Veo a mi amigo Ricky después de varios meses. Contenta, lo miro entrar al café. Quiero contarle que ahora corro 5 kms. al día, hago yoga y que me acabo de bajar el último disco de Wilco. Por su cara ya sé de qué me quiere hablar él: acaba de terminar con alguien. Suspiro y pienso: todo vuelve a comenzar.Ricky me dio un beso y pidió una cerveza. Le dijeron que no vendían bebidas alcohólicas, pero que le podían ofrecer una variada carta de cafés con un chorrito de lo que él quisiera. Por supuesto, Ricky le dijo al mesero buena gente que quería un café con pisco pero al revés, es decir, un pisco con un chorrito de café.

Aquí vamos, pensé.

-¿Qué tal Morrissey? –pregunté entusiasmada. Los dos habíamos esperado que venga a Lima desde que íbamos a bailar a Bauhaus.

-No fui, pues. Pamela de hecho iba a ir y no quería que me viera con Paola. No quiero hacerle daño.

Después de un mini pan con mango mental, porque yo me había quedado en que Ricky era novio de Vicky, me animé a preguntarle:

-¿Y qué fue de Vicky?

-Terminamos hace años, pero somos patas.

Otra cosa peculiar de Ricky, es pata de absolutamente todas sus ex novias.

-¿También eres pata de Paola?

-No, esa es la chica con la que salgo ahora, pero las cosas no están yendo bien.

Quizás en otro momento de mi vida hubiera escuchado a Ricky renegar y quejarse –como siempre- de su chamba, del calor, de qué porque Suedhead no estaba en el setlist de Morrissey, de Vicky, Pamela y Paola, hasta de mi ausencia en varias de sus crisis personales. Luego, como siempre, le hubiera dado la razón, le hubiese dicho lo chévere que es y que “ellas”, en definitiva, se la pierden.

Eso es lo que hacemos los amigos ¿no?

Sin embargo, esta vez yo tenía una cosa bien clara. Y aprenderla me había costado lo mío, más fuerza de la que pensaba que tenía y como veinte litros de lágrimas. Así que solté mi gran hallazgo como quien suelta un yunque.

-¿No te das cuenta que eres, emocionalmente, un pata bastante inmaduro?

No hace falta ni que me cuentes porque terminaste con Vicky y la otra, ni por qué estás a punto de terminar con la tercera con la que dices que “sales”. Uno, no estás saliendo con ella. Y de paso te cuento que no “estás con ella” porque no quieres “terminar”, porque te sientes el malo de la película y siempre quieres ser el “buena gente” Ricky.

Bueno, te digo algo, no eres un buen tipo con las mujeres con las que te cruzas. Y sigues una misma rutina: conoces a alguien, tu mundo se vuelve puro rock and roll, te ilusionas y te esfuerzas de una manera descomunal en parecer el mejor chico del mundo.

Haces que esas chicas crean que son la única y perfecta mujer del mundo para ti. Las subes a un altar y las mimas con tu tiempo, tu cariño, las llevas de la mano con orgullo por el mundo, les presentas a tus amigos y a tu familia, las dejas entrar a tu casa y a tu vida sobre una alfombra de flores con fuegos artificiales de fondo, y ¿para qué? Apenas la ilusión inicial se va terminando (porque siempre se termina) y la realidad llega, empiezas a irte, despacito. Seguro sueñas con una puerta falsa para que nadie vea como te desvaneces.

No me preguntes qué es la realidad en una relación. Son dos personas imperfectas y distintas que quieren estar juntas. Obvio, no todo va a ser una perita en dulce, porque la única manera de llegar a acuerdos y seguir adelante, son las discusiones, un constante tira y afloja, escuchar, ceder, perdonar, en fin.

No te digo que lo hagas porque eres un malvado, es más, creo que realmente te ilusionas, y alguna que otra vez, te has enamorado, pero al momento de terminar le haces sentir a la otra persona que ella es la que tiene la culpa de que haya llegado una gran bola de nieve a enfriar la relación, que ella es la conflictiva, la que te quita tu espacio, la que no te está haciendo feliz.

¿Sabes lo que eso le hace a la otra persona?, ¿sabes lo que es cargar con la culpa del fracaso de una relación para la que uno sí se sentía preparado?

Ricky me miraba con ojos de anime manga.

No le hablaba a Ricky de esa forma porque de pronto me haya invadido un complejo de superioridad, ni porque en estos meses me haya graduado de psicoterapeuta, sino porque él había terminado conmigo también.

Así como lo leen, lo había “estado” con Ricky. Sin embargo, con la distancia y la claridad que te dan los años, los posteriores desastres emocionales y la maratón psicológica que me metí el año pasado, pude decirle a Ricky que estaba segura de que nunca estuvimos enamorados (de la ilusión no pasó la cosa), que jamás fui su novia, pero que esa repentina despedida por su parte me dejó el corazón con un par de muletitas y un hueco en la autoestima; que se convirtió en un forado después, cuando la historia se repitió. Con Ricky como antecedente, fue casi imposible no sentirme como un ser humano despreciable, la peor basura del planeta -imposible de reciclar y destruir-, y lo peor, una mala pareja por el resto de la eternidad.

Al fin me callé y Ricky abrió la boca para decir algo que cambió la percepción de nuestro final y de mi pasado reciente.

-Yo me fui corriendo de ti. Tú no tuviste la culpa de nada.

Los dos nos quedamos en silencio.

Hace ya meses que sólo lloro cuando algo bonito me emociona o en privados momentos de soledad, esta vez no pude contenerme y esa chica de hace años que no entendía porque Ricky la había dejado de un momento a otro se apoderó de mí. Me tapé los ojos con una mano, como si pudiese evitar que las emociones se salieran de control.

-¿En serio, Ricky?

- Sí, yo te quería. Pero no sé, sentí que todo me sobrepasaba.

-Yo pensé que tenía la culpa de todo.

-No.

Por un segundo no supe si meterle un combo con mi taza de té negro, abrazarlo o llamar a mi gurú para decirle que tenía razón cuando trataba de que yo dejara de darme contra la pared culpándome de todo lo que viví los años anteriores.

Ricky hizo algo bueno por mí y por él esa tarde. Ricky fue honesto y valiente, al menos conmigo. Yo sé que no tengo la culpa de todo lo que he vivido, mi 50% máximo. No más.

Los inmaduros emocionales jamás se culpan a sí mismos, son egoístas y arrogantes, y desplazan los pesos de su conciencia a los demás. Son una tira de cobardes a los que yo, por experiencia propia, espero poder distinguir antes de lanzarme a sus redes.

Ricky y yo salimos del café. Caminamos unos metros y le dije:

-Gracias por decirme eso.

Él respondió:

-Gracias por decirme eso.

Me sequé una lágrima y Ricky me abrazó. Yo lo abracé a él.

-Deja de creerte la cagada ¿ya? No eres tan paja.

Los dos reímos y seguimos caminando. Ya estaba anocheciendo.

Para todos los que hemos vivido una versión torcida de la realidad, un par de películas que sí son pajas.

Y si quieren saber, últimamente mi vida suena así de bonita.