Hace unos días recibí el correo electrónico de una lectora y me impactó por su tristeza. Al final de este correo me pedía ayuda, una respuesta a sus dudas y que, si podía, escribiera sobre el ese asunto que la estaba llevando hasta pensar en quitarse la vida. AMORES PERROS

En ella me contaba su historia, que creo que muchos hemos vivido. Había conocido al “amor de su vida” (así lo llamaba en su correo) durante su primer año de universidad, ambos se gustaron, salieron, se conocieron y se enamoraron. Fueron felices, salvo las discusiones que cualquier pareja puede tener. Cuando ambos comenzaron a trabajar, pasaron dos cosas. Uno, decidieron comprometerse y dos, él le faltó el respeto, es decir, la agredió verbalmente una vez en medio de una acalorada pelea. Ella, muy segura de sí, terminó con él. Él le pidió perdón pero ella no cedió, pensó que si lo hacía él volvería a hacerlo y no estaba dispuesta a dejar que esto pase. Entonces, él se dio por vencido y no volvió a buscarla.

Pasaron meses muy tristes para ella, según me dijo, lo extrañaba, pensaba en los seis años que estuvieron juntos, lo empezó a extrañar. Fue cuando los amigos y familia, como algunas veces pasa, se hartaron de ver a la persona que quieren metida en la cama, con el pelo sucio y cara siempre triste y le aconsejaron lo que se suele aconsejar: saca el clavo con otro. Ante la insistencia y pensando que quizás esta era una buena idea salió con un chico. Era guapo, inteligente y tenía un buen sentido del humor. Salió un par de veces más con él, pero no se demoró en darse cuenta de que por más perfecto que el “clavo” pareciese, no era el otro. Así que sin más, se dio valor y llamó a su ex. Él no le contestó ni esa llamada ni las siguientes, ni los mensajes de texto ni los correos electrónicos. Ella lo había borrado de su vida virtual y ahora él no quería aceptarla de nuevo.

Totalmente segura de que quería estar con él y de que no era posible que él la hubiera podido olvidar en tres cochinos meses, lo espero fuera de su oficina. Cuando lo vio salir, caminó hacia él. Ella lo abrazo y él la apartó. Ella le dijo que lo quería y él, en tono irónico, le dijo que no le creía porque hace unas semanas un amigo le contó que la había visto con otro. Ella, desesperada le contó que eso no había significado nada porque jamás pasó nada entre el “clavo” y ella, pero él no la escuchó.

Ella no se dio por vencida. Esa tarde en que lo vio, recordó su cara, su olor, su mirada y más que nunca, cual título de canción de Paulina Rubio, se dijo: este hombre es mío. Así que lo acosó. Lo llamó, le escribió, le mandó cartas y fotos de cuando todo estaba bien. Y pasó lo inesperado. Una noche en la que sus amigas la obligaron a salir a tomar algo, ojerosa y con cara de velorio, llegó al bar. ¿Y saben que pasó? Él estaba ahí. Ella caminó hacia donde estaba y se quedó parada frente a él. Las lágrimas se le salieron y él la abrazó.

En poco tiempo ya estaban juntos nuevamente. Ella me dijo que fueron semanas muy felices hasta que el le contó que durante el tiempo que estuvieron juntos había aplicado a una beca en el extranjero y le habían comunicado que había sido aceptado en una universidad española. Ella pensó: bueno, en fin es solo un año. Él le aclaró que eran dos; pero le dijo que no se preocupara, que seguirían juntos, que se podrían comunicar siempre, que él tampoco quería perderla.

Los meses antes de su partida fueron una luna de miel intensa. El amor que sentían el uno por el otro se hizo más evidente y fuerte, por lo menos fue lo que ella me dijo. Llegó el momento de la partida. Ella casi se desmorona, pero a los pocos días comenzaron las llamadas, los larguísimos chats, los mensajes de texto, por Twitter y Facebook. Sin habérselo dicho ella empezó a ahorrar para irlo a ver a Madrid. Antes de cumplirse el primer año, ella decidió darle una sorpresa e ir para allá. Aunque la comunicación de su parte había decaído un poco debido a los “estudios” según él, ella estaba entusiasmada con su próximo viaje.

Como siempre la realidad rebasó sus expectativas, como suele suceder, pero en este caso, para mal. Llegó a Madrid y al llegar a la dirección que él le había le dijeron que él ya no vivía ahí. Al verse literalmente en la calle, ella recurrió a una prima lejana casada con un español. Algo incómoda se quedó con ellos. Lo llamó muchas veces, le escribió mil correos electrónicos, le mandó mensajes a todos lados. No hubo respuesta. Pasaba días enteros en la puerta de la universidad y al ver que no lo encontraba, se acercó a la oficina de informes para ver dónde podía ubicarlo. Sorpresa, sorpresa. Él nunca se había inscrito en esa universidad, y menos, había recibido una beca. A ella por supuesto, se le fue el color de la cara, el alma de cuerpo. Deambuló por la ciudad tratando de pensar con claridad qué podía estar pasando. Mosca ella, llamó a Lima. Su familia tenía que saber algo. Para su suerte le contestó el hermano menor que buscó en la agenda de su madre que no tenía idea del shock que esta estimada lectora estaba a punto de recibir.

Anotó la dirección, se guió de un mapa y llegó a un edificio en Malasaña –un distrito en el que a mí me hubiera gustado vivir de haber caído en Madrid-. Tocó y tocó el timbre pero nadie atendió. Ya se hacía de noche. Se sentó en el portal vecino arropándose con la casaca –era invierno-, cuando vio que alguien se acercaba. Era él. Su sonrisa se congeló cuando vio que no estaba solo. Ella fue hacia él y se encontró nuevamente con “el amor de su vida”… y su esposa. Lloró a gritos, le preguntó qué estaba pasando. Él la trató de loca frente a su esposa española y ambos entraron al edificio.

Ella se quedó ahí llorando en la vereda y siguió llorando hasta la casa de su prima lejana, mientras hacía sus maletas, en el aeropuerto, en el avión, en el Jorge Chávez, camino a casa. Ya en Lima se enteró por amigos en común que ya no tenían nada que ocultar, que él no había ido a España a estudiar sino a seguir a una mujer que había conocido por Internet hacía más de tres años, que se habían casado y que él estaba enamorado y feliz.

Todos le dijeron que “rehiciera su vida”, “que todo pasa por algo”, “que él era quien perdía”, “que algún día volvería a ella de rodillas”.

Creo que muchos sabemos que estas frases alentadoras no siempre funcionan. Lo que sí me preocupa, y es la razón de haber escrito esto, es que ella regresó de Madrid hace dos años y me dice que no encuentra forma de olvidarlo, que jamás va a ser feliz sin él. Hace dos años no trabaja. Su familia ya no sabe qué hacer; ya ha ido a terapia con un psicoanalista, con dos psiquiatras y hasta ahora, al parecer, nada funciona. Me dice que la idea del suicidio es lo único que podrá hacer que su sufrimiento desaparezca.

Yo creo que lo único que te puedo decir, querida lectora, es que aunque parezca imposible el primer paso es aceptar que él jamás va a volver. Sé cuanto cuesta esto, también sé que es lo más importante. Por eso es el primer paso. Va a ser difícil, pero no tanto si pones de tu parte. Esa decisión es lo único que va a poder romper esa fantasía que te sigue atando a un recuerdo del pasado. Tienes que armarte de fuerza, dejar esa cama, agarrar el comienzo de la cadena del ancla y empezar a tirar de ella hasta sacarla del lago. ¿Piensas que es imposible? No lo es. Corazones se rompen todos los días. Alguna vez me sentí igual que tú, pensé que iba a ser imposible dejar al fantasma de un amor no correspondido atrás. Quítale el poder a esta historia, así pienses que has tirado diez años de tu vida por la borda. De la manera que sea, has vivido. Y los más chévere, uno puede empezar otra vez cuando le de la gana.

Tu historia me ha hecho pensar que yo no tengo ningún “amor de mi vida”, ninguna historia pasada que me atormente. Yo no volvería con ninguno de mis ex novios. Las relaciones a veces son más cortas de lo que queremos, se terminan cuando queremos seguir y para muchos, tienen no finales perfectos, pero si felices. Y si no, siempre se puede poner primera y arrancar.

Si miro para atrás, sonrío al pensar en todo lo que aún quiero, lo que ansío, lo que sueño. Eso me da fuerza, me da alegría.

Eso es lo que te deseo, fuerza, alegría y un nuevo comienzo. Un verdadero nuevo comienzo.

Canción para dar pelea.

Esta canción es perfecta para salir y respirar. Recomiendo aprenderse la letra de memoria y cantar a gritos. Es realmente terapeutica.