TRAICIÓN FAMILIAR A LA VISTA
Dicen que hay familias de todo tipo. Cierto. También dicen que éstas van cambiando con el tiempo. Cierto también. Algunas crecen, otras se reducen, algunas se dividen. Es inevitable. Los hijos crecen, se emparejan y se reproducen. Así, cambian las etiquetas con las que usualmente se definen a los integrantes. La clásica trilogía familiar padre, madre e hijos se convierte en una amalgama que va cambiando. Los padres se convierten en abuelos, los nietos pasan a ser sus nuevos engreídos, las hermanas se convierten en esposas, esposas/madres o solo en madres, lo mismo pasa con los hermanos que se convierten en maridos y padres; las familias políticas irrumpen en nuestra vida y tenemos que convivir con ellos nos guste o no. Sin embargo, hay algunos especímenes que no hemos pasado a formar parte de otra familia que no sea la única que conocemos y en la que crecimos, y para ellos sólo existe una etiqueta: los solteros. En mi caso: soy la mayor de cuatro hermanos, la primogénita y la única soltera.

¿Creen que es fácil? Apuestas, por favor.Todos tenemos un precio, dicen los Corleone (los de las películas, aunque estoy a punto de creer que mi familia le otorga también un valor diferente a una persona según su estatus), y si no, podemos terminar ahorcados con un alambre, sin embargo, ¿hay que pagar un precio por no ser madre, ni esposa y, horror de horrores (por favor pásenme los ajos, el cincel y el agua bendita), ni siquiera tener un novio, enamoradito, amigo con derecho a un revolcón de vez en cuando, o futuro pretendiente que presentar?
Pues sí que lo hay, lo malo es que no es tan barato y va subiendo con la edad. Quiero a mi familia como no quiero a nadie más, pero esto no quita que a veces haya soñado con agarrarlos a hachazos.

Ese fin de semana ni mis instintos asesinos (traducción: rabia, impotencia) pudieron protegerme. Los enemigos de los solteros están más cerca de lo que uno se imagina. Así algunos compartan tu mismo ADN y no tu misma manera de ser, pensar y vivir, deberían existir límites que se ven muchas veces ultrajados por prejuicios y algo que quisiera llamar falta de tacto (por no decir falta de respeto). Ya me he acostumbrado con los años a ciertas bromitas sarcásticas, a las burlitas de cada tanto, a las miradas de pena, en fin, a todo lo que ocasiona ser un “uno” en un minimundo que funciona de a dos.

Sin embargo, es esta convivencia veraniega en la casa de playa de mis padres la que al fin puso las cartas sobre la mesa (de la parrillada) y sobre mi mente. Una noche en la que estábamos todos juntos, yo andaba concentrada comiendo mi bife angosto y sangriento, cuando casi me atoro al escuchar que en tonito de “broma” –la mejor estrategia para mandarte el puñal caleta—alguien del clan estaba harta de escucharme hablar de mí misma. No supe qué decir. No era la primera vez que oía este comentario y no era la única vez que el resto de la mesa reía o daba un silencio de aprobación. Hice un rápido recuento mental. Durante toda la parrillada, había hablado de un problema en el trabajo, de alguna anécdota que tenía que ver con este blog y de otro proyecto personal. De inmediato bajé la mirada y observé mi plato. Se me pasó por la cabeza que quizás era una persona en extremo vanidosa y estaba atosigando a mi familia con monólogos extensos sobre mi vida, pero un rato después me di cuenta de que no era así. Uno, porque no hablo tanto y dos, porque justamente esos comentarios hacen que prefiera no llamar la atención de la tribu.

Miré a mi lado. Todo transcurría de manera normal. La conversación seguía. Ahora hablaban de las nanas de mis sobrinas, de la vida de las nanas, de cuáles son los mejores pañales acuáticos del verano, del foco malogrado de la piscina, de los uniformes de colegio y por último, de un chisme de alguien de la farándula televisiva que la verdad ni conozco porque no veo televisión y que, la verdad, me da flojera siquiera mencionar porque no me interesa. En eso sonó mi celular y me paré lejos de la mesa para hablar, y claro, todos empezaron a mandar silbidos con cacha y a preguntar como metralletas de quién se trataba, y aún con más énfasis, si era un chico; para terminar diciendo todos a coro: ¡que cuente!, ¡que cuente!

Me senté de nuevo en la mesa.

Me da pena decir que esta no fue la primera vez. Y me da aún más pena reparar en ello recién ahora. Recuerdo que hace unos años pasó algo similar después de haber terminado una relación que había durado unos meses. Como muchos sabrán, las rupturas duelen igual, y hay recuerdos que algunos no queremos remover y menos de manera jocosa para alegrar la sobremesa familiar. En ese entonces yo no entendía cómo meses después se seguían burlando de mi relación con este chico u otros novios que tuve. Es decir, ¿desde cuándo me volví el Ronald Mc Donald de los almuerzos familiares?, ¿en qué momento de mi vida pasé de ser “Ali” a ser “Melcochita”?, ¿desde cuándo diablos mi vida da risa (o lástima)? Y debo decir que la más tonta era yo pues cometía una y otra vez el mismo error: disculparme por mis errores y excusarme por mi vida, como toda respuesta.

Esa noche, un ex – error de mi vida sentimental también fue mencionado. Sentí que me metieron el dedo en la llaga. Un verano y unos cinco años fueron suficientes. Me fui a mi cuarto y no pude evitar llorar por primera vez. Por lo que no era, por lo que soy y porque quizás nunca sea lo que ellos desean (así yo sepa que lo desean por mi bien). Porque mi vida es mi trabajo, bueno, son mis trabajos, son mis proyectos, es mi rutina diaria, mis placeres sencillos, mis amigos y por supuesto, mi familia. Sin embargo, ni al pensar en todo esto pude evitar que todas mis defensas se fueran al tacho. Me ganaron. ¡Gol! Me tiraron la autoestima por el suelo, me quedé sin argumentos. Luego de un rato, volví a la terraza y no volví a hablar en toda la noche, ni al día siguiente.

Pero, como siempre, hay buenas noticias. Sin lágrimas ni mocos, pienso en las muchas familias que a mí no me gustaría tener, empezando con la que quise comenzar con el tipo abusivo con el que conviví. No envidio a esas mujeres que se casan o que se resignan a casarse, o peor, se empecinan en casarse por obtener una validación social o llenar un vacío personal. Yo me pregunto en términos muy simples: ¿ir del brazo de un hombre te da algo más que su amor? Si la respuesta es sí, que pena por ellas y por el pata al que están utilizando para gritarle al mundo “alguien me ama, ahora sí soy una mujer completa”. Si la respuesta es no, quizás todavía crea que el amor sí existe.

Creo que existen uniones tristes, horribles, casi por compromiso, pero también existen matrimonios y parejas maravillosas que tengo el gusto de conocer, que son justamente las que me animan a tener una familia algún día. También creo que uno es libre de formar la familia que se le antoje por los motivos que le dé la gana, pero de ahí a llamar herejes a los miembros del clan de la soltería y señalarnos con el dedo del prejuicio por vivir solos y contentos, es un absurdo de esta época.

A veces pienso que sería mejor vivir en la época victoriana y que las mujeres estén obligadas a casarse con el vecino, pero el solo pensar en estar amarrada a un tipo que no amo solo porque las convenciones sociales lo señalan me dan ganas de vomitar. La verdad, han pasado unos siglos pero seguimos repitiendo historias feudales, ¿no les parece?

Lo que sí he decido son dos cosas. Una es no justificar mi vida de modo alguno, como si fuese una criminal que debe explicar su caso frente al jurado. Mi propio juez soy yo, y digamos que ya es bastante chamba. Segundo, no voy a volver a pedir disculpas porque ser soltera es una condición que, en mi caso, he elegido hasta ahora, y no una enfermedad contagiosa ni un acto de rebeldía.

Yo sé que les callaría la boca si me aparezco un día me aparezco con Sport Billy o algún chico socialmente aprobado por la tribu y lo presento como mi novio. Aleluya, pensarán, no va a morir sola. Alguien la quiere, ergo, ya es alguien.

Sin embargo, no voy a salir con alguien para hacer sentir feliz a mi familia, para llenar un vacío que quizás sienta por momentos o para cualquier motivo que no sea otro que ser feliz yo y hacer, de la misma manera, feliz a alguien más. Punto.

Solo me queda hacerme la última pregunta, por lo menos, por el día de hoy: ¿son ellos realmente o soy yo?

PD. No creo que esto le pase a las mujeres únicamente, la otra vez estuve en la inauguración del departamento de un buen amigo y su hermana (casada y con dos hijos) le dijo en el momento del brindis: ahora solo te falta una mujer.

CANCIÓN PARA SEGUIR CREYENDO EN LO QUE QUEREMOS.


Algunas veces uno se siente tan extraño y ajeno en lugares donde debería ser feliz. Pero, amar, a quién sea, tiene obstáculos o situaciones inesperadas (que a veces parecen como los gigantes que veía Don Quijote). Como dice esta canción de Jovanotti, que dedico a mi familia, nuestro amor es “Como música” y jamás tendrá fin.