¿OLVIDAR EN COMPAÑÍA ES MÁS FÁCIL?
Siempre he escuchado, y seguro ustedes también, la popular expresión: “un clavo saca a otro clavo”. Por lo general, esta frase sale de la boca de tus buenas amigas, de tu mejor amigo, de tu mamá o quizás hasta de tu abuelita justo cuando acabas de salir expectorada de una relación. En ese momento vemos de pronto la luz y, en menos de un minuto, nos secamos los lagrimones, nos limpiamos los mocos por octagésima vez y reemplazamos la tortuosa imagen del que nos dejó –cual trapeador de Cenicienta– por un rápido recuento mental de quién podría ser ese clavito que nos salve del desamparo emocional. Yo lo he hecho, pero ¿sirve en realidad este supuesto oasis para rescatarnos de esta nueva y antipática soledad?

¿Le hacemos caso a esa tentadora vocecita interior o la mandamos por un tubo?¡Fulanito, mi ex! –pensamos con un brillo que se enciende de nuevo en los ojos. Claro. Eso es lo primero que se nos viene a la mente. Los ex. Están para eso, creemos; más aún si en su época nos hicieron daño. Llegó el momento de la revancha, del payback, de utilizarlos a ellos como literales paños de lágrimas, entre otras cosas, claro está. Total, me lo debe, pensamos con absoluta seguridad de que eso es la pura verdad (o una buena autoexcusa).

Hace poco caminaba por la Av. Larco buscando entre librerías a un autor del que me enteré por la reseña en una revista, cuando en eso vi a través de la ventana de un café a una parejita que no veía junta desde el 2006. Se trataba de mi amiga Valentina y su ex novio. Creí haberme equivocado, ese no podía ser el mismo que la había dejado por otra como quien cambia de combi; el mismo por el que ella había llorado por meses, al que había maldecido como al mismo diablo y jurado a puñetazos sobre las mesas de varios bares que jamás lo volvería a ver.

Bueno, ahí estaban sentaditos y sonrientes. Traté de hacerme la loca, pero ya me habían visto y Valentina me llamaba para que me acerque. Estaba guapísima en comparación al desecho de rulos y sollozos en pijama al que había consolado hacía poquito. Disimulé el gran signo de interrogación que había aparecido en mi cara y me senté con ellos. Apenas el “maldito, traidor, hijo de las mil putas” fue al baño, le pregunté cual fiscal inquisidor qué demonios estaba pasando. Ella se alzó de hombros y me dijo:

-Es mi clavo. Necesito olvidarme del otro.

Al “otro” clavo al que se refería era su muy reciente ex, supuse. Él no la había dejado, ni ella a él. Pese a quererse aún, ya no se soportaban. Sin embargo a pesar de haber, según ella, tomado la decisión correcta, las rupturas duelen igual, cómo no.

-¿Pero tenía que ser ÉL el otro clavo?
– dije recordando las veces que le arranché el teléfono de la mano y se lo escondí para que no insistiera en rogarle una vez más. Esas cosas que hacemos las buenas amigas, claro, hasta que nos hartamos y les decimos: “ya, llámalo nomás, es tu problema”.

-Sí –y se rió como niña que hace una travesura.
-Bueno –dije dándole un beso –diviértete.

Nos reímos, ahora cómplices, y me fui.

Regresé a casa después de ver una película. Me había costado concentrarme en la sala. Cosa rara en mí. No podía quitar de mi cabeza aquellas veces en las que yo había hecho exactamente lo mismo: tomar a los ex como una pastilla contra el dolor, casi como un relajante muscular, como una sal de frutas en plena indigestión. ¿Tratar de reemplazar al chico que aún quieres por otro tiene realmente ese efecto de poción mágica? No lo creo, y si en algún momento surtió efecto, fue parcial, temporal e incluso, casi letal.

Primer punto. ¿A quienes buscamos para convertirlos en el clavo que sacará a ese que nos quema dentro? A los ex, ya lo dije. Nuestros ex, los que todavía nos quieren ver la cara o los que se mueren por volver a vernos, estarán dispuestos a ser nuestra nueva compañía en el infeliz trance. ¿Por qué los buscamos? Fácil. Les tenemos confianza, ya los conocemos. No son ningún territorio nuevo, y quizás oscuro, en el que debamos tantear. Son cómodos como un colchón Paraíso. Y ellos también nos conocen, saben de sobra quiénes somos. Con los ex además existe el clásico chaleco anti reproches de terceros y los de nuestras propias conciencias. Decimos con toda la frescura de pepinillo recién cortado: “es mi ex, no es cualquiera”, y así no nos sentiremos mal por tener una aventurita que nos dope un poco de la soledad.

También está el mejor amigo, sí, ése, el incondicional y mejor aún, si sabemos que está secretamente enamorado de nosotros. Valen las recomendaciones de terceros, tipo: “¿por qué no sales con mi primo Miguelito? A él siempre le has gustado” o “tengo un amigo que te va a encantar”. Por último, están los chicos desconocidos; esos que creen que la hicieron, cuando en realidad solo están sirviendo de relleno de otra empanada.

Sin embargo, no puedo dejar de un lado lo maquiavélico del asunto. Sin tratar de ser moralista sino realista (soy la última que se atreverá a tirar la primera piedra) estamos utilizando a una persona deliberadamente para olvidar a otra. Creo que a nadie le gusta ser la llanta de repuesto, el plato de segunda mesa, el actor secundario ni el “peor es nada” de nadie. Y la cosa se pone peligrosa cuando ese resucitador clavo pasa de ser una situación a una relación. Aquí corremos el riesgo de tener un trío de a dos (el tercero es el fantasma de quien aún queremos). También puede ocurrir que el otro confunda esa situación, con toda la razón del mundo, y creer que “algo” está pasando entre ambos o que están en proceso de ser “más”.

Definitivamente la resabida teoría del clavo depende de los tres componentes en cuestión: el clavo que tratamos de quitar, el nuevo clavo, y nosotros. Bienvenidos al Triángulo de las Bermudas. ¿Quién saldrá herido? Nadie lo sabe. Lo más probable es que seamos nosotros mismos. Jugar con las emociones, propias y ajenas, es delicado. Si llegó la era de la negación y quieren quedarse a vivir en ella, agárrense bien de sus boyas, pónganse su chaleco flotador, separen sitio en el bote salvavidas. Hay que tomar precauciones para sobrevivir.

Yo he estado los dos lados de la moneda, y más de una vez. Solo puedo decir que los únicos que siempre estuvieron haciendo su vida felices de la vida son los clavos número uno, a quienes inútilmente traté de remover con un martillo usado, simplemente porque ellos estaban lejos de esa escena, fuera de mi vida.

¿Quieren el mejor ejemplo de todos los tiempos? Ahí les va. La última vez que pasé por algo así recurrí a mi ex. Después de un extraño momento de seducción –porque creo que dos congeladoras enamoradas la una de la otra, hubieran sacado más chispas que nosotros esa noche– nos encontramos tirados en el suelo tratando de desvestirnos en el momento menos excitante de nuestras vidas. Parecíamos dos monigotes remedando a una pareja que se desea. La realidad es que ambos estábamos enamorados de nuestros pasados recientes, y por mucho que nos hubiésemos querido (y deseado) en el pasado, el presente estaba ahí, entre nuestros cuerpos, mentes y emociones.

Recuerdo que le dije muy seria, buscando no ofenderlo:

-¿Te molesta si paramos?
- No, lo que tú digas
– me dijo él tratando de no herirme.

Nos miramos a los ojos y soltamos una risotada. A él siempre le ha hecho gracia mi risa, que decía lo contagiaba. Esa noche no podíamos parar de reír de lo absurdo de querer gustarnos otra vez a la fuerza. Me extrañó que me agradeciera el haberlo hecho sonreír por primera vez desde que su ex lo mandó al infierno. Yo le dije que le agradecía que, aún sin ganas, hubiese estado dispuesto ayudarme a olvidar un pesado fantasma. Nos tumbamos en el sofá. Tomamos vodka mientras escuchamos canciones de Calamaro, esas que tanto habíamos oído juntos y recordamos muchos de los buenos tiempos que habíamos compartido. Nos despedimos con un abrazo.

Ese día subí mi primer escalón sobre la altísima cuesta que es olvidar a alguien. Me di cuenta que es imposible reemplazar a uno por otro, por una sencilla razón: no es el mismo. Nunca será el mismo. Sin querer, esa fue la última vez que recurrí a un clavo para tratar en vano de sacar otro. Sabía que iba a ser difícil, sabía que tomaría tiempo, no sabía si lo lograría, pero lo hice. Sola, por primera vez.

Cuando me di cuenta de que lo había logrado, meses después, me sentí de puta madre. No solo porque mis paredes ya no tenían huecos ni clavos; sino porque las había pintado de nuevo los colores que a mí me dio la gana, después de una buena pulida y tarrajeada, claro. A mis casi 36 años, eso es todo un logro que de hecho celebraré el próximo miércoles. Algo cambió. Buena señal. Me gusta saber que todo sigue en movimiento.

Si vemos las cosas desde este ángulo y nos damos cuenta de una buena vez que con alguien más en el panorama o solos, vamos a tener que olvidar sí o sí, al otro, ¿no sería mejor hacerlo sin internarnos en paraísos artificiales? Sí, a veces necesitamos de cierta ayuda. Queremos cariño, necesitamos consuelo, buscamos refugio. Es normal, y también temporal.

He comprobado que todo depende del tipo, tamaño y clase de clavo que busquemos o nos encontremos por ahí, como también del tipo de relación que estemos dejando atrás. En lugar de pasar a ser parte del Gremio de los Carpinteros Comprometidos del Mundo de la Evasión, ¿por qué mejor no ser parte del grupo de Soldadores Independientes de lo que queda de nuestros maleteados corazones? A pesar de haber disfrutado de los beneficios pasajeros de las vacaciones emocionales con alguien más, yo espero quedarme siempre en el segundo equipo.

Como dicen los Pixies: “Here comes your man” (“Ahí viene tu chico”), pero no importa cómo, ni cuándo. Solo importa esperarlo como se debe. Recontra templados, pero de nosotros mismos.

Suena a cliché, suena cursi, pero se siente bien.

CANCIÓN PARA HACER LAS COSAS SOLO.
Gracias a Renato y Sandrita por encontrar la música que quería.


KARMA CHAMELEON.mp3 – LOLI MOLINA

Les paso el tráiler de una película que trata el tema del post: Amorosa Soledad.

Encontré esta canción buscando otra, y me gustó. Kevin Johansen y “No seas insegura”. Creo que va con el tema. Oído a la letra, quisiera alguien que me la cante todos los días.

Nunca me gustó Bukowski, pero de manera extraña es uno de los pocos escritores (además de J. D. Salinger) de los que he leído absolutamente todo. No pregunten por qué. Tampoco leo mucha poesía. Ayer leí esto y me gustó. Acá se los dejo también.

(…) y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

Extracto de: “Cómo ser un gran escritor” por Charles Bukowski.