Antes pensaba que el Día de la Mujer era un absurdo y repetía en chistecito tonto: “¿Por qué entonces no hay día del hombre?”. Mucho tiempo después comprendí que el 8 de marzo no es una fecha para felicitar una mujer por el hecho de pertenecer al género femenino. ¿Quién sería tan tonto para felicitar a alguien por su combinación de cromosomas?
Es una fecha en la alrededor del mundo organizaciones responsables de todas evalúan sus resultados de su actividad en pro de la igualdad de la mujer en todo sentido, es un día para revisar estadísticas y examinar panoramas. ¿Dónde estamos las mujeres en términos de equidad con respecto al hombre y de desarrollo colectivo o personal? Es el día en el que muchos individuos reflexionan sobre la situación actual de la mujer. Nacen nuevos puntos de vista, se generan ideas que producirán cambios para el futuro.

No. Todo esto no es un fácil bla-bla-bla. Lo que quiero decir y es mi opinión –nada más que eso- es que me parece fuera lugar felicitar a una mujer por serlo. Ya sé, los que me van a decir que las mujeres poseemos cualidades que los hombres no tienen como ternura, fuerza, bondad. Bueno, ellos, somo seres humanos, también pueden serlo.

Y sí, hombres y mujeres somos diferentes, yo no digo ni pienso lo contrario, pero sí creo firmemente que tenemos una historia larga de desigualdad de oportunidades que nos precede y muchas que aún se mantienen. Literalmente no hemos tenido ni voz ni voto por siglos, y aún seguimos siendo percibidas como una minoría que estamos lejos de ser.

¿A qué voy con esto? A que todo gran cambio se produce o comienza en uno. Eso si es importante. Las revoluciones siempre empiezan siendo revolcones internos, incertidumbres, miedos, interrogantes que alguna vez todas hemos tenido. Quizás no se hayan dado cuenta o no hayan sido consientes, o sí.

Estos son algunos de mis panoramas en los que habita o ha habitado la desigualdad:

No digo que me haya sentido discriminada laboralmente en algún momento pero sí he sentido que el no tener el argumento de “no tengo esposo, ni hijos que alimentar” haya sido un liberador de conciencia de algún jefe para no darme varios aumentos de sueldo que merecía, o para que no le importe las largas horas extras, ni las noches de boleto.

Sí, me he sentido amenazada por personas con las que he tenido que trabajar cuando estas han confundido amabilidad con coquetería. Y a más de uno lo he tenido que poner en su sitio, lo que me hizo acreedora a un buen raje o a la tergiversación de los hechos más conocida como chisme.

No tienen la menor idea de cómo me molesta tener que pensar que ponerme antes de salir a la calle. Tengo que pensar en el guachimán, los tombos, cambistas, peatones y hasta el taxista que me llevará a mi destino, antes de elegir entre un jean y ese vestidito nuevo que me acabo de comprar. Y no sólo porque me digan cochinadas entre dientes, se relaman como perros o me metan la mano por donde quieran, sino porque -así como va la violencia-, me vayan a hacer algo peor.

También me molesta que me califiquen por cómo me veo, visto, peino, o como me maquillo. Si, suena superficial y lo es. Las únicas mujeres con cuerpos y caras perfectas son las modelos y muchísimas, pasan por el Photoshop. Yo no soy ni alta ni flaca. Por ejemplo: en un mes y medio de dieta he bajado dos tallas, aun así peso un kilo más. La ropa me felicita, la balanza me hace sentir como un dirigible.

Me da pena tener que ocultar mis pensamientos y creencias de mi familia, las personas que más quiero, porque prefieren vivir sin conflictos y bueno, lo respeto pero a veces duele sentirse sola.

Me da lástima y rabia a la vez, ser considerada “fácil” por lo que yo llamo honestidad.

Me fastidia bastante que existan hombres que se las den de libres de pensamiento y hasta de feministas, y en la intimidad, donde nadie los ve, sean capaces de insultar o golpear a una mujer.

Por último, me revienta que un infeliz me haya sacado la mierda un año de mi vida y que me haya tomado cuatro años de mi vida, y de psicoanálisis, superarlo; y sin embargo saber, que esas heridas se quedarán para siempre.

Pero ¿saben qué? Ante esto, ahora ya no me considero una víctima. Así es como vivo.

Si un jefe no sabe cuánto valgo, pues yo sí lo sé y lo reclamo (si no me lo dan, esa ya es otra historia), ah! y no ser madre no me hace menos mujer por si acaso; si un alguien con cierto “poder” sobre mí quiere aprovecharse, ya sabe que conmigo no va a poder; para salir con la ropa que quiera existe tu taxi de confianza; si una mujer te mira mal es porque –en el fondo-te envidia y de paso, la belleza es demasiado relativa como para encasillarla; mi familia es como es y así la quiero y la acepto, (eso mismo deben pensar ellos de mi, su querida ovejita negra) y por eso una de mis resoluciones de año nuevo es callar a veces cuando estoy con ellos (sano para ellos y para mi, también); para los que piensan que soy “fácil”, lo soy solo cuando me da la gana y lo disfruto; qué difícil será la vida para los cobardes que encuentran en la violencia su manera de esconder su inseguridad y sus complejos; y por último, mis cicatrices ahora son tatuajes que me recuerdan lo que jamás volveré a permitir.

Como ven, no he señalado con el dedo a ninguna otra que no sea yo. Mi lista continúa, pero como alguien muy sabio me dijo alguna vez: los logros, por más chiquitos que sean, te dan las más grandes satisfacciones.

Y yo, la verdad, me felicito por mis pequeños logros y me pongo miles de estrellitas doradas –y caritas felices- en la frente. Espero que todas ustedes estén haciendo lo mismo.

Así que aquí estamos, mujeres.

Nuestras antecesoras no lucharon por la igualdad de derechos y por la libertad de poder desarrollarse íntegramente en la sociedad, para que les manden una tarjetita virtual felicitándolas por el hecho de ser mujeres, o para que una radio les regale un día de spa, para que las florerías hagan su agosto o para que las municipalidades les regalen clases de cocina y tai-chi.

Somos mujeres, sí. Es nuestro género, lo sabemos. Defendámoslo y defendámonos de prejuicios y miedos. Como ven, unas veces es complicado, otras no tanto.

No se me podía ocurrir otra mujer más fuerte, libre pensante, talentosa, bella y con una ondaza, como ejemplo de una luchadora de verdad.