Siempre le tuve miedo a la sangre. Sin embargo, la tarde del viernes pasado, no sólo la idea de una jeringa clavada en el brazo extrayéndola era lo que me producía un distinto e incontrolable miedo; era el resultado de la prueba de embarazo lo que me tenía al borde del colapso. ¿Positivo o negativo? LOS RESULTADOS DE AMOR.

- Los resultados de la prueba están listos en 24 horas –dijo la enfermera del laboratorio.
- ¿24 horas? –dije, sin saber muy bien por qué lo preguntaba.
- Si –me reconfirmó mientras escribía mi apellido sobre el tubito con mi sangre y lo colocaba junto a otros idénticos en una especie de hielera blanca. Me quedé pegada mirando la etiqueta del mío: “Bisso”.

La voz de la enfermera me devolvió a la realidad y de paso me mandó al infierno de la espera.

- Mañana es Día del Trabajo

Yo la miré como si me hablara en chino.

- Tendrá sus resultados el lunes. Si quiere los puede ver por internet con su apellido y este código.

Me dio el papel, sonrió amablemente y salió.

Bajé la manga de la camisa y salí. Regresé al trabajo, trabajé hasta las diez de la noche y volví a casa sin escuchar música. Cuando entré no prendí las luces. Tanteé las dimensiones de mi pequeña casa hasta legar al sofá. Me acurruqué en posición “fetal”. Por la parte alta de la ventana se veía una luna gigante. Entré en una especie de dimensión desconocida. Una mezcla de voces, palabras e imágenes daba vueltas a mí alrededor. Comencé a pensar que yo nací cuando mi madre tenía 24 años, recordé una noche al borde de la piscina cuando un ex novio y yo jugábamos a ponerles nombres a nuestros hijos imaginarios, reparé que mi casa no tiene espacio para una lavadora pero espacio de sobra para una cuna en mi cuarto, en eso sonó el teléfono. Le dije que no a una noche de cine y compañía. Quería estar sola, estar dentro de mi casa, sentirme segura. Y recordé, sin querer, algo que recién me pasó.

Hacía un mes mi madre y yo nos habíamos distanciado por una pelea. Distancia es un eufemismo, fue una especie de ruptura. Hasta pensé que podía ser para siempre. Creo que ha sido el tiempo más largo que no nos hemos hablado. Los motivos no importan. La verdad, fue un mes de mierda. Anduve triste. La extrañé. Así no nos viéramos mucho, así no habláramos tanto. Me cansé de echarla de menos y la llamé. Ella vino a mi encuentro sin dudarlo. Cuando la abracé, ella me abrazó como cuando era niña y yo le dije cuanto la quería. Cuánto la quiero. Nos perdonamos y pasamos la página entre lágrimas y nuevas sonrisas. Así son las madres, supongo. Así sus hijas tengan 36 o 26, 16, o 6, siempre van a ser suyas. Este domingo me llevó a almorzar y al cine, luego de la película me presentó a una señora con la que hablaba como su “hijita”.

- ¿Hijita? –dijo la señora esa, echándome una fugaz mirada de arriba abajo –ya está bien grandecita-agregó.

- ¿Quién es esa vieja metiche?-le pregunté, haciéndome la molesta, cuando nos alejamos y las dos nos reímos como siempre solemos hacerlo.

Me di cuenta entonces que el trabajo de una mamá es a tiempo completo, 365 días al año, todos los días de la vida, por más difícil que ésta se ponga. ¿Sería capaz yo de tener la fuerza y la valentía para querer de esa manera?

Eso pensaba, cuando de pronto ya era lunes.

Malditos sistemas computarizados. Estuve entrando a ver mis resultados cada cinco minutos y siempre encontraba la misma respuesta: “resultados aún no disponibles”. Me empecé a desesperar. Tres días habían sido suficientes. Cogí mi cartera para ir a buscar la respuesta a mi gran duda personalmente cuando le di click una vez más a mi nombre en esa página web. Ahí estaba.

Mi resultado resplandece en la pantalla de mi computadora. Negativo. Comencé a llorar. No sé si de alegría, tristeza o de una emoción aun no identificada. Mi reacción no era la esperada; una mezcla de alivio, la certeza de que nada en este momento cambiará y por otro lado, la clara conciencia de que yo no quiero a un niño que me llene de alegría, que complete mi vida, que la cambie o que la vuelva más feliz. Quiero a un hijo para hacerlo feliz a él, para que crezca sin tantas dudas ni tantos miedos, para nunca dejar de ser la mujer que soy y madre que lo quiere, para ser mejor persona para él, para darle mi cuerpo, mi tiempo, mi energía y lo poco que sé.

Ya tengo una vida que me gusta, no todo el tiempo, pero me siento bien. Sé que me faltan cosas por hacer, pensar, vivir. Me imagino que así somos las personas que tuvieron la suerte de ser concebidos por una madre generosa e inteligente como la mía, que me enseñó a nunca dejar de aprender y a querer a mi familia de manera incondicional por más imperfectos que seamos juntos o por separado. Por eso no quiero tener un hijo yo sola, aunque respeto a las valientes madres que lo son; porque quiero una familia, es decir, una pareja, para planearlo, esperarlo y recibirlo.

Quiero tener un hijo porque cuando miro los curiosos ojos marrón de Catalina, que me sonríen y me emocionan tanto, me dan unas ganas increíbles de que entienda que la quiero que voy a ser su guardaespaldas, su pareja de juegos, su paño de lágrimas; para que entre muchas otras cosas, le pueda le dar fe a su primo Martín, mi hijo, el día que éste llegue, que su mamá lo va querer así, como supongo que se le quiere a un hijo. Demasiado.

A todas las madres que leen este blog, les deseo un día más de felicidad. No duden que algún día seré parte del club.

Una canción para la niña Catalina.