Caminé hacia David, pero solo porque estaba en la misma dirección que el baño. Antes de entrar lo miré a los ojos y le dije: “tu novia está en la sala”. Cerré la puerta con llave y me senté sobre la tapa del water, decidida a quedarme ahí hasta dos horas antes del vuelo que me devolviese a Lima, de donde nunca debí salir.Entonces toda la artillería de miedos, fantasmas e inseguridades me atacaron. No pude resistirme al poder oscuro de la fuerza. Caí al suelo. Con la cara apoyada en el frío de la loseta y la mirada fija en mis uñas azules, me dejé llevar al último círculo del submundo: la autocompasión.

Estaba molesta con David, con Jenny, pero a la que odiaba más –mucho más- era a mi misma. ¿Cómo se me había podido ocurrir que David Bowie, un chico más inteligente, más interesante, más guapo, muchísimo más culto que yo, hubiera podido pensar que era “especial”? No pues. Ni cagando. David era demasiado, “todo” para mí. Way out of my league. De pronto me sentí otra vez la lorna del colegio, la fea de la clase.

Cerré los ojos. En cualquier momento la tierra me iba a tragar y yo estaba más que dispuesta a ser comida viva. Cualquier cosa era mejor que sentirse como una cucaracha a la que le acaban de echar Raid.

- ¿Alicia? –escuché la voz de David a través de la puerta.

Me costó ponerme de pie, pero lo hice. Lo que no pude hacer fue borrar mi cara de insecto al borde de la muerte.

-¿Y Jenny? –dije al abrir la puerta.
-Se fue.
-Ah.
-Alicia, no tienes que ser irónica conmigo.
-No es ironía, es la verdad ¿no?
(no pude evitar que la mujer picona que soy saliera a flote)
-Yo también podría ser irónico.
-¿Sabes qué, David? Estoy muerta, ¿podemos hablar después?
-Acuéstate un rato.
-Voy a dormir.
-Duerme, Alicia.

No pude esquivar el beso en la mejilla que me dio y fui al dormitorio. Era todo lo que quería y ansiaba: cama king size, siete almohadas, aire acondicionado y sistema de ventanas Black-out . Apenas me acomodé debajo del edredón perdí el conocimiento.

Desperté unas catorce o dieciséis horas después, no estoy segura. Abrí los ojos al sentir olor a café, el sonido de un teclado y música suave. Parecía Belle & Sebastian, pero no hubiese podido jurarlo. Relajada por las horas de sueño, no me importó si un demonio de siete cabezas deprimido por las letras de mi banda escocesa favorita me estuviese esperando en la sala mientras llenaba un documento Excel con el listado de sus últimas víctimas.

Salí y lo que vi era la figura familiar de David.

-Alicia, hola, hay café recién hecho.
-Ah, gracias.

Con una taza llena en la mano, me senté en el sofá cerca de David y le pregunté:

-¿Te has quedado aquí todo el rato?
-Sí, Alicia.

Sentí un nudo en la boca. Había llegado el momento. Tenía que hablar con David. Él no era cualquier pata con el que hubiese compartido un romance sin importancia, era David Bowie. Estaba a punto de soltar las imprecisas, impertinentes, absurdas, desubicadas palabras que rondaban mi mente, cuando él me interrumpió.

-¿Vamos a caminar?
-Vamos –contesté e hice lo que todos los cobardes hacemos. Cerré la boca.

Caminamos unas largas cuadras en que podría calificar como mi Marcha Oficial de las Ilusiones Entupidamente Alargadas o el clásico paseo por el Boulevard de los Sueños Rotos, en el que fui dejando caer por pedacitos mi sueño. En fin, uno más que se rompe en el camino. Suspiré de modo inaudible.

-Alicia –interrumpió David.

(¿Qué?, ¿ahora tú también me vas a confesar que te gusta Jenny? Dime eso y pásame un taladro de cemento para cavarle una tumba a mi amor propio en este momento).

-Tú siempre me has gustado.

(Prepárense, aquí de seguro viene el rollo de “eres mi amiga, casi, casi una hermana”).

-Me hubiera gustado ser tu novio.

Mi curiosidad le ganó al pacto que tenía con mi silencio cobarde.

-¿En serio?
-Sí
-continuó-eres esa chica que siempre me miraba de lejos. Creo que no sabes que yo te miraba también.
-No sabía.
-Lo sé.

En ese momento nos detuvimos. No porque los cielos se hubiesen abierto con esa sorprendente declaración, sino porque habíamos llegado a la orilla de un lago. Gente caminaba, niños pasaban en skateboards, un anciano le daba de comer a unos patos negros. Me animé a mirar a David a los ojos. Me encontré con demasiada tristeza.

-¿Por qué la pena, David?
-Antes de eso Alicia
–dijo David mirándome a la cara también- tienes que saber porqué Jenny y yo quedamos en no decirte nada.

No había ironía, ni una pizca. Tampoco mentira. Sabía que David me estaba diciendo la verdad. Me cogió la mano. Sentí un pequeño temblor, no sé si suyo o mío.

-Porque fue algo totalmente intrascendente.

Le creí.

Aún así, le dije:

-No eres mi novio, es más, no sé qué cosa eres y la verdad no quiero ponernos una etiqueta…
-Eso me gusta…
-Tú te puedes agarrar a quién quieras
–continué- ¿pero tenía que ser a mi amiga y después de tanto tiempo, y después del… baño?

David me escuchaba.

-Mira, sé que no tengo nada que reclamarte, lo que si tengo son las reglas de la amistad muy claras. Y una va así: “Una no se agarra al chico de una amiga”. Punto. Para mí no hay más. Te sonará cojudo, pero es así.

-No es cojudo, Alicia.

David cogió dos dedos de mi mano y me llevó hasta una banca. Ahí nos quedamos hasta que anocheció. Pero ya no hablamos de literatura, ni de lo mucho que nos gusta Visconti, ni siquiera de nuestras vidas en Lima, temas recurrentes de nuestras largas conversaciones de siempre.

Hablamos de lo que cuesta estar solo en otro país, del buen momento de soledad que yo pasaba en esa época, de las expectativas de los otros –en especial, de las que vienen de nuestras familias-, de la tristeza que no se va, de nuestra inseguridad, de nuestro particular entendimiento, de nuestras experiencias, de cuánto odiamos las despedidas y por último, de la frecuente sensación de hacerlo todo mal.

En eso, pasó un perro amarillo con el cuello chueco y le dije a David:

-¡Mira ese perro amarillo! es idéntico a Volga, el perro de mi vecina…
-Alicia…
- …
-Yo se que hice mal todo contigo, esa noche, la primera.
-Da igual ya, olvídate. Yo ya lo olvidé.
-¿También olvidaste el baño?
-No, eso no. Imposible.

Reímos a carcajadas por mucho rato, algo que no habíamos hecho nunca.

Y de pronto, pasó lo inimaginable. No estuve hablando con mi amor platónico de toda la vida, sino con un chico de carne y hueso. Pasó de ser David Bowie a simplemente David, mi muy querido David; o quizás yo ya no era la chica insegura y con una autoestima llena de altibajos que lo espió tantas veces, en tantos lugares de Lima.

Ya no era el hombre inalcanzable, el Dios de mi escenario mental. Sigue siendo guapo, brillante, sensible, culto, generoso, tímido y sexy, pero ya lo veo a los ojos de frente, no desde la parte de abajo de algún altar imaginario. De pronto me di cuenta que al volver a ver a David ya no me ponía nerviosa estar a su lado, ni me sentía insegura al hablar, ni tenía miedo de no estar al nivel de sus expectativas, ni me daba vergüenza ser cursi o decir cosas sin pensar, algo que hago muy seguido. Era yo. Nada más, nada menos.

Y seguro pensarán qué aburrido final tuvo esta historia. Bueno, no terminó ahí. Los once siguientes días fueron “Los Puentes de Madison” al lado de David. Si vieron la película ya saben de que estoy hablando. Las historias de amor muchas veces solo duran eso, días. Nosotros, Meryl Streep Bisso y Clint Eastwood Bowie, los tuvimos también contados.

Sin darnos cuenta, nos encontramos ahí, en medio de un aeropuerto sin saber qué decir y una insoportable sensación de no querer decir adiós.

-¿Podemos hacer esto rápido?
-Alicia…-
suspiró David.
-Hay algo que siempre he querido decirte. Fuiste el amor platónico más largo que he tenido después de David Bowie.

David (que no se llama David) sonrió.
-Eso es abrumador, Alicia.

Le sonreí. Él me beso en la boca. Yo lo besé a él. Y los dos nos quedamos ahí, rodeados de gente que caminada en todos los sentidos y nos esquivaba.

Antes de separarnos, David me susurró al oído lo que yo le dije la vez que nos despedimos, tres años atrás:

-Todo va a estar bien.
-Chau, David
–le dije con una sonrisa y me fui caminando hacia la puerta de embarque.

Los viajes son de ida y vuelta. Iba sentada en el avión, abrazada a uno de los libros que David había insistido que compre en una de esas maravillosas tarde de librerías y cafés, cuando reparé en lo feliz que me hacía haberme reencontrado con alguien que siempre, estoy segura, será especial en mi vida, y de paso, conmigo (una vez más).

PD. Volví a ver a Jenny, David estaba conmigo y no hablamos más del tema.
PD. Jenny sigue siendo mi amiga.
PD. Ni loca le vuelvo a presentar a Jenny a algún chico que me guste.

Una de las despedidas más tristes de mi historia del cine.

Nuestra despedida, la pueden ver aquí: http://www.youtube.com/watch?v=dPly3e12ca8