Acabo de declararme en contra de toda esa basura que algún pendejo o pendeja se inventó -y que algún chismoso desperdigó por el mundo- para evitar cualquier tipo de compromiso con alguien que te gusta para todo, excepto tener una relación. Es oficial, acabo de salir de ese closet. No le voy más al “estamos saliendo”. ¿Un rayo de claridad iluminó mi mente?, ¿al fin le hice caso a mi madre (o a mi sentido común?)”, ¿se trata de una reacción espontánea de mi mente, asqueada de jugar a las escondidas emocionales? Pues no. Es más simple que eso. Me di cuenta de que estoy lista para tener una relación con alguien que me guste tanto como para dar el paso fuera de la indefinición. Suertuda yo. Conocí hace unos meses a alguien que quiere exactamente lo mismo que yo, y solo conmigo.

Así es señoras y señores, hay un nuevo hombre en mi vida. Se llama Johnny Cash.Sin embargo, ustedes se preguntarán con toda la razón del mundo (enredado y tóxico en el que se han convertido las relaciones de pareja), ¿Acaso Johnny no pudo haber calificado como un agarre o un simple revolcón de verano? La verdad es que sí, pudo haberlo sido, pero no lo fue.

Cuando un chico conoce a una chica o viceversa, uno literalmente no sabe qué va a pasar. Lo que uno sí se entera, con el tiempo, es lo que siente, lo que quiere, lo que le gusta, lo que no. Por una sencilla razón: ninguno conoce lo suficiente al otro. Toma tiempo. Aunque “tiempo” pueda referirse tanto a dos semanas como a tres años. Lo que me lleva a la siguiente pregunta que le podrá ser de ayuda a más de uno que anda en una situación sexual-amorosa, digamos, “confusa”: ¿qué es lo que define una relación?

Correspondencia. Uno más uno es igual a dos. Es la ecuación más fácil del mundo y es así justamente como se construyen las relaciones. En otras palabras, la cuestión es mutua. Si las partes interesadas realmente lo están, cada uno pondrá de su parte para que la relación suceda. Un ejemplo. Érase una vez un sábado por la noche, cuando Johnny y yo nos volvimos a ver.

-¿A dónde nos ha llevado todo esto? -renegaba con Valentina en medio de un ruidoso concierto a fines de noviembre- ¿sabes a dónde nos ha llevado? a estar aquí paradas esperando a ¿cómo se llama…?
-Claudio.
-Bueno, quien sea. No importa. Seguimos en medio del submundo de la indefinición y las no-reglas.

Las no-reglas a las que me refería son agarrar sin estar eternamente, tirar sin volverle a ver la cara al fulano hasta que a él se le ocurra llamar (si tú, mujer, llamas, “estás presionando” y eso definitivamente no está de moda). Todo cabe debajo del vago verbo “salir”; y salir significa –así les duela a algunos- me “gustas”, pero no lo suficiente como para estar, o en casos peores, solo te llamo porque eres el único número que me queda por marcar a eso de las 3 a.m. de un sábado, cuestión que también conocemos como “nadie más en este planeta me da bola”. “Estamos saliendo”, “hay que dejar que fluya”, “ponerle una etiqueta va a cagar lo que tenemos”, es basura mental-verbal reciclada para tapar con un dedo lo obvio: no quiero tener una relación contigo. Si las dos partes están de acuerdo en disfrutar de esto, todo bien, yo también lo he hecho, pero apenas una persona quiere “algo más” de la otra o con la otra, ¿no está acaso en todo su derecho de siquiera decírselo en voz alta al personaje involucrado?

Claudio era un legítimo representante de las no-reglas. Un agarre en una fiesta, un encuentro tardío y casual en un bar, un par de chats y ahí estaba Valentina, esperando que el fulano llegue al concierto al que había dicho por Facebook (no a ella) que asistiría. Yo, por otro lado, había ido a ver a mi nuevo amigo Johnny Cash.

Iba a seguir puteando, cuando de pronto oí una canción que no escuchaba desde que el “Born in the USA” de Bruce Springsteen fue declarado como el mejor regalo de Navidad que alguien me había hecho hasta los 12 años. Y ahí estaba Johnny, a quien me había acercado a saludar en una reunión un tiempo atrás, luego de varias semanas de las sesiones más largas y divertidas de chat que había tenido jamás.

Viéndolo cantar mi canción favorita (casi tanto como “Born to run”) de ese disco de Springsteen, un malévolo y coqueto pensamiento pasó por mi cabeza. ¿Johnny y yo estábamos destinados a ser solo patazas? Mis ojos de groupie se clavaron en el chico de voz bonita. Esa fue la primera vez que me gustó.

-¿Qué me estabas diciendo de Claudio?-preguntó Valentina.
-Me gusta ese chico- dije sin quitarle los ojos de encima a Johnny –y esa canción es de puta madre.

Sin hacerme mucho caso, Valentina continuó:

-Oye, fácil Claudio no llega jamás, le he mandado tres mensajes y nada. Vámonos ¿ya?
-Nada de vámonos, ahora tú me esperas a mí.

Valentina me miró con cara de signo de interrogación. Siguió mi mirada, vio a Johnny y luego dijo consternada:

-Ese chico no es tu tipo.

El concierto había terminado.

-Ya vengo-dije con expresión de pantera (si es que estas tienen expresión) agazapada de la jungla del Sargento Pimienta a punto de salir disparada detrás del chico de la guitarra.

Me acerqué a Johnny.

Hasta acá esta puede ser la típica historia de un amor-revolcón de verano, de un agarre de un par de noches, de un affaire como cualquier otro. Pero no fue así.

-Hey!, qué paja canción la de Springsteen –le dije como saludo.
-Hey, ¿qué tal?
-Bien, bien.
-Viniste.
-Claro.
-Chévere.
-No escuchaba esa canción desde los ¿ochentas?
-Ochenta y cinco.
-Con razón, la última vez la escuché en casette.

A pesar de estar sonando música a todo volumen, sin contar el ruido de setenta borrachos gritando a la vez, hubo un ligero pero nervioso silencio entre los dos.

-Oye, tengo que guardar todo esto.
-Ah, ya, ok.
-Bueno, nada.
-Ya hablamos.

Me di la vuelta pensando: ¿mi sensor volvió a fallar? No lo creo.

-Hey, Johnny –lo llamé.

Se volvió hacia mí.

-¿Chat-date? (semanas atrás empezamos a utilizar esa expresión para quedar en tener una cita virtual)
- ¡Alright! Me conecto más tarde Ali.

Duración. ¿Exactamente de cuánto tiempo estamos hablando?, ¿Cuánto tiempo demora en establecerse una relación? Mi amigo Lucho tiene una teoría que me contó cuando estaba a punto de salir por tercera vez con Johnny C. La popular Ley de los tres tires. Según mi perspicaz amigo y compañero de extensas y divertidas conversaciones sobre el amor, el sexo y todos sus demonios, la tercera vez que uno tiene sexo con alguien pasa a ser una relación. Cuando le pregunté por qué, me contestó que si alguien tiene intimidad con cierta frecuencia con alguien ya está bueno de dejarse de huevadas y llamar a las cosas por su nombre. Ya no se trata de sexo ocasional, sino de una persona con la que estás ligado de una manera más, digamos, profunda.

-¿Y cuanto tiempo tiene uno para tirar esas tres veces?
-Cinco citas, sino ya solo serán amigos.
-Amigos.
-Sí, solo amigos.

¿Cinco citas? Una alarma comenzó a sonar en mi interior. Es decir, tenía que tener sexo con Johnny esa noche sí o sí. Yo no quería ser amiga de Johnny. De hecho, lo deseaba. Y no creía que Johnny quisiera ser mi amigo. Pero no habíamos tenido sexo. Con las justas nos habíamos despedido con un beso la segunda vez que salimos. Si la teoría de Lucho era verdad, me encontraba en serios problemas.

Cuando Johnny tocó la puerta de mi casa esa noche, sentí que nuestro destino estaba marcado. Amigos. Qué buena mierda. Sin embargo, Johnny es especialista es hacerme reír y en cuestión de minutos ya estábamos pasando un buen rato conversando y escuchando música en la sala de mi casa. En una de esas salí del baño, Johnny regresaba de poner otro playlist de su iPod en mi radio cuando nos chocamos (por primera vez agradecí vivir en una casa tan chiquita). Levanté los ojos, los brazos, los labios y Johnny y yo nos besamos. Y no paramos ahí.

A la mañana siguiente, me desperté con el brazo de Johnny sobre mí. Me volví hacia él y me estaba mirando. Los dos sonreímos con vergüenza. Teníamos la ropa puesta.

-¿Rompimos el récord del beso más largo del mundo?
-Yo creo que sí.

Nos volvimos a besar y después reímos por mucho rato. Así no hayamos hecho mucho más que besarnos, creo que eso nos dio, según la teoría de mi amigo, dos citas más, por lo menos.

Un rato más tarde, Johnny me miraba preparar huevos revueltos.

- ¿Qué pasa? -pregunté sonriendo.
-Te estaba buscando.

Me senté a tomar desayuno a su lado. Música nueva suena en mi casa. El chico que me gusta me sonríe.

Lo que yo pienso que es no tengo apuro. Johnny no se va a ir a ningún lado, y yo tampoco. Al menos, no por ahora.

Continuará en el próximo post.

Después de tomar desayuno Johnny se fue. Pasé la tarde del domingo con una sensación extraña clavada en el pecho. Algo conocido y nuevo a la vez. De pronto llegó un mensaje de Johnny Cash a mi celular. Este es: