ADIÓS A LOS PATRONES.
La otra tarde caminaba por una calle escuchando música cuando vi a una señora que caminaba vendiendo, literalmente al paso, trozos de torta mármol; sí, esa de chocolate mezclado con vainilla. Sin embargo, lo que llamó mi atención no fue el postre en sí, sino la forma del molde en el que lo habían horneado. Era de esos clásicos con un hueco en el medio. De pronto, una imagen vino a mi mente seguida de un pensamiento que me remeció: al iniciar una relación ¿elegimos siempre personas que parecen hechas en el mismo molde?

Ustedes dirán ¿qué tiene que ver eso con la vendedora ambulante de torta mármol? Pues mucho.Cuando era niña mi madre cocinaba para nosotros –cuando solo éramos una familia de cuatro integrantes– torta mármol. Apenas percibía el olor del horno, bajaba las escaleras a la velocidad de un bombero en plena emergencia (más de una vez me caí) y esperaba impaciente que mi madre la desmoldara de ese trasto redondo con un gran orificio al centro.

Pasaron los años y después de la llegada de un par de hermanas más, yo tomé la posta de elaborar hacer el susodicho postre bicolor. Lo curioso es que jamás compramos un molde nuevo y por mucho tiempo hice la torta en un pedazo de aluminio retorcido, quiñado, quemado y deforme. Bueno, siempre me pasó lo mismo con los hombres.

Después de la euforia inicial también se convertían en un mismo patrón: eternos engreídos, palabreros, creativos pero no necesariamente inteligentes, pacientes ambulatorios de mamitis crónica, vanidades continentales, egos inconmensurables, patanes colegiados, sacavuelteros de día de semana, temperamentales a lo diva del cine de los años de oro de Hollywood, machitos cobardes y machistas orgullosos de serlo, todo esto detrás de la típica mascarita: “soy diferente”, “soy único”, “soy especial”, “soy artista”, “soy tan pero tan profundo que ni yo me entiendo”, “no existe otro como yo en el sistema planetario solar”. Digamos que yo me comí este pastel durante varios novios. Me creí el cuento, seguí a todos estos que, con los ojos de la realidad, no le habían ganado a nadie, y me di cuenta de varias cosas. Porque si algo te hace ver las cosas como son es el señor tiempo.

Al hacer uno de esos peligrosos recuentos hacia esas relaciones a largo plazo que me marcaron de alguna manera, salvo un par cucarachones, mis ex son buenas personas AHORA, tiempo presente. Pero (aquí viene el gran pero) en su época tuvimos relaciones realmente disfuncionales que funcionaban de maravilla. Y aquí viene mi propio descubrimiento. Una de las razones es que siempre me gustaba o enamoraba del mismo chico, o mejor dicho, del mismo tipo de chico.

Mi primer novio a los doce años, por más que aún lo niegue, me dejó. A esa edad, en la que todavía tenía peluches en mi cama y álbumes de Sarah Kay, no tenía idea de lo que acababa de pasar. Pero desde el paraíso de las relaciones de pareja disfuncionales me dijeron: “Buenas tardes, niña Bisso, le hacemos entrega de su primer molde. No. No es un Chicho Bello ni una Barbie, es el molde del hombre con el que usted debe relacionarse”. Y claro, con toda la inocencia e inexperiencia del mundo, até dos cabos: amor y sufrimiento, uno conlleva al otro. El amor es algo que te hace feliz, pero que pasa una facturita que hay que pagar con todo e IGV en 7 días máximo si quieres el descuento o por el resto de la eternidad.

Uno aprende a amar según moldes, según ciertos patrones. Y yo, como muchos y muchas, aprendimos a querer con lo que tuvimos a mano. Una se A-M-O-L-D-A al peor es nada con quien todo empezó muy bonito y del que ahora nos preguntamos ¿cómo así terminé con este sujeto? Fácil. Es mucho más sencillo aceptar lo conocido que aventurarse a lo desconocido. Aquí yo prefiero lo bueno por conocer que lo malo conocido. Así que con toda comodidad, nos convertimos en moldes complementarios en los patrones que a algunas parecen atraernos más que otros. Patrones-patanes que nos hacen la vida lo más parecida a un paseo en la casa del terror al lado de Freddy Krueger.

Entones pasan los años y nos encontramos en una discoteca mirando a ese pinta-cara de malo, pensando “ese es mi tipo” y rechazando en una a ese chico de mirada buena, pensando “este es un aburrido”. Y si es verdad que muchos hombres se quejan de que a nosotras las mujeres nos gustan los tipos malos, tienen razón; pero no porque nos guste que nos traten mal (¿a quién le gusta que la traten mal?), sino porque quizás más de una aprendió a querer más al otro que a uno mismo. A mí me pasó. Supongo que a alguien más por ahí. Sin embargo, la vida te da sorpresas y a mi me puso en un avión rumbo a otro país. Los años en los que estuve fuera esa niña al fin tiró su molde viejo al contenedor de basura y se hizo más segura. Sin nadie a quien querer ni cuidar más que a mí, las cosas cambiaron dentro. Aprendí a estar sola sin sentirme sola.

Sin embargo es tan fácil volver a los viejos hábitos que apenas puse un pie a mi regreso tropecé otra vez con el mismo molde disfuncional. Lo único bueno que aprendí de esa experiencia –que por supuesto no tuvo un buen fin–, fue que uno se puede recuperar de lo que sea y el día menos esperado volver a andar de uno con una sonrisa en la cara.

En eso estaba hace poco, en mi vida de mujer soltera y feliz, cuando en una fiesta a finales de julio conocí un chico que no tiene nada parecido a un viejo implemento de repostería para hacer tortas. Él es muy diferente a la mayoría de personas a las que he querido. Con todititas sus virtudes y a pesar de sus defectos y manías, es distinto. Era terreno desconocido, pero me fui armando de valor para ir conociéndolo de a pocos.

Por eso pienso más que nunca en lo estúpidos que son los estereotipos. Bueno no equivale a aburrido, economista no es lo mismo que cuadriculado, artista no es el sinónimo de pastrulo drogadicto y sigue la lista. Así como yo le di la oportunidad CT de acercarse a mi mundo, muy distinto al suyo, si las mujeres tuviéramos menos prejuicios subirían los porcentajes de oportunidad de conocer a alguien, porque no rechazaríamos a la primera a los que no caben dentro de nuestros patrones. Eso es una ventaja para las que dicen que ya no hay hombres.

Y para todos los que piensan que esto es un lamento, les adelanto que me da risa escribirlo y recordar las veces que fui tan tonta. Si ahora pienso en ello y lo escribo es porque es momento de dar un giro, tirar una vez más (y todas las que haga falta en el futuro) el molde a la basura y buscar uno nuevo y distinto. Uno que me haga feliz de otra manera, alguien a quien yo pueda hacer feliz de otra manera.

¿No creen que sea el momento de dejar de pensar “quiero a un hombre guapo, alto, con plata, carro, que se vista bien, fiel, educado, culto, inteligente, interesante y que quiera casarse conmigo el próximo año”? Estoy segura de que ese hombre de tan rígidos requisitos (que francamente no se quién se inventó) no existe. Por ahora yo me quedo con un chico tímido, un poco inseguro, medio lorna a veces, cariñoso, confiado, paciente y que me hace reír cuando menos se lo propone.

Y pensar que antes no me gustaban los cambios. Ahora pienso que no podría vivir sin ellos. Este es uno de los importantes. Qué miedo, pero qué placer el tener la libertad suficiente para decirle al viejo patrón: “¡fuera!, he conocido a alguien que no se parece nada a ti”.

Eso sí, por si las moscas, no vuelvo a comer una torta mármol. Como cabala, digo.

CANCION PARA ROMPER EL MOLDE.


SUS NUEVOS ZAPATOS.mp3 – LORI MEYERS

Un ejemplo de cómo seguimos a esos chicos que sabemos que no nos hacen bien, pero la verdad yo también lo haría para clavarle las uñas en la espalda al churro de las camisetas blancas.

Si pudiera ver el futuro en este instante lo vería así como esa pista llena de pelotitas de colores que poco a poco lo invaden todo.