El 2011 ha sido el peor año de mi vida; o al menos pensaba que era así.A fines y comienzos de los años nuevos la gente acostumbra hacer recuentos de lo mejor y lo peor; las mejores canciones, las peores vestidas, las mejores películas, en fin, todo lo que sea es susceptible de ser resumido en una lista.

Tratándose la materia de la que escribo parte de mi vida, pensamientos, sentimientos y emociones, no la podría embutir en el parámetro de un ranking del uno al diez. Aun así, no puedo dejar de realizar un balance de lo que este año representa en mi vida.

No voy a dar mayores detalles, porque no vale la pena ahora (y tampoco tengo ganas). Literalmente. Sólo lo necesario para dejarme entender.

Yo jamás he sido de las personas que tienen un Excel de cada mes de mi vida. Sin embargo, siempre he procurado ser responsable en ciertas áreas de mi vida.

Siempre he sido una persona a la que le gusta trabajar, más allá de cualquier tipo de manía o refugio, el trabajo también ha sido la forma de mantenerme, de ser independiente, de sentirme bien, como una persona insertada en el mundo.

Este año renuncié al puesto de trabajo en el que había estado durante cinco años, para entregarme de lleno a otros proyectos, todos ligados a la escritura, ¿suena bien?

Hacer una cosa así era para mí el equivalente de un salto al vacío, una apuesta arriesgada, pero confiaba en mi y tenía además una red de contención. Este gran cambio lo hice alentada por la misma persona que me alentó e insistió en que confiara en una relación a futuro con él. Esa misma persona abandonó eso que yo ya no considero una “relación” de manera unilateral y sin previo aviso. En pocas palabras, terminó conmigo por mail y jamás le volví a ver la cara.

Ojo, no culpo a nadie de tomar una decisión por mí. No tengo cinco años. Estas decisiones (confiar, amar, renunciar) las tomé yo sola.

Acá quiero decir que el amor es lo de menos. Un corazón roto se puede parchar. El desamor se cura. Lo que yo no sabía es que esa confianza rota que había entregado era lo que me hacía sentir como un animal desollado y colgado de un árbol patas arriba pensando: me arrepiento de haberme sentido tan estúpidamente segura de mi misma y de haber creído que lo que hacía era lo correcto. Lo malo de arriesgarte es que no hay una nota de crédito que te devuelva o cambie tus decisión por otra, como un regalo que no te gustó en navidad.

Vi para abajo, sigo suponiendo que soy el animal desollado, y vi mi casa que de pronto se había convertido en una pila de recuerdos y fantasmas dispuestos a martirizar mi existencia. Decidí hacerme la fuerte, pero menos de 24 horas después supe que no podía estar más ahí. Cogí un maletín con cuatro cosas y me largué a la casa de mis padres. Felizmente, allí me acogieron en silencio.

Pero así ellos no me hicieran preguntas, mi mente no paraba de asaltarme con interrogantes, con posibles explicaciones y peor aún, con cuestionamientos de lo que iba a hacer de mi vida a partir de ese momento. Si escribir involucra buena parte de mis sentimientos y emociones, yo no estaba en posición de escribir absolutamente nada.

Conclusión. Tenía que comenzar de nuevo. Pero no tenía la menor idea de por dónde exactamente se empieza en ese tipo de situación. Ya lo he dicho, la vida debería venir con manual de instrucciones.

Así que pensé lo que siempre he creído: si no puedes solo, pide ayuda.

Un domingo llamé a una amiga. Sentada en la sala de su casa le dije que estaba cansada de todo; de pensar, de buscar explicaciones, de culparme, de sentir lástima de mi misma, de arrepentirme, de haber perdido todo lo que había ganado en años de esfuerzo, de sentir vergüenza ante los ojos de los demás, de ser una perdedora pura y dura. Hasta le conté sobre mi auto imagen mental de un animal desollado.

Mi amiga, que es veterinaria, me miró a los ojos y las dos reímos al mismo tiempo. Por supuesto, mi risa terminó en un llanto largo. Ella me acarició la cabeza en silencio.

-¿Sabes lo que me pasó a mí con el chico que más quise justo después de la muerte de mi madre? Me dijo que ya no me quería y que no me iba a querer nunca. Por meses lo busqué y algunas veces, retomamos la misma relación insana, que él volvía a romper. Hasta que un día simplemente acepté que se iba a ir y que si yo no lo buscaba, no iba a volver. Y no lo volví a ver, hasta ahora.

Yo no podía hablar por miedo a tener otro ataque de llanto por la siguiente media hora.

-¿Qué quieres hacer? -me preguntó mi amiga.

-Quiero saber qué hacer –le respondí.

-Déjalo ir –dijo.

Yo la miré sin entenderla como si de pronto hubiera olvidado el idioma castellano.

-¿A quién? –murmuré.

-A todo esto que te angustia. Sólo déjalo ir –repitió –no puedes cambiar nada más, la única que puede cambiar eres tú. El resto que se vaya a dónde le dé la gana. Déjalo ir.

Después de despedirme, mientras manejaba hacia la casa de mis padres, imaginé un hueco en medio de un campo. Me vi al lado. Pero no estaba alistándome para echarme un clavadito dentro. Estaba arrastrando una gran cantidad de tierra para taparlo. Mi pasado se quedaba en su interior. Escribí con un dedo: no voy a volver aquí nunca más.

Cuando llegué a la cama de un cuarto que ha sido de todos y que ahora no tiene dueño, por primera vez en un mes, dormí tranquila y no tuve pesadillas.

Lo que no sabía esa noche, en la que pensé ilusa que todo había terminado, era que todo iba a volver a comenzar y que si no salía de esta yo tendría que cavar mi propia hoyo mental y escribir con un dedo: “aquí yace un animal desollado”.

Continuará. Si no tendría que escribir un post de tamaño Ben Hur.

He escrito con el soundtrack de mi nuevo grupo favorito.