Antes de terminar el año, hice un viaje que había tardado tres años y dos intentos fallidos en realizar. No solo quería conocer esa ciudad perdida en el centro de Estados Unidos, ni cambiar radicalmente mi rutina por dos semanas, ni aprender a escuchar blues. No, quería verlo a él. A mi David Bowie personal, el chico que me gustó toda la vida. Cuando lo reconocí en el aeropuerto pensé que el tiempo no había pasado.

David y yo nos conocimos… no. David y yo no nos conocimos. Yo me enamoré de David desde la primera vez que lo vi de casualidad caminando por las calles de Barranco, justo el día antes de que diera mi examen de admisión a la universidad. Tenía quince años y estaba con mis padres en una librería. Cuando David entró me sentí exactamente igual que cuando mi primer novio me dio un beso con lengua; sorprendida, excitada, remecida de arriba abajo por un electroshock emocional.

Claro, él ni caso, o eso fue lo que siempre pensé.

Así que seguí siendo la mujer invisible para él por más de una década. Muy tímida, y bastante insegura yo, jamás me imagine que un chico como él me fuera a dar bola. Así que me resigné a observarlo de lejos cada vez que nos cruzamos. ¿Por qué me gustaba? En realidad era como un amor platónico, o algo así. Era guapo, se vestía diferente y andaba con un aire de no parecer un ser de este planeta. A veces me quedaba noches enteras pensando cómo se llamaría, quién sería en realidad, cómo sería el sonido de su voz. Ya lo sé, tenía veinte años y no creo que los amores platónicos tengan fecha de expiración.

Sin embargo, yo conocí a este amor platónico, y resultó ser exacto como me lo había imaginado por años. Llegué a una reunión en la casa de unos amigos, dos días antes de irme a vivir a España y ahí estaba. David Bowie en persona.

De pronto mi amigo Pablo nos presentó. Ali, el es David. David ella es Ali. Yo me quedé muda de la vergüenza obviamente, pero no dejé de mirarlo a los ojos como una asesina en serie. Él me dijo “hola, Alicia”. Estaba pensando que hasta su voz iba con su pinta, con su onda, con su cuerpo, con sus ojos, su piel cuando sentí una mano que cogía la mía. Había olvidado por completo que a mi lado estaba mi novio. Ja. Y no era una relación gastada, aburrida y que podía terminar esa noche en una affaire con David. Yo recién estaba con Ricardo desde hacía exactamente siete días y la verdad, una semana de amor y sexo desenfrenados después de afanarnos durante meses me tenían loca y a punto de tirar mi pasaporte y pasaje por la ventana. Supongo que es mi alma de groupie. Y David era mi fantasía, no una persona de carne y hueso; y uno no suele encontrarse con fantasías en reuniones de la mano de un novio y a punto de largarse a otro país.

David y yo cruzamos miradas durante toda esa noche. Pero esa no fue la única vez que lo vi. En mis visitas a Lima y finalmente, cuando me quede aquí, nos vimos sin saludarnos durante años; o él tenía alguna novia, o yo tenía novio. Hasta que llegó el día en el que unos amigos me dejaron plantada en una discoteca. Yo iba por mi tercera cerveza en la barra cuando David apareció. Lastima, pero yo ya no era la misma chica que soñaba con él. Acababa de terminar una relación larga, de cambiar de trabajo y me daba igual estar en un bar sola o acompañada.

Creo que David esperaba encontrarme así. Se sentó a mi lado y dijo:

- Hola Alicia.
- ¿Cómo sabías que me llamo Alicia?
- Nos han presentado antes, sólo que no lo recuerdas. ¿Me puedo quedar aquí, contigo?
- Si –dije, con la misma emoción que me produce ver una torre de ladrillos.
- ¿Qué pasa, Alicia?

Nos miramos. Él me sonrió. Yo le sonreí de vuelta. Y pasó lo impensable, lo inimaginable. David Bowie y yo conversamos toda la noche. A la cerveza numero seis le conté sobre la primera vez que lo vi en esa librería de Barranco que ya no existe y que ahora es un bar horrible y casi me caigo de la silla cuando me dijo que él también me recordaba. Entonces empezamos la maratón de coincidencias musicales, de los mismos lugares de Lima que hicimos nuestros y me di cuenta de algo más, yo también le gustaba. Sin embargo, nuestros saludos y despedidas siempre eran lo más parecido a los de una entrevista de trabajo. Un poco más y nos dábamos la mano, en lugar de un beso en la mejilla.

Así que la tercera vez que salimos a propósito, no de casualidad le dije:

- Existe una regla David, si no pasa nada en la tercera cita estamos condenados a ser amigos.

David y yo nos besamos. Nos besamos en el bar, en la calle, en la playa de estacionamiento, en mi carro, en la puerta de mi casa, en mi cuarto, en mi cama. Luego, David hizo una extraña desaparición. Pasaron semanas antes de que supiera de él. Cuando volvimos a vernos, me dijo:

- Alicia, me voy a vivir a Estados Unidos. Voy a estudiar allá.
- ¿Arquitectura?
- Un master en arquitectura.
- ¿Cuándo?
- Pronto.
- ¿En serio, David?
- Si.
- Pues iré a verte.
- Espero que si.
- Si.
- Júralo.
- Te lo prometo.

Antes de irse David fue a buscarme al trabajo. Malditas despedidas. Nos besamos de manera torpe y le dije mirándolo a los ojos: todo va a estar bien, David.

Hace poco cuando bajaba por las escaleras eléctricas de un aeropuerto que jamás pensé pisar, estaba David. Sonreí. Era el mismo. Cuando vi que caminaba hacia mí, también pude darme cuenta que una amiga nuestra, más mía que suya, estaba a su lado.

El que dijo que la vida era una eterna e irónica recatafila de coincidencias no estaba equivocado.

Continuará en el próximo post.
(pronto, lo prometo)

David B. y yo tenemos una canción. Esta es.