Siempre he escuchado hablar de la crisis de la mediana edad, y siempre la he relacionado con alguna imagen mental del insoportable Julio Iglesias, un “viejo verde” que deja a su familia por una chibola, recurre a todo lo que ha inventado la ciencia para no envejecer, se viste de manera ridícula y se compra una moto, un convertible (o un yate en el caso del popular “las amo a todas”).

Qué equivocada estaba. En plena boca del huracán, no reconocí a la bendita crisis que se acercaba a mi vida a velocidad de tsunami.
Yo pensé que la crisis, la mía, había terminado. Ja.

Como tantas otras crisis pequeñas y manejables por las que todos pasamos de tanto en tanto. Después de enterrar a mi pasado, seguí los pasos que yo misma predico y que he probado con éxito en mi pasado, así que dije: “Hola Rex (más conocido en como el pánico a estar sola), soy yo otra vez, no te tengo miedo, así que más te vale hacerte a un ladito porque tengo una vida que comenzar”.

Los pasos siguientes ya estaban en curso. Toda la maquinaría destinada a olvidar el pasado estaba en marcha. Definitivamente tenemos que ser prácticos en momentos de desbarajuste emocional

Antes del segundo mes, ya no sentía amor. Eso es lo único bueno de la crueldad. Te da una mano cuando menos la necesitas. En este caso sirvió como un acelerador de bronceado en un día de sol.

¿Supuestamente tendría que haber estado saltando en un pie?

Pues no. No lo estaba. Ingenua yo, pensé que luego de la cura de espanto estaba lista para todo de demás, pero no. La tristeza, el miedo y la angustia no habían dejado de ser parte de mi rutina diaria.
Mientras me preguntaba sin piedad a cada minuto qué pasaba, llegaron buenas noticias. Me llamaron para trabajar por sétimo año consecutivo en el Festival de Cine de Lima. Nada mejor que trabajar doce o más horas al día en algo que te apasiona para redirigir pensamientos y poner en segundo o tercer lugar a las emociones, además de significar una considerable subida de autoestima.

(Paréntesis. En esos primeros meses bajé de peso por algo que siempre he llamado el “síndrome del perrito”. Cuando los perros están tristes, no comen. Cuando volví a trabajar todos me dijeron que estaba “regia”. Bonita no es lo mismo que flaca. Jamás lo será. Prefiero mil veces estar feliz en un par de tallas más que ser un cadáver con cara de pena, por más que hubiese bajado dos tallas de ropa.)

La pasé muy bien.

Dos meses después, terminé el trabajo exhausta, pero satisfecha. Sentía que era el momento de reactivar los siguientes rubros de mi vida.

¿Ahora claro que tendría que haber estado saltando en un pie por toda la Costa Verde?

No. No lo estaba. Estaba sentada sobre mi cama abrazada a mis rodillas, preguntándome qué diablos era lo que me pasaba y por qué demonios no me sentía bien.

Estaba en una lucha constante conmigo misma que podría resumirse en: estoy bien/no estoy bien. Ya estoy bien/ todavía estoy bien.

Esta continua discusión conmigo misma me dejaba a veces ansiosa, otras agotada, algunas molesta y siempre, bastante triste. No lloraba, porque me lo había prometido meses atrás y como persona que sabe perfectamente que la pone triste: evite todo lo que podía despertar cualquier emoción que despertara en mí la nostalgia. Deje de escuchar música, volví a ver todo Bergman (o películas que no me dejan sentir nada), me borré de la ciudad como si nunca hubiera vivido en ella, mi casa se convirtió en mi refugio, me alejé de mis amigos. Algunos entendieron y esperan que vuelva, otros simplemente desaparecieron.
Somos prácticos para resolver nuestros problemas, al menos yo.

Soy exigente con los demás, pero lo soy aún más conmigo misma. Suena mejor decir que soy perseverante y estaba decidida a salir de esta sí o sí.

Hasta que llegó el día del supermercado.

Estaba en la sección limpieza (mi inseguridad había llegado a niveles que pueden parecer tan estúpidos como dudar entre las marcas disponibles de sprays mata polillas), cuando de pronto, de manera incontrolable, empecé a llorar. Salió como un vómito, como un grito, como un ataque de risa. Dejé la canastilla y empecé a caminar rumbo a la puerta del lugar cuando me topé con un amigo periodista. El pobre debió haber pensado que me había confundido su saludo con un insulto, o que no lo había reconocido, porque sin responder, me tapé la boca y salí corriendo.

Llegué corriendo y llorando como una magdalena a mi casa, me arrodillé en el suelo al lado de mi cama y temblando, y pensé otra vez: si no puedes tú sola, pide ayuda.

Llamé por teléfono a mi guía.

Algunos tenemos guías, gurús, maestros, que no son lo mismo que un amigo. Los amigos te vuelven a contar la realidad para ver si la entiendes, luego te dan lo que piensan que son posibles soluciones o tratan de distraerte. Yo no necesitaba un amigo. Necesitaba alguien que me ayudara a distinguir mi percepción en ese momento de lo que estaba pasando y lo que en realidad estaba pasando con mis descontrolados sentimientos y pensamientos.

No solo estaba pasando por el luto clásico de una desilusión, era algo mucho más grande. Sentía como si hubiera almorzado papel periódico por varios días y los tuviera atracados en la garganta. Y no solo eso, me sentía inmóvil e incapaz de salir del lugar-momento en el que me encontraba atrapada (está de más decir, que yo estaba atrapada por mi misma).

Fui a ver a mi guía al día siguiente y después de contarle el episodio del supermercado con cada músculo de mi cuerpo tenso y adolorido, le dije:

-No sé lo que me está pasando. No veo nada claro. No me reconozco ni a mí. Me siento perdida.

Ahí cerré la boca. Después de notar que yo no iba a decir ni pío, me preguntó:

-¿Te suena eso de la crisis de la mediana edad?

Yo la miré con cara de “todavía no tengo cincuenta y no soy Julio Iglesias”.

Sin embargo, ahí había algo de cierto. En las crisis todo se desploma, todo se derrumba y no puedes hacer nada para evitarlo. Otra vez en un diálogo interno ahí sentada, casi me desplomo otra vez: ¿esperar?, ¿esta señora está loca?, yo no quiero estar más así. Ella me hizo volver a la habitación cuando dijo muy tranquila:

-Lo bueno de esto Alicia…

¿Hay algo bueno que sacar de todo esto? –pensé dentro de mi confusión (Me dio un ligero gusto comprobar que mi sentido de la ironía aún estaba vivo).

-Lo bueno es las crisis no duran para siempre, son casi siempre señales de cambio. Eso que te está diciendo tu cuerpo, eso que tu mente no logra entender. Necesitas salir adelante literalmente, dar un paso fuera de esto.

-Y eso ¿cómo se hace?

Por lo general, un guía solo te da pautas para que tú mismo te aclares, pero estaba en un SOS tan jodido, que me dio un empujoncito con sus palabras:

-Tienes que mirar que hay dentro que te impide hacerlo.

Ajá. Ahí estaba la respuesta.

-Tengo algo así como un cofre secreto -dije

(Acá pensé: ojalá esta buena señora no piense que estoy chiflada)

-Es algo que tengo metido muy dentro de mí. Eso es lo que escondo de todos, y más que de todos, de mi misma. Tengo pánico, terror de ver que hay ahí.

-Ese es tu primer paso. Ya basta de látigos y culpas, Alicia.

Antes de irme y de quedar en conversar una vez a la semana, añadió: Recuerda, tú has salido de situaciones mucho peores que está.

Luego de esa conversación, decidí mirar dentro mío y no solo eso, sacar afuera todo lo que tenía profundamente guardado bajo cuatro llaves. Temores, fantasías, deseos, decepciones, ilusiones, anhelos, cargas, culpas, heridas, golpes, errores, derrotas, rencores, en fin, todo lo que uno suele ocultar por temor a que no te acepten o a quererse sin dobles caras.

En el momento que le di la vuelta a la llave y todo eso salió de su escondite, las compuertas del Titanic se abrieron. Y ya que estamos en este nivel de confianza, les cuento que no dejé de llorar en meses. Llorar se convirtió en mi nueva chamba a tiempo completo.

El miedo aún me dominaba y más cuando todos mis sueños y pesadillas desfilaban felices alrededor mío las 24 horas del día, todos los días. Pero en lugar de hacerme la loca y tratar de espantarlos temporalmente con una curita, decidí que se quedaran conmigo hasta que fueran parte de mí (después de todo, es mi vida), pero sin afectarme, sin dolerme.

Cada una de esas cosas que mantenía ocultas hizo su recorrido por mi cuerpo, por mi mente, por mi corazón; las revivía como si fuera la primera vez y dolía como si viviera en un ring de box. Pero estaba más que dispuesta a reconciliarme hasta con mis culpas más grandes y luego, seguir porque me di cuenta que era la única forma de volver a hacer mi vida.

No me di cuenta de lo que estaba haciendo era reconocerme (ya saben, conocerme otra vez), y reconciliarme con todo lo que soy.

Así que me dejé ir.

Pero no me perdí. Al contrario. En los últimos meses del año, me di cuenta que a pesar de estar realmente cansada y emocionalmente desgastada, estaba tranquila. Al fin, tranquila.

Esta tranquilidad y saber que era posible haberme metido semejante mecha conmigo misma y seguir viva y mejor que nunca, me fue trayendo de a pocos, satisfacción, y la satisfacción, alegría. Pero no una felicidad exaltada que muchas veces se puede fabricar o conseguir por un rato, sino una sensación continua y bonita de paz.

Debo decir que esta etapa no ha terminado y que quizás no termine nunca, pero ese temor de no saber en qué me voy a convertir se desvaneció cuando me di cuenta que sigo siendo yo, sólo que en una versión más ligera, equilibrada, clara y honesta para mí misma y para los que quiero a mi alrededor.
Por eso me he mudado lejos del ruido del año pasado. Muy lejos de caras, gente, chismes, fantasmas, crueldad, gente realmente mala onda, palabras, gritos, llanto, y he decidido vivir en silencio.

Trabajo, en silencio también, comiendo sandía helada y viendo de vez en cuando cómo la gente la pasa bien reunida. Los miro de lejos por la ventana de mi cuarto. Yo también la estoy pasando bien les digo callada. Sonrío y vuelvo a sentarme a escribir.

Ya volveré. Por ahora, guardo mi tranquilidad y cuido de ella; ya después sabré como estar en paz a pesar del ruido. Hoy, eso no me preocupa en lo más mínimo.

Tampoco el amor, ni buscarlo ni encontrarlo. Hasta que vuelva a confiar en su existencia, no hay más amor que el que crece en mi para mí y los que yo quiero que me rodeen.

Y bueno, en eso estoy.

Lo mejor de todo, lo que agradezco cada mañana y cada noche, es que ahora sé que voy por un buen camino. Mi camino. Y si me equivoco, siempre habrá un plan B.

Así que, ahora sí, un buen año para todos. Para mí también.

Y gracias. Por todo.

Sé que el año pasado, no he escrito tanto como hubiera querido, pero ya saben por qué. Con este post termina oficialmente el 2011. Ahora si me tomo un par de semanas para ordenarme y comenzar mi nuevo año. Feliz.

Seguiré online, como siempre, a través de Facebook, Twitter (@alibisso) y si me quieren escribir mi correo es: blogbusconovio@gmail.com

Y aprovechando que tengo un pequeño retorno para el concierto de Elton John hemos planeado una pequeña reunión este viernes 27 en La Noche de Barranco a las 8.30 pm. Los trolls no están invitados.

Desde hace un tiempo cada vez la tranquilidad le da paso a la inseguridad, al miedo o a la nostalgia pienso: “no estás sola, cuenta conmigo”. Es mi tarea, diaria. Una canción bonita de Big Deal.

Y ¿sabes qué, 2011? Me hice más fuerte.