Entre el post pasado y este, tuve tiempo para pensar bien en lo que estaba haciendo. Y encima, con un viaje de por medio, que siempre da la distancia adecuada para ver las cosas con aún más claridad, decidí no salir con S1, ni con S2. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el viernes pasado tuve una cita. Con S3.Entre un avión y otro, pensé que si S1 tenía tan poco interés como para contestar el mensaje de FB que le envié en marzo, en definitiva no estaba interesado. Conclusión: ¿iba a mandarle otro mensaje próximo a volver a ser choteado?, ¿iba a ser tan tonta como para chequear mis actualizaciones a ver si este señor se dignó a contestarme? No.

Es un poco necio pensar en insistir con alguien que no muestra la mínima señal de pro actividad emocional. Paso. Y esto fue realmente terapéutico: no esperar ser ignorada o rechazada, adelantarme a los hechos y chotearlo yo a él (aunque él nunca sepa que fue choteado por mi razón y buen juicio) me hizo sentir b-i-e-n. Esos pequeños triunfos de los que somos capaces. Qué orgullo.

No es la voz hacerse sentir como un idiota uno mismo. Para eso existen otros idiotas siempre dispuestos, y allá uno si los deja.

Pocos días después, estaba corriendo en la banda mecánica del gimnasio del hotel cuando sonó en mi Ipod una canción de esas que me había mandado S2 en una de nuestras interminables y coquetas conversaciones por chat. Reparé en algo que no había pensado antes: la canción era una buena basura musical. La verdad, no me gustaba para nada y no servía para correr. Cambié de inmediato a mi “porquería musical de los 80´s”, como S2 llama a mucha de la música que me gusta, que resulta perfecta para mis pequeñas maratones diarias.

Con sujetos como S2 siempre existe la trampita de caer en el popular truco “Cuánto nos parecemos”. En este jueguito entran películas, canciones, libros, videos, personajes, frases, fechas, viajes, ciudades y todo lo que pueda crear la ficción de tener una intimidad con una persona a la que no conoces más que por una simple lista de coincidencias triviales. Es decir, la “Matrix” emocional.

Yo había ganado medallas y copas en ese juego. Armar relaciones imaginarias por Internet es fácil. Más aún cuando uno tiene un mínimo de creatividad, unos cuantos referentes utilizables para el flirteo barato y en muchos casos, (no en el mío porque peco de lo contrario) habilidad esconder tu Hulk personal y siempre ser el churrazo Dr. Banner (estoy pensando en la versión de Mark Ruffalo en The Avengers).

Y ¿saben? Ahora yo quiero habitar en la realidad. Con toda la basura y los tropezones, los prefiero mil veces a estar perdida en un laberinto imaginario, bonito por dentro, inexistente por fuera. Así que chau Neo, mejor dicho, chau S2, las hijas del País de las Maravillas no necesitamos que nos inventen otro.

Y les puedo decir que él mismo cavó su tumba en mi cementerio personal cuando, una de las dos veces que me conecté al G-Talk desde otro hemisferio, me habló y no para preguntarme, sino para informarme, que cuando volviese íbamos a ir juntos en mi carro, a mi casa en la playa e íbamos a tomar vino en un picnic a la orilla del mar. Y sí, él se encargaría de la música para oír en el camino. O sea, la Pensión Soto Tours. El pondría su grata compañía, que debía serme suficiente y sobrarme, y yo pondría el resto de la diversión.

Miré la pantalla y pensé: ¿en serio?

Me comencé a reír. Una cara de ojos marrón me preguntó de qué me reía.

- De un imbécil –respondí y cerré mi chat sin responder.

Fuera, fuera y fuera. Pensé que quizás esa supuesta honestidad no era tan cierta, solo una táctica para hacerse el chico bueno antes de soltar a Hulk; que esa sencillez solo era arrogancia disfrazada y ahora salía a la luz a propulsión atómica, al notar mi interés en él. Pues no. Alguien que deja de ser honesto de la noche a la mañana, nunca lo fue.

Y mientras pensaba por qué tenía que repetir el paso apurado de Alicia detrás del conejo apurado, me dije a mi misma: ¿no sería mejor dejar que un Sombrerero Loco venga a mí?

Y por haber estado con la cabeza ocupada, las hormonas despertando de su letargo auto impuesto, y tratando siempre de no bajar la guardia para que NADIE se vaya a robar mi tranquilidad, mis largos meses de chamba conmigo misma, mi yoga, mi soledad, mi silencio y hasta mi música, no había reparado mucho en ese chico que había estado desde hace algún tiempo ahí, mandándome señales de fuegos artificiales.

He dicho: “no había reparado mucho” (ojo con el mucho) porque le había contestado algunos mensajes, un día dejé plantadas a mis amigas porque me resultó más cómodo y divertido quedarme chateando con él y había hecho algo que jamás hago: le di mi celular.

No sé en qué momento empecé a tener la confianza de contarle detalles o anécdotas de mi vida que no le andas contando a cualquiera, que no estaba haciendo el mínimo esfuerzo por gustarle o caerle bien, que me divertía hablar con él, que de cuando en cuando me llegaba un mensaje inesperado deseándome un día bonito, y que no tenía miedo de mostrarme tal cual soy.

No voy a negar que había notado cierto coqueteo entre ambos, pero yo me mantenía en una zona segura. Lo tenía cerca pero lejos. Ventajas de la tecnología.

Hasta un día en que un ex-algo me invitó a una fiesta por FB. Cuando miré quién más iba, vi a S3 encabezando la lista.

En la noche, mientras miraba una película. Me mando un mensaje y como por reacción espontánea le pregunté si iba a esa fiesta. En menos de tres milésimas de segundo me respondió:

-¿Vas a ir?
-No sé, ¿tú?
-Si tú vas yo voy.
-Yo voy, si tú vas.

Mientras a mí me estaba empezando a dar un ataque de pánico, él me preguntó:

-¿Cómo hacemos?

Fui por el camino seguro. Y dije:

-Nos mandamos SMS mañana.

Pensé que era una forma fácil de chotearlo si me arrepentía, si me entraban las ganas de no volver al lado social de la vida, de permanecer en mi concha, de subir aún más las paredes de mi castillo.

Por otro lado pensaba que hasta mi cuerpo, no solo mi mente, me decía que ya era hora de volver, que ya estaba lista, que tenía que funcionar también en la vida real en el sentido completo de la palabra. Además tenía ropa nueva que merecía ir a dar una vuelta.

Él y yo ya nos conocíamos en persona, pero su recuerdo en mi mente era borroso. Cuando abrí la puerta de mi casa ese viernes, me gustó.

Al poco rato ya estábamos en esa fiesta llena de gente. Saludé a amigos, conocidos, me encontré con patazas que no veía hacía mucho tiempo.

En realidad me estaba divirtiendo. De rato en rato él me buscaba o yo lo buscaba a él, y nos quedábamos juntos conversando, bailando, riendo, tomando.

Hasta que llegó el momento que todos ustedes deben conocer: “la agarradita de mano”. Ahí apoyada en esa pared, mirando a todos y a la nada, sin poder mirarlo a ver por una vergüenza súbita, con la cabeza apoyada en su brazo, rodeados de desconocidos, supe que iba a besarlo esa noche.

Me sorprendió en plena travesura mental, preguntándome porqué sonreía.

-Porque estoy contenta- respondí. Eso también era verdad.

-Vamos a bailar- dijo y así seguimos hasta que llegó la hora de irnos. Ya era de madrugada. Caminábamos por la calle riéndonos de una chica bastante borracha que pedía marihuana y ofrecía sexo a cambio. No nos burlábamos de esa imagen patética, sino de cómo demonios iba a tener sexo si con las justas podía mantenerse de pie.

Cuando de pronto, ya estábamos en la puerta de mi casa. Ahí el chiste se nos acabó.

Me quedé mirándolo un buen rato hasta que sin dejar de hacerlo, le dije:

-¿No vas a besarme?

Después de una risita y unos segundos me dijo sonriendo:

-No había pensado que eso podía pasar hoy día y claro que quiero…

Yo no dejaba de mirarlo. En esa pausa me acerqué, pase una de mis manos por detrás de su nuca, la otra sobre su hombro y lo besé en la boca por mucho rato.

Eso fue un viernes. Y lo único que les puedo decir, es que siento que ese viernes aún no ha terminado.

Hasta que encontré la canción perfecta para un viernes.