Soy una persona muy distraída, un poco desordenada y algo impuntual. Juro que lucho contra ello día a día. Sin embargo, ayer me di cuenta que ando muy retrasada en algo. No soy de las mujeres que llevan la cuenta de la llegada de la “señora de rojo” en sus agendas, así que hice memoria y conté los días en el calendario de mi escritorio: doce. Doce días tarde. Así como lo leen. Creo que estoy embarazada.

Embarazada, ¿yo?

¿Hay alguna mujer que no se haya emocionado para bien o para mal ante la posibilidad de estar encinta? No creo que alguien haya podido permanecer impávida. Ayer, después de haber hecho cuentas unas trescientas veces, me quedé mirando el monitor de la computadora como una zombie por minutos eternos. Lo que yo tenía planeado este año era presentar un libro, mudarme a una casa donde no tenga que convivir con tantos insectos, retomar el ejercicio y ver a U2, no convertirme en madre.

La vida es irónica en todos los sentidos. Hace poco vi publicado el artículo que escribí en una revista local que lleva por título: “Sí quiero tener un hijo”; días después me encontré con una amiga a la que no veía desde que su pancita tenía 6 meses (ahora su hijo tiene 4 meses) y mientras tomábamos café me contaba lo increíble que estaba siendo para ella la maternidad, se le veía en los ojos, en la sonrisa, algo que yo no podría describir; y por último, para cerrar con broche de oro, una compañera de trabajo –y madre– me agarró desprevenida y al ver mi cara sin color ni expresión, me preguntó:

- ¿Qué te pasa?
- Puede ser que esté embarazada –respondí como una autómata.
- ¿En serio?
- Sí.
- ¿Y qué vas a hacer?

Yo volteé a mirarla como si me acabara de preguntar la distancia en metros de acá a Saturno, y respondí:

- No tengo idea.

Es verdad. Ella me sonrió y dijo:

- Este puede ser tu hijo.

Yo por supuesto, casi me caigo de la silla.

Comencé a pensar que nunca antes había tenido una duda de este tipo. He sido y sigo siendo, salvo algún irresponsable desliz del pasado lejano, sexualmente responsable. Así desde chica me hayan malinformado, desinformado o desanimado a hablar sobre el sexo en las modositas charlas del colegio, la casa en la que crecí donde a los papás les da vergüenza hablar de “eso” con sus hijos, la iglesia en la que una padre me metió la puteada del siglo XX cuando le conté ya que tenía relaciones con mi novio (en un momento se exaltó tanto cuando le dije que no me arrepentía y que lo iba a seguir haciendo que pensé que me iba a agarrar a zapatazos), y las infaltables amigas que saben menos que tú y te cuentan leyendas urbanas que seguro han generado algún embarazo no deseado: “a la primera no sales embarazada”, “si el chico está encima la chica no sale embarazada”, “si te bañas después de tener relaciones la ducha sirve de anticonceptivo”, “si te pones a saltar inmediatamente después del coito evitas el peligro de quedar encinta por efecto de la ley de gravedad, y la no menos popular “solo la puntita no es lo mismo que hacerlo” (esta debe ser un previo al caso Lewisnky). Me imagino que las cosas han cambiado (todo, menos el susto), ojalá.

Felizmente no seguí ninguno de esos consejos y fui responsable, muy al contrario de algunas amigas que siguieron el mandato de la desinformación, acudieron al llamado de la lujuria sin protección, se dejaron convencer por algún novio o amante vivo, mentiroso o sexualmente ignorante que le dijo una de las mil invenciones del diccionario “Cómo convencer a una chica de tener sexo sin protección” (este incluye desde la más gastada en camas y parques: “no se siente lo mismo” hasta los poco seguros coitus interruptus, e incluso atreverse a considerar a la pastilla del día siguiente como el anticonceptivo que no es).

Les digo que soy responsable porque también lo fui este mes de abril y la posibilidad de estar embarazada en estos momentos sería convertirme en la mujer más piña del mundo y ser parte del mínimo porcentaje de riesgo que tienen los métodos anticonceptivos.

Si es así, Houston, tenemos un problema. Bueno, yo tendría un problema.

Debo decir que, como lo he escrito y dicho en ocasiones, sí quiero tener un hijo, pero no ahora (ya lo dije, quiero una familia), no de esta manera (es una decisión que quiero tomar).

Sin embargo, y porque soy una ferviente creyente de la libertad de decisión de una mujer sobre su vida, no consideraría la posibilidad de un aborto porque, aunque no sea mi momento ni mi decisión, es una consecuencia de mis actos (lujuriosos) por un lado y por otro, tengo una edad en la que ya la situación no es la misma de alguien de 16 o 26. Antes, quién sabe cómo hubiera reaccionado o que hubiera decidido.

Ahora, solo estoy asustada. Pasa el día y no me decido a hacerme una prueba de sangre. El reloj suena. Tic-tac, tic-tac. Permanezco pensativa. La frase de mi amiga suena otra vez y me pregunto: “¿será mi hijo?”