No creo en el destino. Ya dejé de comerme ese cuento de que el día menos pensado conoceré a ese ser humano (guapo y heterosexual) que las leyes cósmicas han reservado especialmente para mi solita.

Es decir, un día en el que mi vuelo hacia Sri Lanka tenga un inconveniente por un tornado y el avión tenga que hacer un aterrizaje forzoso en Las Maldivas y ojo, lo mismo le pase al vuelo que venía de Australia y tenía como destino final Detroit. Así que ahí nos encontramos, en la versión maldiva de Starbucks matando el tiempo. Él es un chico que –no puede ser de otra manera- no deja de mirarme, se acerca a mí cuando al fin le devuelvo una sonrisa. Yo me doy cuenta de que jamás he oído una voz y más aún, una risa tan parecida a la de Mark Ruffalo pero claro, en el cuerpo de Johnny Depp, los modales de Mr. Darcy y el humor tierno de Adam Sandler en “50 first dates”.

Ojo con el detalle, el más importante y que en ningún caso debe pasar desapercibido: él, como se llame (bueno, si tiene un nombre bonito, mejor), ya vivió lo que tenía que vivir, ya se enamoró de las mujeres equivocadas, ya lo supero, ya tiene una vida completa y feliz y lo único que añora es, por supuesto, alguien a quien amar por siempre, con quien tener un futuro feliz con boda en el jardín y un par de chibolos guapísimos corriendo con la misma cinematográfica sonrisa de su padre.

Y bueno, como estamos en Las Maldivas y nos acabamos de enamorar, perdemos nuestros respectivos vuelos y nos quedamos unos días más para conocernos (también conocido como, confirmar que en la intimidad también funcionamos). Les voy a mandar una postal electrónica desde Detroit por nuestras bodas de plata. Por nuestra edad (yo, treinta siete, y el hombre que el universo había guardado para mi, unos perfectos cuarenta y pocos), a las bodas de oro llegaríamos dentro de unas lindas urnas gemelas y nuestros hijos irían a esparcirnos sobre el Océano Índico en el que el destino hizo magia y nos unió por siempre.

No pues. La vida no es “Los Puentes de Madison”. Mal ejemplo, ahí claro que llega el destino, pero una de las almas gemelas estaba casada con un granjero limpio y aburrido. Después de todo, ¿quién le iba a hacer la competencia a Robert –Eastwood –Kincaid?

Según los que aún creemos en el amor o en su defecto en el cuento de Cenicienta, solo basta que esa persona con la que supuestamente viviremos “felices para siempre” haga su aparición en nuestras vidas y listo el pollo. Nos podemos sentar en un sillón bien cómodo, tomar té con galletas y esperar que todo en nuestro panorama sea felicidad. Bueno, noticias desde el bando de las personas enamoradas: la cosa no es así.

No es el destino, ni las estrellas, ni nuestra propia suerte, ni San Antonio, ni las líneas de la palma de nuestras manos los que nos traen mágicamente a alguien. Eso no existe. Muchas personas pueden estar a nuestro alrededor, otras van y vienen. Eso no asegura el amor, menos una relación.

Un ejemplo es el caso de mi amiga Romina. Acaba de perder su trabajo y la chica con la que compartía el alquiler y las cuentas del muy bonito departamento en el que vive se acaba de ir a estudiar a Londres. El presupuesto de Romina –si no consigue otro trabajo en el que le paguen el doble que en el anterior- solo le alcanza hasta agosto, después no podrá seguir pagando su departamento. Luego probablemente tendrá que mudarse a un lugar más barato o volver a la casa de sus padres. Ante la situación le pregunté que cuáles eran sus planes y me dijo: “bueno, para agosto ya habré conocido a un novio que se mudará conmigo y así ya tendré resuelto todo el asunto del amor y la renta”. Dos pájaros de un tiro- pensé. Bienes raíces y amor solucionados en un solo golpe de matraca.

-Y ese novio, exactamente, ¿quién es?
-Aún no lo sé –contestó Romina –pero ya aparecerá.
-¿Estás…segura?
-Ay Ali, claro que sí. Después de todo lo que he pasado con Carlos, Mario y el cojudo de Bruno, ya me toca ¿no?

Más tarde, ya en casa, empecé a pensar en el asunto y no sé porque poco a poco me puse de mal humor. Primero; ¿cómo era posible que Romina lleve al extremo ese tipo de pensamiento suicida de que por solo desearlo el hombre que la amará y de paso, pagará la mitad de la renta, aparecerá por cuestión de suerte? Como las maquinitas de casino. Pierdes tres veces, ganas en la siguiente.

Segundo, ¿por qué tendemos a pensar que el amor aparece por reacción espontánea?, y peor aún ¿por qué pensamos que sí o sí el amor va a aparecer en algún momento? (si ha pasado más tiempo, con mayor razón: tiene que aparecer). Tercero, ¿qué demonios nos hace pensar que nuestra voluntad y decisión no tiene nada que ver en el asunto?

Ya sé porqué todo el asunto de Romina me cayó como una patada en el hígado. Porque todo lo cuestionado en el párrafo anterior ha sido en lo que he creído durante años, y no sólo creído, sino que he actuado según los miedos que esas interrogantes plantean.

Yo culpo a la música pop (personalmente a “Ghost Town” de Cheap Trick), a Jane Austen, a las maratones de “chic flicks”, y muy en especial a los comentarios de las madres, abuelas, tías y solidarias amigas que no dejan de alentar esa fantasía como porristas: “hay alguien para ti, sólo tienes que esperarlo”.

Es igual de ilógico que comprar un billete de lotería, dejar de trabajar y sentarse en un banco a esperar que su número salga premiado. Sin embargo, no las culpo, darles la contra seria como quitarles a ellas mismas una fantasía con la que cuentan para no desesperar, en la que viven o la que esperan.
Nunca he comprado un ticket de lotería y no voy a hacer lo mismo con el amor. No porque crea que este segundo no existe, sino porque lo que no creo es que exista un ser supremo llamado destino que maneje los hilos de nuestra vida, incluidos anhelos y deseos.

Cuando se trata de amor, prefiero creer en las coincidencias, esas pueden funcionar o no, pero ya es cuestión nuestra. Nuestra voluntad es vital. Y el crédito o las consecuencias que tengamos que sufrir, solo nos las podemos atribuir a nosotros mismos.

Así que Sr. Destino, pase de largo nomás, acá no tiene morada.

Se que para algunos puedo sonar malhumorada o renegona, sólo escribo sobre lo que en realidad creo. No busco alguien que complete mi vida, sino alguien que quiera compartirla conmigo. Gracias por la paciencia. Estoy de vuelta en el ruedo (para los que han preguntado en Twitter soy @alibisso).