Un domingo hace unas semanas acampaba debajo de una mantita en la sala de la casa de mis padres, cuando me despertó el timbre del celular. Número conocido y muy marcado durante el 2010: mi ex. Sonreí al escuchar su voz preguntándome cómo estaba. Con ganas de repetir el mejor sexo que he tenido en la vida, pensé…Siempre he pensado que buscar sexo como reemplazo del amor no funciona. Alguna vez lo probé y fue un total fracaso y no solo sexual, emocionalmente también me fui directo al hoyo. En lugar de llenar ese lugarcito que se quedó vacío en alguna parte del interior (irónico ¿no?), el amor –o desamor- volvía con todo un camión de fantasmas que te recordaban que con un polvo jamás lo ibas a olvidar, que no era tan verdad que ya lo habías superado y que darías tu vida y -la de tu mejor amiga, tu perro y hasta tu hermana, de paso- porque el revolcón fuese con él, no con ningún ex o chico-rebote.

Felizmente, ese no era mi caso. Yo no buscaba llenar nada. Bueno, sí y no. Sin embargo, pensé que no existía otra persona sobre la faz de la tierra con la que me provocase pasar un rato, recibir –y dar- un poco de cariño, atención, ternura y por sobre todas las cosas tener sexo. Él era el mejor, el Top 1 de mi íntimo y secreto ranking.

Acá tengo que hacer una pequeña aclaración. Pienso que el sexo –y sus resultados- dependen de las dos personas (o en otros casos –no el mío- quién sabe, más que dos) que comparten ese momento. Pero sí puedo decir que así como hay personas que besan mejor que otras, que bailan mejor que otras, hay personas que tienen sexo mejor que otras. Y tengo la suerte de haberme cruzado y haber tenido una relación con mi chico silencioso, amante del cine, del sexo y por largos meses amante mío, que además tiene la habilidad, las ganas y la experiencia de saber cómo satisfacer a una mujer y a sí mismo, claro está (aunque muchas veces demostró que darme placer solo a mí, era suficiente placer para él).

Dicho esto, después de varios meses en el desierto de Sechura o de sexo sin destino (es decir, sin llegar a ninguna parte), pensé que la única persona con la que me provocaba tenerlo todo por un rato (rato es un decir), era él; mi ex. Porque le tengo confianza, porque sé que me quiere, porque siempre me sentí protegida a su lado, porque sé que él jamás me haría daño, porque nuestra intimidad siempre fue solo nuestra. Y claro, el recuerdo del sex-o con el ex fue el detonante para hacer algo poco frecuente en mí: ser la que propone.

Entonces le dije:

- Oye, ¿no quieres verme algún día?
- Claro, claro. También para eso te llamaba. Hace tiempo que no sabía nada de ti.

Aclaración. Yo terminé con él. Para que vean que ni el sexo, ni el amor pueden con todo.

- Y… ¿no quieres verme hoy?
- Estoy trabajando.

Es verdad, mi chico, bueno, mi ex, además es periodista. Siempre trabajó los domingos. Yo no lo extrañaba, aprovechaba para descansar, ver a mi familia pero a las siete en punto estaba en mi casa y cuando escuchaba los golpes en la puerta sabía que era el momento de pedir chifa de la vuelta de mi casa, ver una película y hacer el amor. No en ese orden necesariamente.

-Entonces, ¿cuándo? –insistí.
-En la semana puedo.
-¿Vienes a mi casa?
Traducción: ¿quieres recordar los no tan viejos tiempos?
-Ali, es mejor no hacer “eso”.
-¿Por?, ¿ya no te gusto?
(ajá, el viejo truco)

-Claro que me gustas, siempre me has gustado. Solo que… yo todavía te quiero.

Mierda, pensé. Soy una reverenda caca. ¿Qué hago acá proponiéndole una noche de lujuria al chico al que le había roto el corazón meses antes? Si alguien le iba a hacer más difícil la vida, no iba a ser yo.

-Yo también te quiero (no de la misma forma, pero lo quiero), llámame cuando quieras y tomamos algo, ¿ya?
-Ya, Alita.

Durante esa semana, pensé en las relaciones y el sexo. ¿Cómo era posible que él y yo nos hayamos entendido por tanto tiempo y de modo tan natural e intenso en la cama (y lugares cercanos) y hayamos terminado separados?, ¿por qué la misma comunicación no fluía de la misma manera en los otros aspectos de nuestras vidas?

La respuesta es simple como en una sentencia de divorcio: diferencias irreconciliables. Su silencio no se entendía con mi necesidad de comunicarme verbalmente. Su pasividad no iba con mi pasión. Pensé que bastaría con nuestros “gustos en común”, como nuestro amor al cine, pero después de un par de meses me di cuenta que después de que la película del día se terminaba lo único que yo oía era la música que acompaña a los créditos.

Con tal bache en nuestra comunicación nunca íbamos a llegar a ninguna parte. Al menos eso es lo que yo pensaba. Mientras yo pensaba si terminar o no, él quería irse a vivir conmigo. Él seguía enamorado. Así que tomé aire, me armé del valor que no tengo, lo miré a los ojos y terminé con él. ¿Si me dolió? Claro que sí. Y lo extrañé. Muchísimo. Pero no me iba a quedar a su lado por comodidad, por no estar sola o por tener sexo s-s-s-s (seguro-suave-sexy-salvaje) todas las noches.

Pasa lo mismo con el amor. No saben a la cantidad de mujeres que he escuchado decir que no podrían tener sexo con otro hombre que no sea su esposo o actual novio, así el amor se hubiese extinguido siglos atrás. Supongo que se debe a prejuicios, prejuicios y más prejuicios, o quizás miedos, miedos y más miedos. Para mí esa opción no existe en el menú de la vida emocional-sexual. Hace diez años no pensaba que este falquito y buen ex es el mejor sexo de mi vida, simplemente porque no lo conocía. Es cómo pensar que alguien es el “amor de tu vida” y enamorarte una vez más de otro.

Pero como dice mi padre: ¿quién te dijo que esto era fácil? Nadie, la verdad.

Después de menos de dos semanas de nuestra primera llamada lo llamé yo a él. Lo necesitaba. Urgente.

-¿Puedes venir, por favor?
-No, no puedo Ali.
-¿Por qué?
-Voy a salir con una chica.
-Ah ya, ¿mañana?
-Ali, hace pocos días la he conocido, pero algo me dice que puede resultar algo paja y no quiero cagarla. Si te veo, la voy a cagar.
-Pero, ¿ya es tu novia?
-No, Alita. Recién hemos empezado a vernos.
-¿Entonces?
-Ya sabes. Yo estoy contigo para lo que sea, pero no para esto.

Aunque mi drama queen debió estar picona, molesta y resentida, sonreí y le dije que le vaya bien, que lo quería mucho y que esa chica, que ahora no era yo, era una suertuda. Lo es. Está –si es que llegan a ser novios- con un pata que jamás la va a engañar, que la va a querer, que la va a convertir en una prioridad en su vida, que va a ser un chico honesto, que jamás le hará una putada, que nunca será capaz de hablar una letra demás de ella, que de ninguna manera se provechará de la relación. Eso es lo que fue mi chico conmigo.

Y aprovecho haber roto nuestro pacto sobre nunca escribir de nosotros para decirte algo: La otra vez leí los cuentos que te escribí y recordar tantos detalles que aunque no nos salvaron de terminar, fueron muestras del bonito amor que me tuviste; como los claveles rosados que me regalabas los fines de semana, como el libro de poesía de Emily Dickinson, como la doble bolsita de limón que le pedías a la señora malgeniada del chifa o las corbatitas con atún que me preparabas cuando estaba triste, como todas las noches en las que fiel al juramento que me hiciste de jamás te dormirte antes que yo (para cuidarme de fantasmas y pesadillas), ese abrazo fuerte que me diste la noche en la que nos despedimos, tus ganas de engreírme y bailar conmigo hasta las cinco de la mañana en Nébula cuando te tenías que levantar a las siete, y claro, toda la intimidad que compartimos. Esa silenciosa intimidad; como las películas de Bergman que siempre nos gustó ver una y otra vez. Te quiero mucho, chico de negro. Y prometo, jamás volverte a llamar con otra intención que no sea saber qué es de tu vida, tomarnos ese café y saber que eres feliz.

Para los que también les gusta la música, he grabado un Cd lleno de canciones que me hacen feliz este invierno. Si quieren un Combo de invierno: CD mi libro de cuentos “Algunas fotos tuyas”:

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3. En el próximo post vienen los resultados.

Una canción bonita para ti, porque te gustaba la música que ponía en las mañanas.

Uno de mis fragmentos favoritos de una de nuestras películas favoritas, y que hablan de lo que te escribo. La sensualidad es una consecuencia del amor.

Una canción que me pone de buen humor en estas mañanas líquidas.