El que dijo que sin pasión ni romance no puede haber amor, está equivocado. Es simple, ambos ingredientes, tan ricos, suelen durar poco. Meses, semanas e inclusive días. Lo que no resulta tan “conveniente” para algunas de nosotras, fieles creyentes de que el grado de melcocha equivale al nivel de interés por el otro. Por creer –y caer– en esta leyenda urbana, una vez más, me equivoqué.¿EXISTEN LAS COSAS IMPOSIBLES?

Estos meses han sido extraños. Cambios en lo profesional, nuevas rutinas, alteraciones en el ámbito familiar. Sin embargo, hay algo que ha empezado en paralelo, un nuevo capítulo de mi vida llamado: “bienvenida al oasis de la calma emocional”. De alguna manera una cosa balanceaba la otra. Problemas que resolver y decisiones que tomar, por un lado, y una sopita de pollo para el alma, por la otra. Pero, siempre el maldito “pero”, sentía que algo estaba fallando o mejor dicho “faltando” en esta nueva relación. Demasiada paz. Mucho silencio.

Como es lógico para una persona como yo, bastante acostumbrada a vivir relaciones como si fueran una carrera de obstáculos en los que hay que correr, huir y esconderse, saltar vallas, esquivar granadas, minas de campo, tiburones, terodáctilos, lobos y culebras, escalar icebergs, pisar sobre arenas movedizas, nadar ríos de pirañas, abrirse paso a través de pantanos, todo eso para alcanzar ese gran premio que es el “amor”, este mar de tranquilidad era realmente un “oasis”, es decir, un espectro imaginario que podría desaparecer en cualquier momento. “Hay que desconfiar”, me dijo mi inseguridad, “no es real”, subrayó la cretina.

Mi razón parecía estar de acuerdo. No tenía otra opción. Tanta comodidad era sospechosa, ¿significaba eso indiferencia? Lo que estaba ocurriendo en esas tardes de maratones de Leos Carax y Tarkowski en el Cineplex-Bisso ¿eran acaso falta de interés?, o más terrible aún ¿no iba por el camino del enamoramiento, sino del aburrimiento?

Hice lo que toda mujer equivocada hace en estos casos. Me inventé una pelea.

El trabajo me había tenido bastante ocupada como para hacer esas cosas triviales, pero necesitaba hacerme la cera. Estaba en la peluquería esperando mi turno cuando leí un artículo de Cosmopolitan, revista a la que siempre he admirado por su capacidad de hablar de los mismos temas por años pero venderlos de manera diferente. Y ahí estaba en letras gigantes color fucsia lo que tanto quería encontrar, la respuesta a todas mis dudas: ¿CÓMO SABER QUE ESA RELACIÓN VA EN SERIO?

1. Ya te presentó a su familia. Mi respuesta: No, pero porque no se ha dado la oportunidad, no creo que sea necesario y no hay apuro.
2. Te hace regalos especialmente pensados en ti. Mi respuesta: sí. Me escribió un cuento bonito sobre cómo nos conocimos hace dos años y me regaló una película de los ochenta que a los dos nos gusta.
3. Hacen planes a futuro. Mi respuesta: No. Lo más cercano al futuro que planeamos es qué película vamos a meter al DVD, cuántas piezas de KFC queremos en nuestro pedido o si el vino lo compramos blanco o tinto. Y todo está bien con eso.
4. Han hecho un viaje juntos. Mi respuesta: No, es más, me voy de viaje sola en unos días y sabe Dios si cuando regrese me va a decir: “lo siento pero ya no quiero estar contigo”, versión 2.

¡Ajá! Lo encontré. Ahora verás, a mí no me la hacen dos veces. Con esa información en la punta de la lengua hice mi pliego de reclamos ante una cara atónita que seguro pensaba que me faltaba un tornillo. No le faltaba razón. Seguro me faltaban dos. Lo acusé de tener seguro algo escondido que tarde o temprano me haría daño, que ya estaba harta, así como lo leen, “harta” de relaciones con hombres con los que no puedo tener una conversación; aun sabiendo que la pasión la tenemos dentro de nuestra intimidad, califiqué lo nuestro de desapasionado, remarqué que su pasividad me estaba exasperando, que por qué demonios no explotaba y me decía lo que él pensaba al respecto.

Por supuesto, él no tenía nada que decir en medio de mi pelea conmigo misma. Porque eso era. Yo me estaba ametrallando a mí misma. Reclamando una falta de tensiones y conflictos que he odiado por años. ¿Acaso pretendía pensar que con cualquiera de mis amados y literales “tormentos del pasado” la pasé bien? Claro que no. En mi vida ningún pasado fue mejor. Y gracias a Dios. Pero ese es un problema mío y de nadie más. Me daba cuenta sólo cuando ya había herido a alguien que no lo merecía.

De verdad lo sentía. Y lo dije. Lo siento. Para mi sorpresa fui perdonada. No necesité arrodillarme, llorar, auto flagelarme imaginariamente, ni ninguna de esas descabelladas cosas que he hecho en telenovelas propias y pasadas, para ser perdonada por haber cometido un error. Eso también me hizo mirar mi realidad con otros ojos y creer en lo que está pasando sin compararlo. Aprendiendo a querer de otra manera; más sana, más real. Quizás en lo inesperado está lo que uno espera. Lo que yo quiero.

Lecciones: no volver a creer en los tests de Cosmopolitan y, más importante aún, cambiar el chip falso de que se necesita de conflictos para ponerle la chispa de la vida a una relación.

Para eso me bastó con comprar dos botellas de cava que tomamos escuchando lo mejor de la música wave de los ochenta y, de pronto, animarlo a salir a bailar. El plan no-planeado dio resultados. Nos divertimos como hace tiempo yo no lo hacía. Hacía mucho que no me acostaba casi de día con la ropa puesta y dormía congelada, con los pies destrozados, el maquillaje puesto y corrido, el pelo con olor a cigarro y una gran sonrisa en mi cara; porque, por ahora, todo está bien.

Pretty in pink. Mi comedia romántica favorita de los ochenta. Mi canción favorita de OMD (que recién pude bailar en una discoteca en los noventas).

Para los que esperamos que Cerati despierte y que todo haya sido un mal sueño. No sé cuantas veces he visto este video, pero me recuerda cuando Gustavo se convirtió en uno de mis ídolos musicales (y en uno de mis grandes amores platónicos).