LOS HOMBRES NO SON LOS ÚNICOS QUE LE TIENEN MIEDO AL COMPROMISO ¿O SÍ?
Dicen que los hombres solteros apenas escuchan la palabrita compromiso salen volando a velocidad “patitas para qué las quiero”. Yo también lo creía de buena parte de los habitantes de reino de la testosterona. Pero ahora que me encuentro en una posición muy diferente, solo me queda preguntarme: ¿Solo los hombres caen en el saco de tan popular cliché?, ¿quién dijo que el terror a comprometerse en una relación era propiedad exclusiva de del género masculino? Con un poco de vergüenza, he de admitir que hoy, por primera vez en mi vida, comparto ese miedo del que tanto he rajado, y me he visto reducida a dos opciones: o las mujeres también sentimos ese pánico a ser presas de caza y metidas de cabeza a una relación o simplemente ¿me estoy convirtiendo en hombre?Por “temor al compromiso” no me refiero a esos comodones que quieren vivir por siempre jamás en casa de sus papis, para pasar a vivir cuando “sienten cabeza” (que sería la acción opuesta de la expresión “cabeza loca”, utilizada para denominar a los juergueros) con su segunda mami (su querida novia, futura esposa), o los que creen que las épocas del colegio o la universidad no han terminado y no les da la gana de dejar de ser los eternos adolescentes. Son esas escurridizas y egoístas criaturitas a las que no hay quién les eche el lazo, a los machitos por siempre y hasta que una enamorada desesperada los separe de su soltería, a los inconquistables, a esos “Alfies” de poca monta que, por lo general, de guapos no tienen nada; su valor es el que les adjudica la sociedad machista y es reforzado por mujeres enloquecidas por conseguir buenos partidos para futuros esposos y padres de familia.

Ellos, los que le hacen mala fama al resto, son los que piensan que madurar los hará aburridos, los que sienten que tener una novia los va a convertir en babosos de corbata y caras de tonto, incapaces de volver a divertirse “como cuando eran solteros” (ahora entiendo el porqué de la euforia de ciertas despedidas prenupciales), los que se ven a sí mismos emparejados como fantasmales sacos largos resignados a vivir con una sola mujer a la que le faltan pocos años para dejar de ser rica y convertirse en una bruja que da órdenes. Para mi mala suerte, conozco varios de esos y ojo, no solo chibolos sino mayores que yo.

[Un caso en particularmente creepy, ahora que viene Halloween, para que vean que hay gente que aún comprometida sigue su vida sin comprometerse realmente. El amigo de un amigo, un triste esposo y padre de 37 años que vive en Estados Unidos, cada vez que viene a Lima lo primero que hace es reclutar las tropas (los amigos solteros o casados) para irse a “ruquear”. La verdad, me da lástima y risa; ni cuenta se ha dado de que por vivir dos vidas, por no querer renunciar a una, va a ser en unos años un viejo triste en el Tequila que tenga que pagar por sexo a una chibola que lo mire con cara de “unos dolaritos más para el chanchito”. No, no es a tipos como Miguelito a los que me refiero.]

Cuando las cosas empezaron a ponerse, digamos, más continuas con CT, esperé que saliera a la luz ese lado romántico mío tan clásico, que siempre hizo que mis sonrisas pecosas se multiplicaran por mil millones, que el corazón me saltara con cada llamada, mensaje o mail, que mi sweet girl enclosetada hiciera lo suyo y dejara salir –como ya lo ha hecho otras veces—todo un inventario de demostraciones desmedidas, desproporcionadas, impulsivas y alocadas de atención hacia él, mejor dicho, hacia el nuevo tándem llamado: “nosotros”. Es decir: ¿dónde está mi lado melcocha?, ¿se cansó de esperar?, ¿a dónde diablos se fueron esas ganas de dar y dar hasta el cansancio porque un susodicho llegó para querernos? (olvidándose de paso del tan necesario recibir), ¿se escondió “nuestro pequeño mundo? Sí, ese donde sólo cabemos los dos; ese que no es ni tuyo ni mío ni de mi abuelita sino, ojo, NUESTRO Y ETERNO.

¿Donde se quedó esa fanática del club de Facebook “Nunca es poco todo lo que se puede hacer por amor, hazte fan”? Por último, ¿dónde está la niña que cerraba los ojos para imaginarse en los brazos de esos jóvenes atormentados por amores imposibles de los cuentos de Oscar Wilde que mi madre me leía? En resumen, ¿dónde está mi “Candy, Candy” interior?

Por rajar tanto de ellos, “la boca se me hizo chicharrón”. Al sentir los síntomas de los que renegué tantas veces, los que puteé más de una vez y los que adjudiqué a esos malos de la película que tanto les costó comprometerse en una relación conmigo y a los que no lo hicieron nunca, ahora resulta que ahora soy una de ellos, me convertí de la noche a la mañana en una especie de travesti emocional.

- No quiero dejar que las olas del romance se lleven el castillo que yo misma hice en mi playa personal. Mi soledad. Pero no una soledad dolorosa; ni condena, ni tortura. El sentimiento de que al fin, después de largos años, había alcanzado al estar sola y estar bien. Ese es mi bien más preciado por estos días tranquilos.
- Él me ha prestado a sus amigos, yo hasta ahora no le presentó a los míos si no es porque nos hemos encontrado a alguno por casualidad.
- Él quiere que me sienta como en mi casa en su departamento que por cierto tiene una linda vista al malecón. Varias veces me han dado ganas de salir corriendo.
- La otra vez me dijo que se sentía cómodo en mi casa, yo tenía ganas de decirle que era una visita nomás.
- Él quiere que conozca a su familia, yo ni loca quiero presentarle a la mía.
- A veces por marcar terreno, a veces por cariño, otras por orgullo, otras por pasión, CT se acerca a mí y me he encontrado varias veces quitándole manos, brazos y labios de encima.
- Cuando me comenzó a incluir en todas sus actividades sociales, yo lo taché de varios días de mi calendario.
- Cuando me empezó a hablar de “nosotros” comenzaron los problemas. Mejor dicho, comenzó realmente mi problema.

¿Por qué me comportaba como yo había odiado que otros se portaran así conmigo? Como el es bueno pero de tonto no tiene un pelo, no tardó en darse cuenta de que algo ya no fluía muy bien conmigo.

Como toda olla de presión a punto de explotar siempre ocurre algo que nos hace darnos de cara con la realidad. No era que me estuviese convirtiendo en hombre y al día siguiente amanecería con músculos y el bigote a lo Pancho Villa, lo que no estaba haciendo era darle pase para entrar a mi vida. Y si lo había hecho, era de forma superficial, es decir, humildemente todo en lo que yo me encontraba en condición de dar en ese momento.

Una noche me bajé del carro con CT a mi lado. Saqué de la maletera la cartera, la laptop, un saco, las compras de Metro, la ropa de la lavandería y para colmo, un florero blanco que había comprado la semana pasada pero que había olvidado desembarcar de mi carrito. Como buena una mujer independiente cargué yo sola con todo ese equipaje. No le hice caso a CT que insistía en ayudar al Ekeko en el que me había convertido a caminar sin que se me caiga todo. Así que, independiente o no, iba caminando terca hasta que una bolsa terminó por caer al suelo y mi jarrón blanco se hizo trizas en una parte de la pista donde había caca de perro. Seguro CT tuvo ganas de reírse de mí, de burlarse de mi estúpida declaración de independencia, pero no lo hizo. Con un suave “déjame ayudarte” me quitó las cosas de los brazos.

Entramos a mi casa en silencio. Pude haber continuado con mi cara de falso orgullo, pero no lo hice. Finalmente lo miré de frente y cerré la boca, creo que ya había dicho suficientes estupideces en tiempo récord.

- Ali ¿Por qué no me dejas demostrarte que no te voy a hacer daño?

Dio en el blanco. Mejor dicho, en la llaga.

- Porque no quiero –mentí haciendo puchero a mi pesar. En la garganta se me hizo un nudo michi.

En mi interior sentí un crujido. Esa gruesa capa que construimos para que no nos vuelvan a herir, porque yo personalmente no puedo ni quiero darme ese lujo, se rajó.

- ¿Me crees?
- No sé
–fui sincera y bajé la cabeza.
- Al menos trata, yo quiero estar contigo y no me dejas ni acercarme.

No le respondí. Solo dejé que me abrazara y se me salieron un par de lágrimas. Después se abrieron las compuertas. Lloré bastante. CT no me soltó y solo dijo:

- No creas que yo no tengo miedo, pero no quiero perderte, Ali.

Terminé de tirar para afuera en ese llanto a todos los restos malos del pasado y todas esas feas historias con finales que me habían hecho picadillo. Hace un tiempo él me dijo que desde que comenzamos a andar juntos se sentía en un viaje. Empiezo a entenderlo. Un viaje a un lugar nuevo. Un lugar al cual llegar. Da miedo, como cuando me fui de Lima, como cuando volví. Querer debe ser algo así. Los comienzos a veces atemorizan más que los finales. Porque cuando uno termina, sabe lo que va a pasar: no hay más que perder que lo que ya no está. Cuando uno comienza hace una apuesta más grande. Por eso estoy cerca de comprar el billete para ver si vamos al mismo destino. Algunos dirán que es cursi, eso no me paraliza. Me detiene la certeza de que esto sea real.

Porque así seamos hombres o mujeres nos da miedo enamorarnos cuando ya nos hirieron alguna vez. La verdad, un corazón como el mío, que ya ha sido maltratado con un rallador de queso parmesano y que ha sido cosido costura sobre costura, no quiere arriesgarse. Aún no sé qué vencerá, para qué lado se inclinará mi balanza. Si a la esperanza que nace o al miedo. Espero que a lo primero, y más que eso, espero no equivocarme. Pero los ojos de este chico no mienten, tampoco sus palabras, pero eso me importa poco. Lo que miro, lo que observo, lo que siento, es lo me gusta.

Algunos dirán que todo es un pack de pros y contras, que todo es relativo. Otros dirán que estoy loca al, supuestamente, estar rechazando lo que busco por mi soledad, soltería o como quieran llamarle. Es mi mecanismo de defensa. Es mi escudo. Pero así como el amor, la soledad tiene valor cuando uno la obtiene con esfuerzo, a punta cometer errores, a pesar de todo. Cuando la soledad no duele, sino se disfruta, cuando desde tu sonrisa hasta el más sucio de tus secretos es completamente tuyo, es difícil dejar ir tanta libertad y poner un tanto en manos de otro, ceder tu espacio, darle cabida a alguien, compartir, dar, dejarte amar, sentirte vulnerable, abrirte de a pocos.

Es tranca, nunca pensé que tanto. Pero si esperé tanto tiempo para enamorarme, creo que vale la pena dejarme de tantas cojudeces y tirarme a la piscina.

CANCIÓN PARA AHUYENTAR A LOS MIEDOS.


GHOSTS THAT BROKE MY HEART.mp3 – Laura Marling

Una bonita canción para dejarse llevar, y dejarse amar.