Mi historia con Silvana es casi tan larga y dramática como la del más trágico culebrón venezolano que haya vivido con un hombre. Hasta hace poco la recordaba como una vieja amiga con la que compartí buenos momentos hace mucho, mucho tiempo. Hoy, que por primera vez una mujer me borra de su vida, pienso que yo fui amiga de alguien que nunca lo fue. Un largo tiempo atrás, pasé un año de mierda. Andaba en medio de una relación masoquista de la que, al parecer, no me quería librar. Subida en un carrusel emocional daba vueltas y vueltas entre el amor y el dolor, como un hámster aturdido, confundido, cansado, pero sin la menor intención de pisar tierra firme y volver a la sanidad.

Felizmente coexistían en la misma época los “miércoles de Bauhaus”, a los que iba puntualmente cada semana en una especie de exorcismo para librarme de tormento de querer a un egoísta que me quería, pero solo de vez en cuando; y claro, porque soy una ferviente creyente de que bailar lo mejor del new wave de los ochentas (y algo de los noventas) durante un par de horas, tiene en realidad efectos terapéuticos.

Una de los miércoles de Bauhaus.

Silvana y yo ya nos conocíamos, pero fue por encontrarnos casualmente esos miércoles, lo que hizo que nos hiciéramos inseparables. Tarde varios años en darme cuenta de que, muy contrariamente a lo que yo pensaba, no nos unió el gusto por la misma música y vernos en medio de aquellas escapadas de la realidad a mitad de semana. Nos hicimos tan amigas porque yo estaba triste. Muy triste.

Un miércoles en el que el exorcismo bailable no funcionó porque llegó el propio demonio a la misma discoteca le conté, escondida en el baño, mi historia a Silvana. Ella, no solo me escuchó, sino que me entendió, me invitó un trago y me obligó a ignorar, muy a mi pesar, al tipejo ese. Estaba completamente sorprendida, había ignorado la presencia del enemigo por primera vez y no tenía ni medio complejo de culpa; hasta recuerdo haberme reído de mi pequeño logro en tierra de los miserables que se enamoran de quien no deben.

Silvana se convirtió rápidamente en mi antídoto para el desamor, mi confidente disponible las 24 horas, mi mejor amiga, mi número para llamar en caso de emergencias, la chica que trataba de hacer entrar en razón a mi cabeza terca que se empeñaba en no mandar por un tubo engrasado, directo al infierno en llamas, a un pobre infeliz por el que seguía obsesionada.

Pero como suele suceder, el día menos pensado la vida da un giro que lo cambia todo. Y este fue uno de los grandes. Ambas nos fuimos del Perú el mismo año. Nos despedimos entre lágrimas y mocos y prometimos permanecer en contacto. Ella partió rumbo a Londres en julio, yo me fui a Barcelona el 18 de octubre de 1999. Sin embargo, mientras ella llegaba a su destino, yo comenzaba el mejor y más largo viaje que he hecho hasta el día de hoy.

Nuestros motivos para la mudanza a Europa eran distintos, casi como lo éramos nosotras. Ella quería seguir subiendo los escalones de la vida, o mejor dicho, estudiar un máster, conseguir un mejor trabajo, luego un buen trabajo, tener dinero, conseguir a un novio y luego tener, al fin, lo que había anhelado: ser una superejecutiva casada con un superejecutivo europeo y tener, además de una vida económicamente muy buena, dos hijos: niño y niña.

En cambio, yo no tenía ningún plan. Mi viaje, como muchas de las decisiones impulsivas que he tomado, no fue algo planificado, ni siquiera un sueño ansiado. Postulé a una sola universidad con menos entusiasmo con que le hice clic a las predicciones del jubilado pulpo Paul, me aceptaron en la misma universidad y en una semana renuncié a mi trabajo, hice una maleta y me fui. Era extraño. Nunca antes de me había imaginado viviendo fuera del Perú. Sin embargo, de lo que sí estoy segura es que estaba aburrida. Y mucho. El mismo trabajo, los mismos lugares, la misma gente, un futuro en el que no me veía viviendo, por lo menos no a corto plazo. Así que sin ninguna expectativa y bastante perdida, llegue al Aeroport Pratt de Llobregat.

Quizás fue esa forma no planeada de poner los pies en una ciudad elegida al azar (que ahora es mi segunda ciudad favorita en el mundo) lo que hizo que toda experiencia allá me sorprendiera el triple. Y fue así.

La corta distancia y las compañías de vuelos baratos hicieron que Silvana y yo nos reencontráramos pronto. Recuerdo su primera visita. Yo aún no conseguía dónde vivir y andaba entre las clases en la universidad que ya habían comenzado y la búsqueda de un departamento para compartir con otros estudiantes como yo.

La primera vez que nos vimos, ella me acompañó, entre los chismes de nuestras respectivas llegadas, a ver las listas de departamentos que yo copiaba de las facultades que quedaban cerca de la mía. Ahí tuvimos, mejor dicho, tuve, el primer indicio de que algo no iba a ir tan bien en esta nueva etapa.

Ante todos los arrendatarios con los que me había citado para ver los lugares, que era como tener veinte entrevistas de trabajo en un solo día, Silvana –ante mi sorpresa– se presentaba como si ella fuera la que iba a alquilar el departamento. Examinaba el sitio para ver si a ella le gustaba, si lo “aprobaba”, si era un barrio “decente” y si todo esto era afirmativo, veía dónde podría poner sus cosas y su cama cuando estuviese de visita. De hecho, los entrevistadores no entendían muy bien la figura, pero sea lo que sea que estaban viendo, no creo que les haya parecido una buena idea alquilar una habitación a dos chicas por el precio de una.

Me molestó esta actitud que, más que sobre protectora, me pareció invasiva.

Este barrio es horrible, Ali, esa gente no me gusta, es mejor que vivas con europeos.

Aún así, no dije nada. Silvana continuaba con el papel de niñera, pensé. Era difícil reclamarle algo, cuando ese era el rol que había cumplido cuando yo era en Lima la “pobre triste”. No me parecía justo, y sentía hasta un poco ingrato el no retribuirle lo que ella me había dado. Sin embargo, yo ya no sufría, al contrario, estaba contenta de comenzar un capítulo en mi vida que más novedoso no podía ser. No se equivocó el que dijo que es más fácil estar al lado de alguien que es miserable que de alguien que es feliz. Justamente mi transformación en una persona menos dependiente, menos necesitada de cariño y atención y que, cada día — bueno, cada mes—, tenía más claro qué le gustaba y qué no, fue lo que nos comenzó a separar.

Además ella y yo, teníamos ideas distintas de lo que sería vivir en Europa. Para lograr llevar a cabo su plan ella tenía toda una estrategia hecha, como buena administradora de empresas que es. Primero: conocer gente local, mejor dicho: londinenses o europeos en general. Estaba firmemente en contra de tener amigos latinoamericanos, porque según su teoría esas amistades eran fugaces y, ojo, hacer amigos locales no solo te daba la oportunidad de conocer a gente que te introduciría a su mundo, sino que además te podría en contacto con nuevos amigos y posibilidades de trabajo, muy convenientes para una recién llegada al primer mundo. Además de todo, ellos tenían la llave para encontrar a tu “futuro marido”, europeo por supuesto.

Ambas teníamos 26 años y muy al contrario de ella, yo no estaba apurada por conocer a nadie. Después de todo, acababa de olvidar a alguien. Comprobé que era cierto eso de que la distancia ayuda a eliminar restos no deseados del pasado; el pendejo sacavueltero se quedó muy lejos de mí, geográfica y sentimentalmente.

Para la siguiente visita de Silvana, yo ya vivía sin proponérmelo en el último piso de un departamento en el centro de la ciudad, desde cuya terraza inmensa se veía el mediterráneo, y como si fuera poco, vivía con tres hombres. Sí, Ricky, Micky y Nicky, más conocidos como Riccardo (Quito), Michele (Milán) y Nicholas (California). Esos tres chicos fueron mis primeros amigos en Barcelona y recordarlos hasta ahora me sabe a pasta, mucho vino barato y partidos de fútbol en la tele después de almorzar. Gracias a ellos conocí a mis tres primeras mejores amigas: Juli, Mili e Ivy, dos argentinas y una mexicana con las que viaje, reí, me emborraché, conversé madrugadas enteras y conocí muchas ciudades y todos los rincones de Barcelona. Digamos que a pesar de estar en la luna con las clases en catalán, aún perdida en las calles de una ciudad nueva y adaptándome a cosas tan sencillas pero ajenas como el ir caminando a todos lados a cero grados, todo iba bien. Hasta que llegó ella a pasar un fin de semana largo en mi nueva vida.

No fue raro recibir de golpe de desaprobación. Primero tachó de malo que viviera con tres “hombres”, luego calificó a mis amigas de “hippies” y además, latinoamericanas, y luego me cuestionó el hecho de no estar pensando en serio sobre mi futuro. No era una chica de sastre y zapatos de taco que estudiaba un doctorado, sino una loca más, como mis amigas, que solo vivía el presente e iba a la universidad en zapatillas. Lo que no cuestionó fue el departamento ni su ubicación, muy pituco para la gente que habitaba en él. Creo que se dio cuenta de mi silencioso fastidio y me dijo que la razón de tanto reproche era que no quería verme “cometiendo los errores del pasado”. Yo le dije que gracias por el consejo pero que estaba muy bien, mejor que nunca. A diferencia de ella yo estaba viviendo mi presente, ¿pero qué tenía que ver el cómo estaba viviendo mis primeros meses en España con los errores del pasado?

Pero eso no era todo. Y creo que aquí se pudrió el budín. Su plan no iba tan bien como ella lo había diseñado. Su master no era lo que había esperado, odiaba su trabajo, tenía dos amigas locales en la universidad pero se sentía sola y no tenía ningún prospecto de novio. Sin embargo, se empecinó por arreglar una vida que no fue la suya, sino la mía. Me di cuenta después que alguien estaba arruinando de a pocos nuestra amistad. No eran mis amigas, ni la forma distinta de ser –casi opuesta– de ambas, sino una vieja conocida enemiga: la envidia.

Mientras yo me hacía más amiga de mis amigas, Silvana se empecinó en odiarlas. La última vez que me visitó fue la primera vez que peleamos. Ella y yo veíamos una película un sábado por la noche en la que mis tres hombres estaban fuera de la ciudad, cuando sonó el timbre. Eran mis ángeles de Charlie que venían cargadas de pan, queso, jamón y litros de vino. Por supuesto, les dije que suban y se unan a función de tele en casa. Ahí explotó la bomba. Silvana se metió a uno de los cuartos a dormir porque no soportó más… la verdad, no sé qué es lo que no soportó, si a ellas, a mí o simplemente ella era, o quería ser, diferente a nosotras. En la mañana se fue dándome un portazo en la cara, después de un cruel: te odio, Ali.

Me dolió, claro. Fue la primera y única vez que alguien me ha dicho que me odia. Yo la quería, pero nuestra amistad tenía los días contados en esos términos, mejor dicho, en las reglas según Silvana. Hoy pienso que no era solo envidia, eran celos, inseguridad y un constante insatisfacción con su propia vida.

Pasaron los años y nos vimos cada tanto por amigos en común que comenzaron a aterrizar en Barcelona pero nunca volvió a ser lo mismo. Nos saludábamos y conversábamos pero dentro de una nueva relación unilateral llamada competencia. No podíamos estar juntas tres segundos sin que ella se esforzara en gritar a los cuatro vientos los avances exitosos de su vida. Yo la verdad dejé de competir con alguien desde que mi mejor amiga en primaria y yo nos sacábamos pica por cual tenía el mejor reloj Swatch. Siempre he pensado que la competencia la neecsita alguien que se siente de alguna forma inferior, y tiene que ver forma directa con inseguridades propias que nada tiene que ver el otro. En este caso, la otra: yo. Sin embargo, aquí no se termina la historia.

Hace unos meses me llegó su la invitación a su matrimonio y una feliz actualización de su vida. Silvana había logrado ir hasta el último escalón de su plan. Había hecho un segundo master, tenía un mejor trabajo, había conocido a un europeo vía Internet y se iban a casar pronto. Le escribí deseándole felicidad y después vi las fotos de ambos en su boda en Francia. Me alegré mucho. Silvana por fin estaba contenta. Además, el tiempo había borrado viejos rencores, berrinches, resentimientos y envidia por la felicidad ajena. Al menos, eso era lo que yo creía. Una vez más, fui ingenua.

Hace unas semanas, un pequeño grupo de amigos y yo quedamos en reunirnos con ella y su reluciente esposo francés. Cuando llegué al restaurante después del trabajo, ahí estaba Silvana, contándoles a todos, en inglés, las novedades de su vida. Yo estaba sentada frente al marido al que se le veía un poco aburrido porque su inglés no era muy fluido, pero era el único lenguaje que hablábamos todos en la mesa. Así que le hable en francés y le pregunté lo típico. Que si le gustaba el Perú, que si le había gustado Cusco, que qué tal la comida peruana.

Él, amable, me comenzó a contestar, cuando sentí una mirada clavada en mi cara. Silvana lo agarró del brazo de manera evidente como a un muñeco de peluche para que preste atención a la conversación general y obviamente, no a mí. Me quede callada.

Cuando me crucé a Silvana en el baño y me dirigía a abrazarla, me quedé en el aire con los brazos abiertos. Di un traspié. Ella dio un paso atrás y dijo:

- No puedo creer que le estés coqueteando a mi esposo, ¡es MI esposo! Yo no tengo la culpa que todos estos años no haya madurado y encontrado uno para ti –levantó la voz, tanto que una señora me miro con cara de “esta acaba de ampayar a la “amante”.

No pude contestar porque, rauda, Silvana salió del baño. Yo tuve que quedarme ahí hasta que el electroshock que acababa de recibir, me pasara. Cuando volví a la mesa, parecía que no había pasado nada. Busqué la mirada de Silvana que permaneció esquiva el poco rato que me quedé ahí.

Me fui a casa literalmente rabiosa como un perro hambriento. Estoy a dieta y tengo hambre. Pero busqué una respuesta racional y serena ante la reacción de Silvana. Pensé que había sido una reacción adolescente que podríamos solucionar con una conversación y un par de carcajadas. Le escribí a Silvana con el firme propósito de hablar directa y honestamente de lo que no había pasado en esa mesa.

Jamás me contestó.

Días después me enteré por cometarios de amigos en Facebook que le estaban organizando una despedida. Decidí mandarle un mensaje por ahí, después de todo, ya estamos grandecitas para pataletas. Además, si algo sabía Silvana de mí y yo de ella, era que ambas tenemos el chip insertado del código implícito de ni si quiera tratar de coquetear con novio ajeno, menos con el esposo de una amiga. Para mi sorpresa esto es lo único que vi al hacerle clic al nombre de Silvana en mi lista de “amigos”:

Silvana [agregar a mis amigos]

Me había borrado de su Facebook, que en esta época, es como expectorarte de su vida. Respiré hondo y metí la polaroid mental de Silvana en mi archivo de carpetas del pasado. Nuestra amistad no se actualizará jamás. Punto final.

Mis amigas, las de verdad, las que están y siempre (espero) estarán, las que están lejos, repartidas por el mundo están aquí, cerca. Tanto, que cada día las quiero más. Y las extraño.

Hay un secreto en esto de la amistad, que todos los que tienen amigos queridos saben. Y es que tus amigos te quieren de la manera que uno quiere que lo quieran, tal como eres.

A Juli, Mili, Ivy, Ale, Claudiña, Titi y Lis.

Canción para que una amiga no las confunda con una desconocida.