Con la excusa de saludar a Valeria y la secreta intención de mandarla a la mierda, dejé al chico este en la terraza de vista espectacular que tienen esos dos. Cuando vi a Valeria la abracé y le dije:

- ¡Vale, Feliz cumple! y ¿qué demonios está pasando?
- Gracias Ali, nada, nada. Solo que Javi tiene este nuevo amigo y quería conocerte, y no se me ocurrió un mejor momento ¿no?
- No me vengas con vainas, Valeria. Todos saben, hasta él.

- Bueno –dijo mi amiga lavándose las manos cual Pilatos -él sabía que tú vendrías. O sea, le dijimos, bueno, el quería…
- Ya, ya -la corté yo con ironía.
- No pierdes nada, Ali. Es un buen tipo, al menos háblale un rato. No seas tonta. Anda. ¡Ah!, y toma. Salud por mí. Y me dio otra copa de pisco con jugo de arándanos.

Con la sensación de que mi madre me mandaba a saludar a un tío de la niñez que siempre me apretaba la nariz y por eso odiaba acercármele, caminé hacia él, quién conversaba alegre con Javier. Me sentí la mujer más visible del mundo, como si estuviera en una pasarela, como si un haz de luz me iluminara justo encima de la cabeza. Definitivamente eso no va con mi personalidad y ha pasado a ser archivado en mi memoria como uno de los momentos más extraños de toda mi vida.

Cuando Javi se disculpó con una excusa tonta y una risita cachosa, no tuve reparos al decirle.

- Tú sabías de todo esto, ¿no?
- De ¿qué?
–trató de hacerse el loco.
- Oye, ya pues -le dije muy seria. Él se quedó mudo. Ver su cara en aprietos hizo que me diera ataque de risa (eso, y el segundo Cholopolitan). Él también rió. Creo que ahí se rompió el hielo, por lo menos el mío.
- Javier me dijo que ibas a venir, nada más. El pobre se había puesto nervioso. Así que para romper su hielo, le pregunté (yo, que nunca pregunto nada), batiendo todos los récords de estupidez mental, la súper popular pregunta más trillada del planeta tierra, a falta de cualquier otra cosa que decir.
- Y tú ¿qué haces?

Mientras que él me contaba no sé que historia sobre uno de los socios de un estudio, creo, no estoy segura, luego sobre la universidad, su master en no sé qué y la casa que tenía en sabe Dios qué playa, yo trataba de parecer al menos coherente con mis respuestas, pero la mitad del tiempo mi mente estaba siendo torturada por mis propios pensamientos sobre la integridad que le debía a mis últimos propósitos de estar en paz conmigo misma y mis ganas de un tiempo a solas. Esa doble conversación (la que tenía con él y la que tenía con mi mente), más el tercer Cholopolitan y la impresión de que no solo era guapo, sino muy simpático, risueño, con una bonita voz y que, al menos, a simple vista era una persona interesante, hicieron que mi cabeza se apague por un colapso nervioso. Así que me enfrenté a mi misma antes que a él y me pregunté en silencio: ¿Por qué tanto drama? Yo misma me respondí: es solo un chico que te está hablando. Resuelto esto, le dije a él:

- Mira, la cuestión es ésta. No sé si estoy lista.

- … -él me miró sin saber qué decir.
- Para salir, digo -bajé la cabeza y repetí con vergüenza, como quién admite un pecado capital- No sé si estoy lista ahorita para todo esto.

Para mi sorpresa, este chico no era un tarado. Todo lo contrario.

-Alicia, yo solo quería conocerte –dijo con una extraña ternura. Y… quiero conocerte más. Pero depende de ti. Si quieres no lo tomes como una cita. Solo pensé que podíamos juntarnos otro día y hablar un rato.

Lo sentí honesto. Aunque mi parte desconfiada me repetía: ¿y si no lo es? Porque aunque suene cursi, esperaba que de alguna manera imposible e imaginaria me dijera: “conmigo estás a salvo, no voy a hacerte daño”. Pero eso jamás sucedería. Esa es nuestra chamba.

Toma. Este es mi teléfono. Llámame cuando tú quieras –y me dio su tarjeta del trabajo.

Yo le sonreí y recién en ese momento pudimos seguir conversando más tranquilos mirando el mar durante dos horas enteritas. No voy a negar que dejé que un poco de coquetería se me escapara, lo que lo animó a devolverme el jueguito, y que hasta pasó por mi mente la posibilidad de decirle en ese momento que sí, que quería verlo otra vez, sin embargo, mis dos hemisferios cerebrales no se ponían de acuerdo. Igual dejé que me jalara a casa. En la puerta, aún sin ninguna respuesta, me despedí como si se tratara de un amigo cualquiera y me bajé del carro.

De más está decir que Valeria me despertó al día siguiente para saber “qué había pasado”. Solo me reí y en venganza por haberme metido en tal aprieto, le contesté que no le iba a decir ni una sola palabra, ni a ella ni al resto, a los que no pienso ver en un buen tiempo.

Ahora que escribo esto, tengo su tarjeta junto a la computadora y sonrío al recordarlo. Le doy vueltas al pedazo de cartón con todos sus teléfonos y correos electrónicos como si fuera una carta del tarot que me fuese a dar una respuesta. Aún sin saber si lo voy a volver a ver. Por una simple razón. ¿Cuánto se necesita para estar listo y dispuesto a salir?, ¿un día?, ¿una semana?, ¿un mes?, ¿un año? Todavía no lo sé y no pienso apurarme en decidir, así que no lo he llamado; aún cuando el celular me haga ojitos de rato en rato.

CANCIÓN PARA DUDAR


La última escena de “Greencard” (una de mis comedias románticas favoritas) deja el final abierto. No sabemos qué pasará después con esos dos que también se conocieron por casualidad. Estoy segura que a ellos les fue bien, o me gusta pensarlo.