Si he odiado la ambigüedad, ¿por qué le he seguido el juego? ¿Por qué no me quedaba otra que seguir las instrucciones de “Buscoagarre”?, ¿quizás por no arriesgarme y poner el parche Bengay-corazón (de venta en Quiérete Farma -también hay delivery y pagando un pequeño recargo te lo llevan a velocidad de emergencia emocional) antes de la herida, ¿por qué la alerta de los malos recuerdos funciona para los que no vivimos en el valle de la amnesia?, o ¿por qué pensaba que las mujeres somos de Marte y los hombres del planeta del no-compromiso?

Johnny Cash le dio la vuelta a mi tablero la otra noche. Me acompañaba a comprar el regalo de cumpleaños de mi padre, cuando me soltó sin mayor preámbulo: quiero que conozcas a mi familia.
“Meet the fockers” (o te presento a los Cash/ te presento a los Bisso-Corleone). Desde mi última relación importante, solo le he presentado un novio a mi familia. Todos lo odiaron, a mí no me cae nada simpático, ahora.

Sin embargo, allá por el 2007 no me parecía lógico tener una relación con alguien -con el que iba sumando meses y meses de cada vez más estrecha relación – y que para mi familia siguiera siendo el “hombre invisible”. Así que decidí incluirlo en la agenda familiar. Cuando las cosas terminaron con dos personas que no se volvieron a hablar por mutuo acuerdo y un final monstruoso, decidí no volver a introducir a nadie a mi mundo familiar. Pero ojo, el factor tiempo no fue lo único que influyó en esa decisión.

Cuando uno alcanza cierto tipo de independencia, ningún “novio”, “postulante a novio” o especies parecidas tienen que pasar sí o sí por el filtro familiar. Yo vivo sola. Desde los 26 años jamás un chico me ha ido a visitar o me ha pasado a buscar a casa de mis padres. La decisión de introducir a un tercero a mi familia depende únicamente de mí. Y la verdad desde esa época hasta el momento no ha existido nadie a quien me haya animado a introducir al Sr. Corleone y familia.

De vuelta a la tarde en la que yo sostenía una guía Lonely Planet para viajar a Dubái, miré a Johnny como si me estuviera pidiendo un riñón.

-¿Tú… familia?, ¿quieres presentarme a tu familia?
- Sí, Ali, y mira, esta guía es más actual, está en inglés pero es del 2010.
-John…

Johnny ya sabe que cuando le digo John con mi respectiva cara de cubo mágico es porque mi cerebro está siendo incapaz de procesar algo.

- Ven acá –Johnny me abrazó –quiero que te conozcan, ya les he hablado de ti, ¿qué tiene eso de malo?
- No tiene nada de malo –dije con la boca pegada a su camiseta, pero me quedé pensando en si era demasiado pronto, si era muy…
- Ali –me cortó Johnny la maratón de pensamientos negativos – no te diría esto si no lo quisiera en serio.

Me convenció. No sé si Cash es un buen vendedor, pero lo hizo. Esa semana intercambiamos familias. Y debo decir que en la tierra Corleone, Johnny Cash fue un éxito. Especialmente porque ama la música como todos nosotros, un Barney más.

Exclusividad. Aunque nos hagan creer que no, especialmente la bandada de floreros, existe una cosa que se llama exclusividad, fidelidad o como quieran llamarlo. Si a mi me gusta una persona, puedo estar con mil más, agarrar, chapar y revolcarme contra la pared con mil y un hombres. Pero no quiero. No porque Johnny me dé o no me dé permiso, ni porque esté “mal”, ni porque sea algo “prohibido”, simplemente no me da la gana porque la verdad solo me provoca agarrar, revolcarme contra todas las paredes con Johnny. Él piensa lo mismo. Otra vez, la correspondencia.

Y lo mejor de todo, uno de los puntos bonus de una relación es que hay tiempo para todo. No es un agarre de una sola noche que se convierte en la maratón de todas las posiciones del Kamasutra. No. Hay tiempo para investigar qué le gusta a Johnny y viceversa. Algunos dirán: “qué aburrido”. Nosotros la estamos pasando más que bien, por decirlo de alguna manera. Hay tiempo para explorar el Kamasutra de la a la z. Vamos por la a.

Hablé con ella. ¿Decir “te quiero” es lo mismo que “te amo”? Pues claro que sí. El que dijo que primero uno dice “te quiero” y luego dice “te amo” solo pudo ser alguien tan huachafo como Arjona. El sentimiento es el mismo. Cuando hay amor, pues lo hay. ¿Por qué ponernos frenos? A mí me gusta decirle a Johnny: tú me gustas. Él responde siempre lo mismo: tú también me gustas. Nada de cojudeces como: eres bien chévere, eres buena onda, buena gente, la única (de la semana), la firme, eres lo máximo, the best, la mejor no-novia que he tenido. Pónganle el nombre que quieran. Todas esas son respuestas políticamente correctas para decir: no te quiero y ni pienses que esto es una relación.

Una tarde estábamos viendo-no-viendo una película, cuando Johnny me miró a la cara y me dijo que me quería decir algo.

-¿Qué pasa, John?
-Es que no sé cómo decirte esto.

Yo lo miré. Me olvidé de la película y me concentré en él.

Silencio. Sonreí.

-¿Qué es? Dime
-Es que no es tan fácil.
-Pero si hablamos de todo.

Oh, oh. Había cosas que no habíamos mencionado en estas semanas. En especial esa palabra de cuatro letras que empieza con a y termina con r.

Puse cara seria yo también.

-Creo que te quiero, Ali.

¿Qué? –pensé. Han pasado semanas, un poco más de un mes. ¿Cómo me puedes querer ya? Creía que estábamos en la etapa tú me gustas/tú también me gustas.

Parece que nos estamos mudando a otro barrio emocional. Yo lo diré a mi debido tiempo, como pienso que debe ser. Ya, ya. Yo también oigo un tic tac que suena cerca de mi corazón.

Canción para Johnny.