Así como lo leen. Me enamoré y comencé una relación con el chico al que llamé “tímido”. No piensen que no se los iba a contar. Lo tenía “escondido” por dos razones. Una, lo quería guardar como sorpresa para este post navideño; y dos, la más importante, porque quería estar segura del amor del uno por el otro y de que se trataba de una relación en serio, no algo pasajero ni fugaz. Si me comprometía a amar a alguien iba a ser porque se trataba de algo verdadero, y así lo hice. La ironía es perversa. Durante cinco meses estuvimos juntos. Desde que nos conocimos, comenzamos a compartir cada vez más nuestro tiempo libre. Nos fuimos conociendo. Él andaba loco por presentarme a sus amigos a su familia, a su entorno, es decir, abrirme de par en par las puertas de su vida. Yo lo observaba, escuchaba. Fui atenta esta vez. No quería equivocarme ni dejar que la pasión o la ilusión, que de hecho sentía, empañasen la claridad de mi razón. No se ama solo con el corazón. Y uno decide a quién amar, eso lo tengo por seguro.

Yo iba según los tiempos de mi corazón. Ante mis miniataques de pánico por no querer salida herida de otra relación, el insistió. Me dio tiempo, me dio calma y seguridad. Me repetía lo mucho que me comenzaba a querer; luego, lo mucho que me quería. Me repetía y yo lo notaba en sus actos, que él estaba ahí para mí. Comencé a confiar en él, pero siempre dejé una rendija de mis temores abierta. Yo le decía que por qué no “salíamos” y el siempre respondía:

- Quiero que seas mi novia.
- ¿Cuál es la diferencia?
- La diferencia es que ser novios es ir hacia un futuro, juntos.

Yo me quedé callada. Y seguía pensando “¿es él?”, “¿es él?”. Hasta que llegó el momento en que las dudas se fueron al tacho.

Una noche de domingo veíamos “Annie Hall” echados en mi cama, cuando volteé a mirarlo. Él se volvió hacia mí. Sentí algo que no había sentido hace mucho, pero de otra forma, no sé cómo explicarlo.

- Oye… -le dije.
- ¿Qué pasa, linda?
- Estoy enamorada de ti.

Él solo sonrió con alegría y me tocó la mejilla.

- ¿No me has escuchado? Estoy enamorada de ti
–dije emocionada como una niña en Navidad.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Creo que hacía mucho que no lloraba de alegría. El me abrazó y dijo:

- Yo hace mucho que te amo.
- ¿Y ahora?
–pregunté.
- Ahora vamos a ser felices.
- ¿En serio?
–dije.

Me abracé a él, lloré y no sé cuántas veces le repetí: “te amo”.

Él hasta bromeó preguntado si ya le podía decir al mundo que no solo estábamos saliendo sino que al fin sería su novia.

- Claro que sí, lindo. Eres mi novio.

Desde ese día, ya no quedaban rendijas de miedo, ni peros, ni sin embargos. Había decidido amarlo y dejar que me ame. Sonrío al decir con tristeza que fui feliz. Mucho. No tenía una relación hace tiempo. Hicimos planes y cosas que de fantasía no tienen nada. A pesar de que la fidelidad estuvo implícita desde que empezamos a salir (a mí solo me gustaba él y viceversa, y ninguno de los dos queríamos saber de nadie más) nos hicimos los exámenes de HIV y demás, para elegir la forma de llevar nuestra vida sexual con responsabilidad, compramos los pasajes para pasar el Año Nuevo en Guatemala, comenzamos a compartir casi todas nuestras noches, le presenté a mis padres y a mi familia, y empezamos a discutir la posibilidad de vivir juntos en un futuro. Por ejemplo, en la feria del libro ya no comprábamos los mismos libro que nos entusiasmaron, tener dos iguales en una sola biblioteca no tenía sentido, y algunas veces mirando en su casa o en la mía comparábamos lo distinta que era la decoración de ambas y nos preguntamos cómo haríamos para poner todo en su solo lugar. ¿Cómo sería?, ¿cómo sería ese futuro?

No voy a negar que, como todas las parejas del mundo, discutimos algunas veces. La verdad, casi siempre por tonterías. Es lógico, dos personas son dos mundos, y en paralelo al descubrimiento de las cosas maravillosas que vemos en el otro, vamos notando también las imperfecciones. No hay que ser un genio para saber que hay que ceder cuando uno quiere perseverar al lado de alguien. Yo acepté que no éramos tan similares como pensaba, él era retraído, renegón, depresivo, bastante nervioso y con una visión pesimista de la vida en general. Yo, ya lo saben, impulsiva, apasionada, celosa y muchas veces, intransigente. Pero siempre encontramos el camino de regreso a nosotros, a lo que éramos, a lo que nos estábamos convirtiendo.

Entonces llegaron las semanas antes de irme a París. Había ganado una beca para estudiar tres semanas allá. Como el día de mi partida era justo el día de su cumpleaños, lo invité a un viaje a Tarapoto el fin de semana anterior como una pequeña despedida y un tiempo para estar alejados del estrés del trabajo y la rutina, y pasar tiempo a solas en la tranquilidad de una cabañita en la selva.

El día de su cumpleaños lo recibimos en su bar favorito, con sus mejores amigos y amigas (ex incluidas). Le regalé una pieza de su artista favorito y lo fotografié con todos los amigos (ex incluidas). ¿De qué servían los celos absurdos cuando en realidad estábamos juntos? Cuando nos fuimos a dormir me agradeció haberlo hecho tan feliz. Al día siguiente nos despedimos en el aeropuerto. Le dije que lo amaba al oído. Me abrazó y me dio un pequeño papel doblado. Antes, cuando partió en pequeños viajes de trabajo yo siempre le escribía una carta “para el avión”. Esa era su carta.

Aunque andábamos con los horarios de cabeza nos las arreglamos para no perder contacto. Nos escribíamos como ocho mails al día, nos llamábamos los fines de semana, chateábamos. Por todas las calles que caminé, sonreí. Y tuve pegado ese papel frente a mi escritorio en el hotel que decía:

Alita,
Gracias por haberme dado el mejor regalo que me han dado en la vida: tú.
Ya te extraño.
Te amo.

Dos días antes de mi regreso discutimos por teléfono. Eran las 3 a.m., hora de Francia. Estábamos hablando no me acuerdo de qué, cuando hice un comentario en tono irónico de la enamorada de un amigo suyo (ni siquiera de alguien muy cercano a él). Entonces, se molestó y me empezó a recriminar mi falta de tolerancia y sabe Dios qué cosas más. Yo, algo dormida y ya medio de mal humor por perder el tiempo discutiendo un día antes de subirme al avión con regreso a Lima, le respondí y nos envolvimos en una pelea de lo más absurda que ni recuerdo. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que me dijo para que le colgara el teléfono. Antes, molesta, le dije: y ni se te ocurra ir al aeropuerto. Era obvio que no era en serio.

Cuando llegué al Jorge Chávez él no estaba. Esperé un par de horas para llamarlo y cuando lo hice me dijo que estaba muy molesto por la pelea que habíamos tenido. Era sábado a las 9 p.m., me dijo que tenía planes y me colgó. El domingo esperé que me llamara. Cosa que no sucedió. Así que lo llamé yo. Fui a su casa para hablar, con la bolsa de regalos que le había traído y me di con la sorpresa de que para él no había sido solo una pelea, sino el diagnóstico de nuestra relación. Y me dijo lo que ninguna mujer u hombre enamorado quiere escuchar:

- Ya no quiero estar contigo.

Pensé que estaba bromeando. Después de bastante rato de tratar de razonar con él, me fui. Según él, su decisión ya estaba tomada.

Lloré, ahora no de alegría, mientras caminaba a mi casa pensando: ¿Cuándo cambiaron las cosas?, ¿se deja de amar a alguien en dos días?, ¿por qué no me dijo que las cosas no iban bien, según él? Y más preguntas de las que no encontraba respuesta. Lo siento, las bolas de cristal todavía no llegan a Lima.

Al día siguiente me llamó. Hablamos y me dijo que se había precipitado. Nos perdimos perdón por habernos herido. Nos abrazamos esa mañana de martes y pensé que solo había sido una pelea. Mal hecho.

El sábado siguiente fuimos al matrimonio de una buena amiga mía y estaba serio, callado. Le pregunté si pasaba algo y me dijo el popular: “tenemos que hablar”. Le pregunté: “¿vas a terminar conmigo otra vez?”. Me dijo que no, pero teníamos que hablar. En medio de la ceremonia y la recepción fuimos a su casa y le pregunté sobre qué quería hablar. Gran error. Sí quería terminar conmigo y me lo dijo. Me dijo muchas cosas horribles y exageradas y todas tenían un común denominador: “tú…”. O sea, la mala de la película era yo y él ya estaba cansado, agotado y no quería seguir más conmigo.

- Pero si sientes todo eso, ¿por qué no me lo dijiste?, ¿Por qué no hubo un indicio, algo que me dijera que las cosas iban mal?

¿Había otra?, ¿había pasado algo más?, ¿qué era tan grave para dejar lo que teníamos?

Sin embargo, luego de unos días hablé con él por última vez.

Le pedí perdón por todo lo que creía en que me había equivocado, le dije que lo amaba y que quería estar con él. Me dijo: No. Le dije con mucha pena y algo de orgullo que si esa era su decisión unilateral y que si no quería conversar conmigo para arreglar lo que hubiera que arreglar entre nosotros, que se vaya, pero antes que se llevara sus mentiras consigo. Le devolví su cartita para el avión.

Me dijo que simplemente prefería estar solo a estar con alguien, que ya había tenido suficientes novias conflictivas (yo escuchaba esa palabra de su boca por primera vez, puedo jurarlo), que estaba agotado, que le daba flojera seguir con una relación, que todo iba a salir mal así siguiéramos juntos y por último, lo que me hizo ponerme de pié fue un cruel: “no vales la pena”.

Pero atención, a los dos días una amiga me arrastró a una fiesta para “subirme” el ánimo y sorpresas te da la vida, él estaba ahí con sus amigos, riendo, divirtiéndose, chupando, bailando, saltando como un monigote. ¿Pueden creer que no me saludó? No lo hizo.

Después de esa no me importa saber nada más. Lo que no me dijo, lo vi esa noche.

Y si alguien cree que me hago la víctima, está equivocado. Tampoco escribo con despecho o con algún sentimiento exaltado, por eso tardé en hacerlo; con distancia, sin distorsiones.

¿Qué queda para mí? Mucho, aunque no lo crean. Aprendí que puedo amar. Puedo querer con inocencia, puedo querer de una forma sana y honesta. Él no me ha quitado eso. Me di cuenta de todo lo que puedo dar. Y es mucho. Y todo ese aprendizaje aunque fue y suene doloroso, queda en mí. Así se me llenen los ojos de lágrimas al imaginarme subirendo a ese avión con un asiento que ha dejado vacío el chico a quien amo.

No tengo idea de por qué pasó todo esto y ya no me interesa saberlo. Así sea doloroso, así olvidar sea difícil, Que pase el tiempo que tenga que transcurrir. Yo sé que jamás heriría a nadie como tú me heriste a mí. A alguien que lo único que te pidió fue confianza. Después de tanto, después de todo. Pero los egoístas piensan primero en si mismos. Tú me lo dijiste. “Yo estoy primero”.

¿Recuerdas cómo iba nuestra canción? “si juras que no te rajas, apuesto por tí un millón”. Tú me habías dicho que ya habías apostado todo al número de mi casa.

Si ahora, para ti, no “valgo la pena”, te doy la razón. Claro que no valgo “ninguna pena”, valgo muchísimo más que eso.

Los quiero. Feliz Navidad a todos y un Año Nuevo, pero de verdad.

Ali.