LA PANTALLA TIENE DOS CARAS.
¿Quién no ha escuchado la típica historia de la parejita que conoció por Internet y vivió feliz el resto de sus vidas? Yo sí, varias. En un par de semanas voy a certificar una boda con mi firma y DNI, cuando sea testigo de mi amiga y su novio, al que conoció casi un año después de un ciego ciberamor. Ella era la más entusiasmada con mi relación virtual y piensa que soy la próxima novia en dar el primer paso sobre el altar de los amores creados en el ciberespacio.

Bueno, al grano. Ya estoy de vuelta en Lima. ¿Nos conocimos él y yo? Claro que sí, pero no de la forma en que yo esperaba. Sorpresas da la vida, vaya que sí. Y todo por un simple e inocente clic.Cuando mi ciberchico y yo contábamos los días que faltaban para vernos e hicimos los planes de lo que haríamos, él me contó que el fin de semana anterior tenía que viajar fuera del país por trabajo y que luego se daría una vueltita por una ciudad del este en la que vería a unos amigos muy queridos. Me había dicho que eso, y luego pasar el fin de semana siguiente conmigo, lo ilusionaban mucho. El martes por la noche escribí el post anterior. Habían pasado siete días desde que había llegado a Los Ángeles, California. Según mis cálculos mentales, él ya debería andar cerca de mí.

Le hice caso a mi sexto sentido y no lo llamé. Esperé que él me escribiera. Pensé que quizás los sentidos no son del todo confiables y revisando mi Facebook dirigí el mouse a su nombre y le di clic. Ahí decía que mi ciberchico acababa de subir un álbum con 54 fotos. Mire la primera: un paisaje cualquiera. La segunda: una ciudad desconocida. La tercera: él. Me emocioné. Lo que no esperé fue que al llegar a la cuarta apareciese él, pero con una chica. Le di para abajo al cursor y vi sus manos. Estaban entrelazadas. Entonces seguí dándole clic a las siguientes cincuenta fotos en las que ambos aparecían abrazados, de la mano, abrazados y de la mano, ella sola, él solo, autofotos de ambos, ella poniéndose los zapatos en una habitación y por último, ella al lado de una maleta en lo que supongo era un aeropuerto mandándole a la cámara (mejor dicho, a él) un beso volado.

Todavía no había salido de mi shock cuando me di cuenta de que el álbum de fotos se llamaba “Mi mejor fin de semana de este año”. Quise hablar con alguien, pero todos en casa habían ido a dormir, así que no me quedó otra que mandarme dos vasos llenos (vasos, no copas) de vino con Gracie, una labradora que me acompañó mientras me congelaba con el viento frío de la madrugada en la terraza con la misma ridícula pijama celeste que había fotografiado días antes. Sentí rabia, celos, tristeza. Sin embargo, jugué a utilizar mi lado racional. Bueno, no somos novios ni nada parecido, pensé. Entonces, ¿por qué tendría que juzgarlo? Le di el beneficio de la duda antes de irme a dormir, pero por mucho rato no pude quitarme esas imágenes de la cabeza.

Cuando me desperté lo primero que hice fue abrir la computadora. Y sorpresa, sorpresa, un mail con su nombre me esperaba en la bandeja de entrada. Cuando lo leí, no lo podía creer. Ese correo electrónico era peor que haber visto esas fotos. Había leído el post y tenía varias cosas que decirme. Cada uno de los párrafos constituía una de las cinco típicas excusas de alguien que ya no quiere salir o estar con el otro, pero que claro, no lo quiere decir de manera explícita. Es decir, me estaba metiendo un floro barato de aquellos para decirme que no quería nada más conmigo.

El fin de semana pasado me ha ayudado a darme cuenta de quién soy yo en realidad. Entonces, ¿quién es la persona que estuvo hablando, chateando, coqueteando conmigo estos meses?, ¿alguna especie de alterego o un doble de identidad? (a éstas alturas, quién sabe).

La pasé muy bien con mis amigos. Eso sí te lo creo, la pasaste recontra bien, se te veía feliz, pero creo que te equivocaste al llamar “mis amigos” a la única chica que aparecía en las fotos, ¿o el resto son tus amigos invisibles, imaginarios o quizás sean vampiros de esos que se desvanecen del papel fotográfico?

También me di cuenta de que necesito estar solo un largo tiempo. Yo me pregunté: ¿exactamente en cuál de los días de tu romance lo descubriste?, ¿uno, dos, tres o cuatro?, ¿desde cuándo estar con alguien y pasarla muy bien, te hace querer estar solo?

Me gustó mucho lo que vivimos. En este punto la pena le ganó a la rabia por knock-out. Se estaba despidiendo. Me estaba dejando plantada sin siquiera conocerme y lo peor, por una razón que yo sabía que estaba ocultando.

Espero que tengas un buen recuerdo de mí. ¿Qué? Pero por supuesto, en este momento voy a imprimir tu e-mail para pegarlo en mi refrigeradora y no olvidarme nunca de qué tipo de personas me tengo que escapar más rápido que el correcaminos. Los coyotes del ciberespacio abundan. Felizmente no se diferencian mucho de las caricaturas, sus estrategias resultan siendo marca ACME y les explotan en la cara. Justo en la cara que les falta para ser valientes y decir la verdad.

Así que hice lo que tenía que hacer. Le mandé un correo electrónico muy corto. Que decía algo así:

Ciberchico,
Vi tus fotos ayer.
No necesitabas todo este rollo, realmente largo, y un poco absurdo, para dar vueltas y no decir la verdad. Tu correo parece una lavada de manos, virtual claro.
La verdad no necesitabas hacerlo.
Yo no lo necesitaba.
¿Necesitas estar solo un tiempo? Sí, seguro.
No soy tan tonta.
Alicia.

Pero ahí no termina la historia. A los tres segundos, le hice clic a su nombre en el Facebook, quizás con la secreta (y absurda) esperanza de haberme equivocado. Quizás esa fuese una prima lejana y muy cariñosa a la que él quería mucho y las fotos con el resto de amigos aparecerían frente a mis ojos, o ese tipo de excusas que inventamos para que algo no nos duela. Pero me había eliminado de su lista de amigos. Cualquier duda que pudo quedar flotando por ahí, la disipó él solito.

No voy a decir que no me dolió en el ego, en el orgullo y también en toda esa maraña de ilusiones que tenía instalada en mi cabeza y en mi corazón (a ese órgano también lo estaba odiando un poco, por estúpido, por dejarse conquistar). Así que no me quedó otra que reírme de mí misma porque en serio, ya es el colmo haber sido rechazada, y en público, por un chico desconocido. La nueva era del amor viene con todas las armas, el terreno del wi-fi viene minado, así que preparen el arsenal y un buen antivirus para las malas intenciones. Digo, por si acaso.

Mi ciberelación pasará al bando de esa tantas que terminan con todo y bloqueada de los programas que por tantos meses nos hicieron vivir una ilusión más falsa que foto de Facebook– que bien podría rebautizarse para algunos como “Fake-book” y el chat como “cheat” (engañar, en ingles)–, lo mío fue un claro ejemplo del cheat-chat.

Nadie se encuentra a salvo en Internet de que le pase lo mismo que a uno le pasa en la vida real. Para las mentiras no son necesarias un par de computadoras y un inmenso ciberespacio de por medio. ¿No hubiera sido más honesto acaso decirme: Alicia, la verdad estoy más interesado en una chica que voy a conocer que en ti y bueno, mejor lo dejamos ahí. No, pues. El manual del ciberpendejo no lo dejó. Tenía que mandar un mail para taradas-desesperadas-por-escuchar-mentiras (disculpen chicas, me he salido del club por un tiempo y espero no regresar, la verdad me revienta que me mientan en la cara).

No niego que las relaciones por Internet funcionen o hayan funcionado para algunos. Hablando de casos recientes una amiga con la que compartí departamento en Barcelona juraba y rejuraba que iba a morir sola y solterona (ojo, no es lo mismo), según ella por una maldición familiar que atacaba a las mujeres de su familia. Su única hermana mayor ya pasaba los cuarenta (en ese momento nosotras estábamos a punto de cumplir treinta) y a lo único que le había declarado amor eterno y fiel era a su trabajo. Andaban bastante amargadas. Ambas habían tirado la toalla en la búsqueda de novio y/o esposo. Hasta que un día la noticia me llegó casi, casi, junto con la invitación para la boda en París. La mayor había conocido al popular novio en una de esas redes sociales especializadas en conseguir pareja y lo había logrado.

El francés vino a Lima para conocerla después de un intensivo mes de chat e intercambio de fotos, y voilá, eran oficialmente novios. Ella, renunció a su chamba, se compró un vestido blanco, se casó, vive en Paris y dice que es feliz. Su hermana, como si le hubieran puesto un cohete de Año Nuevo, se inscribió en la misma página, también consiguió novio, un austriaco divorciado, cuarentón y buena gente. Al año estaban casados y viven en Amsterdam. El parte traducido en tres idiomas me llegó a Lima. Un amigo en común me cuenta que son felices. ¿Más pruebas? Acabo de estar de arriba para abajo con un prima que parecía que tenía una especie de karma con los novios, todos chicos extraños. Ahora se acaba de mudar con un nuevo novio, hace un año están juntos y sí, son felices, al parecer. A este yo lo conocí hace poco y me pareció buena onda. ¿Cómo se conocieron? A través de MySpace.

Pero no crean que vine sola. Me traje toda una maleta llena de abrazos reales, de cariño de verdad, de esa parte de mi familia a la que nunca veo, del recuerdo de los lugares a los que me llevó tantas veces mi tío favorito, ese que ya no está (nunca había pensado en lo curioso que es que él hubiese vivido en una ciudad que se llama Los Ángeles), de las lamidas de Gracie cuando nos quedábamos dormidas, del café que nos preparaba Janice por las mañanas, de esa película maravillosa que vimos, de las canciones del concierto de Ben Harper, al que fui muy bien acompañada por mi hermana, de la voz de mi madre riéndose de sí misma al hablar inglés al revés, del chape que le di a Billy Idol (este sí, de mentira, pero está mejor que el Billy real a estas alturas de su vida).

No, no vine sola. Y no regresé triste.

Me quedo con la música de mi Ipod, con el celular misio que hasta ahora me cuesta maniobrar, mi estimada Vaio para trabajar, escribir y divertirme de vez en cuando, pero no para hacer una vida a través de ella. Para eso ya existen suficientes personas emocionalmente discapacitadas en esta vida, no se necesita una más.

Hoy le saco la vuelta a YouTube y salgo a la calle a observar y oler el mar; me olvido del Skype y le escribo una carta a mano a mi amigo Rafael y la pongo mañana en el buzón rumbo a Barcelona, cierro el chat y me voy a tomar un café con mi incondicional Valentina. Después voy a regresar y seguro me voy a enganchar a este blog, a mis otros blogs, al Gtalk, al Facebook, a bajarme canciones de Itunes, a buscar películas en e-mule, a encontrar imágenes en Flickr, pero con la seguridad de que mi vida no está solo ahí. Está aquí, conmigo. Y cuando nos da la gana cerramos la laptop y nos vamos a pasear al mundo real.

Así que si algún caso se parece al mío, basta de pegarle a la pantalla, ella no tiene la culpa; basta de llorar sobre las laptops, se pueden malograr los teclados o pueden ocasionar un cortocircuito. Mejor agarren sus mouses, levántenlos y digan: no a los ciberpendejos (o ciberpendejas, depende de cuál cibernovela estén viviendo). Y para los que les gusta tropezar dos veces con la misma tecla, siempre estará el alt control delete y la papelera de no-reciclaje.

Por mi lado, la próxima vez le voy a hacer caso a la abuelita –versión 2.0– de Caperucita cuando le advirtió antes de darle la cesta para recoger fresas: no vayas a chatear con extraños.

CANCIÓN PARA DECIRTE CIBERADIÓS.


Aquí les dejo un video de mi nuevo grupo favorito. La letra lo dice todo.

Esta película es la película que vi. Curiosamente trata sobre la amistad entre dos desconocidos y más adelante, sobre la integridad. Fue filmada en la ciudad de Los Ángeles. Desde ahí, hay uno que me cuida.

Otro “chico malo” del cine que se fue. Adiós Sr. Carradine. Aquí, haciendo de Bill con la novia vengativa.