He descubierto algo y quiero contárselos. No he descubierto la pólvora ni el multiorgasmo asegurado, menos cómo encontrar a la persona perfecta o adelgazar comiendo Eskimos; he descubierto, entre las últimas semanas del año pasado y las primeras de este, que se puede elegir cómo tratar a la soledad. Existen dos formas: temiéndole como al cuco o haciéndote su mejor amiga. Elija usted. Los resultados son catastróficos o beneficiosos para la salud (mental), según el voto.

Creo que el término soledad ha sido largamente malentendido. No tengo idea sobre cómo aparecen estos estereotipos, pero en mi mente una mujer que se queja de estar sola o a la que acaban de dejar aparece en pijama, con el pelo sucio, viendo una película romántica abrazada de un litro de helado o un balde de KFC crispy, entre mocos, revisando por milésima vez el celular y el correo electrónico para constatar una vez más que NADIE le ha escrito y NADIE la ha llamado (ese nadie tiene un solo nombre, eso ya lo sabemos). Pasan las horas y la misma mujer se atosiga con alcohol y cigarros, dando vueltas como un hámster enjaulado por la sala de su casa mientras piensa, y cuando el trago hace efecto grita: ¡ESTOY SOLA COMO UN PERRO!

No sé si como un perro, pero efectivamente está sola. Yo he estado en el lugar de esa mujer un par de veces en el pasado –no con el helado sino con una botella de whisky– y con la camisa puesta del chico que me había dejado (un punto más para mi propio y felizmente pasado patetismo y autotortura), atormentado a mis pobres amigos con la misma historia una y otra vez, hiriendo a los que me quieren –sin querer– con mi propia tristeza, subiendo y bajando de peso como un yo-yo en la balanza. Bueno ¿y?, ¿ustedes creen que a la soledad le importa si se consuelan con ocho litros de helado y tres botellas de vodka?, ¿creen que la va a ahuyentar con sus caras de loca que balbucea que quiere volver a estar con “él” o que ya está harta de esa (miren como la tratamos) mísera, estúpida, maldita y cochina soledad?

Aquí vienen las buenas noticias. No tiene por qué ser así. No somos seres completamente emocionales porque recibimos la visita de la señora de rojo una vez al mes y sufrimos de síndrome premenstrual. Tenemos un lado racional que seguramente funciona mejor de lo que imaginamos. El mío funciona como mejor que mi nuevo Blackberry (que es más rápido que yo). Según el médico, son las emociones las que nos hacen meter la pata o nos meten cabe, así de simple. Para esos casos aquí va la poción mágica.

¿Qué pasa cuando nos hacemos una herida? Esperamos que se regeneren los tejidos y tratamos de ayudarla con medicamentos. Lamentablemente, el cuerpo hace su trabajo de manera autónoma. Igual funciona con las emociones. Después de una relación que termina como el Titanic, de un largo plazo sin nadie que te mueva la cola o de una racha de malas elecciones, hay un período de vida por el que se transita cojeando, con cuidado, porque intuimos que se ha dañado más que un pedacito de nosotros. Tenía algo razón el insoportable de Julio Iglesias cuando cantaba en su velero con una docena de rubias en bikini: “quien más ama es quien más “pierde”, aunque cambiaría la palabra “ama” por la palabra “da”. Uno está herido, OK. Pero veamos más en profundidad.

Aceptar la soledad, es decir, familiarizarnos con nuestra propia naturaleza (nacimos solos y moriremos solos), es aceptar que nuestra ciclo de vida está lleno de vidas y muertes (metafóricas o reales). Y es aquí donde viene el principal problema de los que alguna vez hemos temido estar solos: el miedo. El temor aterra, paraliza. Pero hay que saber convivir con él. Todos sentimos miedo. Cuando se vive, se tiene miedo. Es normal. Y es aquí donde hay que decidir. Si no somos capaces de reconocer este ciclo de muertes y vidas a través de nuestros días, estamos jodidos. Es la ceguera máxima quedarse en el mismo lugar esperando una felicidad que tal vez no vuelva o una vida de eterna felicidad. ¿Cuándo hemos sido completamente felices? Nunca. Es necesario tener la conciencia y el coraje para aceptar que vamos a pasar por muchas muertes y vidas, y que nuestro corazón va a estar ahí, con nosotros. Y esto, no tiene porque aterrarnos.

Ya sé que suena fácil, pero no tiene por qué ser tan difícil tampoco. Más aún cuando no es tanto lo que perdemos, cuando le damos su precisa dimensión a nuestra historia y la dejamos morir. Es importarte estar dispuesto a morir y a volver a nacer cuantas veces sea necesario. No hay que temerle a la crueldad, hay que pasar de largo y sacarle la lengua con una sonrisa. Hay que atreverse a vivir en lo nuevo, en lo desconocido. Convirtámonos en nuestros propios amantes.

Como si estuviéramos en lo alto de un tobogán mirando a una piscina allá lejos, abajo. Uno puede estar allá arriba, pero también puede atreverse a dar el salto. A aceptar que los efectos de una caída nos va a hacer bien. Que nos vamos a sentir valientes, frescos, nuevos.

Yo esta vez decidí dejar entrar a la soledad. Le abría las puertas. Me la llevé de viaje. No le temí. Dejé que me acompañara al reír. Dejé que durmiera conmigo (y no con el guapo australiano con el que mis amigos querían que me enrollara) y que, para qué lo voy a negar si no me avergüenza, llorara conmigo los cinco minutos que necesité un par de días. Sin negaciones ni parches ni falsas sonrisas estamos bien. La soledad y yo. No nos importa que por ratos venga la tristeza. Es normal. Así como he dejado que me invada cierta alegría inesperada que ha traído este comienzo del verano. Así que pienso dejarme llevar.

No es que me haya vuelto fan de algún tipo de filosofía Zen. Solo que estas semanas que pasaron me topé con dos cosas que me obligaron a pensar que era capaz de hacer las cosas de otra manera. Cuando llegué de Guatemala mi madre me contó que una de mis abuelas estaba muy grave. Mi última semana de vacaciones estuve en la clínica preocupándome no solo por ella sino por su único hijo: mi padre, tratando de hacer reír a mi madre, acompañando a mis hermanos. Turnándonos en la Unidad de Cuidados Intensivos.

El día en que la operaron (mi abuela Alicia – y jamás he estado tan orgullosa de que me hayan llamado como a ella– tiene 99 años) tenía 10% de probabilidades de salir viva del quirófano, estábamos todos (mi familia de 6) en la sala de espera de la clínica y puedo jurarles que hacía mucho tiempo no sentía ese tipo de amor. Nadie decía nada, solo nos acompañábamos y cuando mi abuela salió consciente de la operación todos nos abrazamos y no recuerdo algún otro momento en el que hayamos estado tan contentos. Así pase lo que pase en el futuro, pues su vida ya no depende de nosotros ni de los médicos, la fortaleza de esa mujer a la que tengo la bendición de tener como abuela nos dio una lección. Ella estaba sola, luchando por su vida.

Nosotros estamos solos luchando por la nuestra. Así que adelante. Un amigo hace poco me dijo primero “hay que ser buena gente con uno mismo para poder ser buena gente con los demás”. Tiene razón. Así que ahora hay dos personas a las que le repito esta frase (título en castellano de una película que me gustó mucho): Hace tiempo que te quiero. Se lo digo a mi abuelita cada vez que la veo, y se lo digo a esa que me mira en el espejo. Quererse a uno mismo es lo mejor para vivir sola o en compañía, y el mejor estado para volver a enamorarse. ¿Enamorarse de uno mismo es algo psicótico? No, es sano.

Así que terca, con zapatos nuevos y una sonrisa, sigo buscando novio.

(Gracias por la paciencia y por la buena onda de siempre)

Uno de los muchos benefcios de la soledad. Escuchar tus propios pasos en la orilla del mar.

¿Sola yo? si pues.

Para tí Mamá Alicia, porque hace mucho que te quiero.