Esta es una pregunta clásica de este, los viejos tiempos y los que vendrán: ¿por qué toma tan poco tiempo enamorarse y desenamorarse dura una eternidad? Yo he encontrado la respuesta, mí respuesta. Síganme los que quieran. Ya lo sé. Estamos en plena modernidad. Los hombres han desarrollado más su lado sensible y han dejado de tener miedo a parecer vulnerables ante los demás, mientras las mujeres somos seres cada vez más prácticos y usamos con mucha más frecuencia el lado derecho del cerebro. Este tipo de mezcolanza ha dado como resultado un híbrido maravilloso: la pareja ideal, es más, me atrevería a decir que la pareja perfecta. Por una simple razón. Pareja significa igualdad, equidad. Hombre y mujer, distintos sí, pero componentes “equitativos” dentro de una relación. El famosísimo “uno más uno es dos”.

Bueno, no estamos en la Disneylandia de las relaciones. Lo siento, pero es así. Por eso es “ideal”, porque no es lo común, no es lo frecuente. Seguro que existe y en más de un caso, pero no es lo habitual. La regla somos nosotras, las que nos enamoramos como desquiciadas la segunda vez que salimos con alguien que nos da bola. Sí, las mismas que sufrimos como un tango interminable cuando esa relación termina.

El viernes pasado fui a comprar regalos de Navidad para una de mis sobrinas y me encontré en un lugar neutral. Estaba entre los dos sectores de la juguetería. Uno, lleno de tonalidades rosas, albergaba muñecas de todo tipo (desde la hija de Barbie y algún monstruo de la Edad Media que le dio vuelta, llamado Monster High o algo así, hasta una dizque recién nacida que tenía como máxima cualidad eructar después de tomar su mamadera), cocinas, castillos, príncipes y unicornios. En el otro había metralletas, tractores, aviones y espadas láser (yo quiero una verde, como la de Luke Skywalker).

Fui a pagar el dinosaurio que tenía en la mano con cierto temor. No porque a Catalina no le vaya a gustar ese Tiranosaurio Rex al que le brillan los ojos y mueve la cabeza mientras gruñe. Sé que le encantan los animales y aun más si son gigantes y extraños (ni se imaginan el tamaño de la oveja que ha puesto en el nacimiento de la casa de mi madre). Lo que me dejó un poco aturdida fue esa división que nos enchufan a la vena desde que nacemos. No recuerdo a ningún chico que me haya contado que su respuesta a la pregunta: ¿Qué quieres ser de grande? Haya sido: ser un gran “esposo” o ser un buen “padre”.

Por el contrario, de muchas de nosotras aún se espera -y en algunos casos, se exige- llegar a ser una “esposa” y/o una “madre”. Y para los suspicaces, no digo que el deseo de tener una pareja o pensar en tener un hijo algún día tenga absolutamente nada de malo, pero esa exigencia nos hace pensar que necesitamos de un compañero (futuro esposo y próximo padre) para al fin “estar” completas.

Regreso al punto de inicio entonces. ¿Por qué nos enamoramos tan rápido y nos desenamoramos en tan lenta y larga agonía? Porque cuando creemos encontrar a alguien que nos gusta proyectamos en él toda esa parte de la juguetería social y rosa en la que hemos crecido y cuyas reglas, juicios y prejuicios nos han sido inyectados desde pequeñas. El amor para nosotras es tan natural como el agua. Es algo que tiene que pasar. Y no llega, viene la frustración y cuando nos sentimos incompletas, sentimos que valemos menos (claro, si somos la mitad de un ser humano, ¿cómo nos vamos a querer como una totalidad si andamos esperando la bendita media naranja?) y cuando ya estamos en una situación emocional tal que somos capaces de tirar nuestro título, nuestra independencia, nuestra carrera con tal de que esa relación prospere.

¿Y qué pasa si no prospera? Pues pasamos a la autolapidación. Nos sentimos triplemente perdedoras no solo porque perdimos al hombre en sí, sino a todo lo que él representaba en nuestro mundo.

La otra noche leía “Comer, rezar, amar” e identifiqué a muchas experiencias de mi pasado cuando la autora se autodefine como la “membrana permeable”, es decir, alguien que hasta pasamos los treinta y pico no se ha detenido un par de semanas en soledad a cuidar sus propias necesidades, porque todo ese tiempo anduvo enamorándose o desenamorándose de alguien. Su experiencia y la mía tienen mucho que ver en ese punto.

Soy mala para los negocios. No tengo ni la más remota idea de lo que es la economía. Nunca calculo bien la plata con la que debo pagar las cuentas, ni ese vestido nuevo que aún no sé si es caro o barato, (pero me gusta, es largo y tiene flores). Mucho menos las veces que me he enamorado. Por esta sencilla razón he tomado la decisión de no volver a enamorarme, por lo menos no de esa manera. Porque cada hombre del que me he enamorado no solo ha sido un gasto y un desgaste, sino que en algunas ocasiones ha sido una real mala inversión de mí misma. Si lo pienso un poco, ¿qué no he dado por amor?

¿Acaso me guardé algo para mí?, ¿acaso pensé en el futuro como lo hace un financista al comenzar un proyecto? Me confieso exagerada en cuestiones pequeñas y superficiales, como por ejemplo: si me gusta un autor, me compro todos sus libros; si me gusta una película, la puedo ver todos los días hasta hartarme (mis récords pasan los 40 días seguidos); si me gusta un grupo, me bajo todas sus canciones; si un vestido me queda bien, me lo compro en todos los colores; si descubro una comida que me vuelve loca (como el sushi de anguila, el pulpo a la parrilla, las conchas negras, el rocoto relleno o el pastel de choclo, cada uno en su momento), la como hasta que ya no puedo comerla más. Lo mismo me pasaba con los hombres, si me gusta un chico le daba absolutamente todo de mí, lo que soy, lo que tengo y lo que no.

Me canso de pensar todo lo que he dado, sin exagerar. Además de los tópicos como el amor, la ternura, la pasión, el sexo, la sorpresa, la admiración, las oportunidades, el perdón, también he regalado cada uno de mis sueños, deseos, anhelos, manos, brazos, piernas, labios, besos, miradas, milímetros cuadrados de mi piel, cada secreto que quería mantener oculto, mis mentiras, cartas, cuentos, años, meses, una novela, segundos, momentos, películas, horas del día, todas las horas de la noche, mi risa, todititas mis lágrimas, mis recuerdos, canciones, ídolos, mis viajes, absolutamente todas mis debilidades, mis miedos, mis pesadillas, mi silencio, mi risa, mis tesoros, mi memoria, mis guerras, mis faltas, mis más terribles errores y esos momentos en los que puedo hacer magia.

Es humanamente imposible no sentirse vacio despues. Salir de un par de relaciones fue casi como regresar de la guerra.

Cuando uno no está acostumbrado a convivir con su propia soledad porque eso no fue lo que aprendió, lo que le enseñaron o simplemente, no es lo que quiere, estar solo puede doler –yo lo he sentido, y más de una vez–, como si me aferrara con las manos a una orilla de rocas deformadas por un mar salvaje. Gritando de dolor, azotada por las olas.

Las veces que he perdido el amor, sentí que lo había perdido todo, hasta a mí. Por eso pasaban meses y meses sin verme en el espejo. Una sombra extraña me saludaba dudosa. Esa era yo. La que seguía colgada a esa orilla oscura de la que no iba a desprenderme nunca hasta que un nuevo amor me rescatase.

Una amiga me dijo el sábado que había conocido a un chico y que por supuesto, se había “templado”.

- ¿Tan rápido? –pregunté yo.
- Es que yo soy así –dijo ella son esa sonrisa de arco iris que nos sale cuando vivimos la fantasía romántica en tiempo real.

Ella no es así. Todas lo somos, o lo hemos sido. Y también nos hemos encontrado en una juguetería comprándole un dinosaurio a esa niña chiquitita que hemos sido todas, que aún nos reclama un final feliz al lado de algún príncipe que habita una reino lejano y que pronto vendrá a rescatarnos de esa cosa fastidiosa que es la soledad. Para eso es el dinosaurio, pasa saber que las princesas viven contentas y perfectas dentro de un cuento, una película o su caja en un estante y que nosotras, animales salvajes como T rex, vamos a andar con cuidado y vamos a soltar un gruñido que deje sordo al mundo, cuando queramos decir –o gritar- lo que queremos ser y lo que no, con quién queremos estar y con quién no estaríamos ni cagando.

Si enamorarse toma un minuto y recuperarse del desamor dura por demasiado, habrá que sacar cuentas antes de tirarse el primer clavado. ¿Acaso existe algún oráculo que nos asegure caer en un mar azul y pacifico que poco a poco nos lleve confiados –y sin necesidad de salvavidas- a la dulce orilla del amor correspondido? Pues ni el pulpo Paul (QEPD), ni el Cuy Mágico, ni la Bruja Anita.

Y estoy más que segura que nadie quiere terminar colgado de unas rocas mojadas y filudas mientras recibe los azotes de ilusiones que se tardan en llegar o de un amor se niega a rescatarnos.

Háganse un autoregalo por Navidad, ¿qué les parece un dinosaurio?

A Cabiria, a la que también le contaron el cuento de los finales felices, otro hombre la deja. Camina triste con esa lágrima negra que me parte el corazón, hasta que la alegría de su alrededor la invade y vuelve a sonreír.

Una canción perfecta para ser absolutamente feliz, al menos por tres minutos y 24 segundos.