Existe una especie de relación que muchos conocemos y en la que caemos como Alicia cayó persiguiendo a un conejo, solo que nosotros caemos siguiendo al chico que creemos que nos la pasamos esperando. Así conocí a Alejandro, justo en una maratón en la que los dos corrimos. Ese día, cuando le estampé un glacial de mango en la camiseta blanca, pensé que estaba en pleno comercial de Ña Pancha, no en el comienzo de una relación con el hombre perfecto.Pensé que era un atractivo pata que tenía claro lo que quería, jamás pensé que era de esos que obtienen lo que quieren solo cuando lo quieren y punto. Pero yo como la otra Alicia, caí. Pero esa fue la última vez y hasta ahora no ha existido hombre al que después de finiquitada la relación, yo lo haya querido o aceptado de vuelta. Mi nueva política es: si se aceptan cambios (por otro pata), pero no devoluciones.
Y esto no aparece en las letras chiquitas de mi compromiso con alguien con quien decido estar, sino en letras tamaño panel de carretera. Si quieren comprobarlo, cuando se den una vuelta por el sur, después de anuncio del protector solar, está el mío que dice NO A LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES.

¿Por qué? Aquí les va la historia, comprobada por mi corazón, mis amigos y la ciencia.

No piensen que Alex es un cretino o un patán, no lo es. Es el novio perfecto. Atento, cariñoso, educado, apasionado, muy guapo, divertido y algo muy importante, con las cosas claras en la vida. El sabía lo que quería ser a los 30, a los 35 y a los 40. No tengo que aclarar que lo hizo. Parecía la versión honesta de un candidato político: lo que se proponía, lo cumplía. No hay nada imperfecto en él. Me gustaban sus ojos, siempre alegres, su optimismo ante todo, su pelo su boca, su risa, el olor de su piel, la manera en que combina su ropa, sus boxers, su perro, su carro celeste y antiguo en el que salimos a dar vueltas por la ciudad.

Lo más perfecto de él es que es de esas personas que no juzgan a los demás y que no se toman los mini dramas de la vida demasiado en serio. Me sentía cómoda con él, tranquila de no intentar de impresionarlo, ni de parecerle paja. El me lo repetía todo el tiempo. Si yo no fuera yo, no estaría conmigo.

El primer mes que salimos juntos fue perfecto (como suelen ser los primeros meses). Estoy segura que los que nos veían pensaban que llevábamos una eternidad juntos. Nos gustaba vivir rápido a veces, y otras muy despacio. Yo estaba profundamente convencida de que se le caía la baba por mí, igual a que mi por él. Me sentía segura y contenta. Esa clase de felicidad que te hace quedarte el domingo en el sofá con la televisión apagada, mirándonos a los ojos y contándonos entre risitas y caras serias todo tipo de secretos e intimidades.

Cuando pensé que la cosa con Alex no podía ir mejor, esperaba la primera llamada de ese lunes. Daba vueltas sonriendo en mi cama con su camisa blanca perfecta como él de pijama antes de salir a trabajar. Ya en la ducha pensé mi teléfono sonaría un poco más tarde. Ya después de almuerzo, pensé si enviarle un mensaje sería buena idea. Con él me había pasado lo indecible e increíble. Él era el que llamaba, el que whassapeaba, el que texteaba, el que andaba taggeandome en Facebook, el de los twits complices, el que todo el tiempo andaba pendiente de mí. Nada de esas chorradas mentales de pensar “¿yo llamo?”, “¿si le hablo por el Facebook Messenger será muy mandado?”, “un mensaje de texto es de hecho menos personal que un mail ¿o al revés?”. No, nada de ese puré emocional que solo aporta al drama y te hace perder tiempo.

Fue por esta bombarda de atención que cuando la noche del día en el que no supe de Alex lme preocupó que un tráiler le hubiese pasado por encima. Así que lo llamé.

Me dijo que estaba en la puerta de mi casa. Uf. Me salvé, pensé. Todo seguirá siendo perfecto.

Ja, ja. Estaba muy equivocada. Síganme las ingenuas, las amantes de las comedias románticas protagonizadas por Anne Hathaway y las que creen que las relaciones son fáciles.

Alex estaba con una cara que yo no conocía. Me dijo que todo era demasiado perfecto y que eso lo estaba agobiando, que necesitaba un respiro, que confiara en él, que no eran tonterías, que lo nuestro iba en serio, que se estaba enamorando y que en realidad, solo quería un tiempo y ya.

Comparada con esa época ahora soy la abanderada de esa cosa llamada paciencia. Antes, era una de las muchas cualidades de las que carezco. Pero no mandé a su vieja a que comparta ese espacio con él, sino que fui comprensiva, y lo fui en serio.

Porque valía la pena; porque andaba feliz, y por eso se entiende que andaba en tal estado de euforia que me hacía cantar las canciones más romántico-chiclosas del planeta encerrada en mi carro, que gracias a los cielos tiene aire acondicionado y nadie más que mis pobres oídos pueden escucharme.
Que paja y que porquería es el amor.

Pasó una semana, pasaron dos, luego tres. A la cuarta semana ya empecé a desarrollar comportamientos de los más extraños como revisar mi celular sin que suene. A ver mi mail a las 3 de la mañana, a ponerme la bendita camisa blanca cada noche hasta que su olor se convirtió, por supuesto, en el mío.

Y por supuesto empezaron las preguntas. Y no una o dos, sino todo un inventario. Y esa es la peor rueda de hámster en la que alguien se puede meter porque corre el riesgo de asumir culpas y errores que no comete.

¿Qué hice?
¿Qué dije?
¿Qué paso?

Pero como uno no tiene por siempre 14 años, no lo llamé ni traté de tener contacto con él. Si no quería verme, era su problema (no importa que lo pensaba e hiciera puchero), pero YO NO IBA A ACERCARME A ALGUIEN QUE SE HABIA ALEJADO POR UN TIEMPO O LO QUE SEA. Después de ser consciente de esa decisión, que no es otra cosa que tenerse respeto por una misma, mi alegría habitual volvió. Regrese a mi vida de la que había estado un poco distraída por andar considerando algo en lo que no creo: el amor eterno y verdadero. Simplemente porque todos los amores son de verdad cuando uno los siente y no creo en eternidades de “palabra”.

Justo, cual radar de mi buen ánimo, estaba cerrando la puerta cuando una voz familiar llamándome. No pude evitarlo y si, con sonrisa a lo Kate Hudson salté a esos brazos que me esperaban abiertos. Nos dijimos cuanto nos habíamos extrañado y todas las ganas que teníamos de estar juntos. Me dejó en el trabajo después de 786 besos y me dijo que pasaba por mí para ir a cenar.

Esa noche se llamó Lo que el viento se llevó. Me quedé en la calle esperando el carro celeste que jamás llegó. Desde el taxi le mandé un mensaje que decía la típica de todas las mujeres a las que nos han dejado plantadas: “Gracias por dejarme plantada”. Y a pesar de lo molesta me di cuenta de algo. Yo ya había estado en una relación yo-yo por tres años, TRES. ¿Quería repetir el plato? Jamás en esta vida. ¿Se puede evitar? Claro que sí. Ni que fuéramos robots programados para volver hasta que la otra persona decida lo contrario.

De pronto un nuevo mensaje en el IPhone: “Perdóname. Te amo. No he podido salir de una reunión de trabajo”.

Y como muchas mujeres que buscamos leer entre líneas lo que queremos creer y no lo que dice traduje:
Me quiero, wow!/ Esa es una buena excusa para dejarme plantada/Además, me está pidiendo perdón.

Sin embargo, ya casi en Barranco pensé: ¿y si le doy otra leidita?

Hace un mes que no lo veo: ¿cómo demonios me va a “amar”?, no existen excusas para dejar plantada a nadie sin avisar (vivimos en la explosión tecnológica, podría engañarme a mí pero no a un IPhone) y la verdad, pedir perdón sin sentirlo es una de las estrategias más utilizadas de la década pasada (¿en serio creen que todas creemos que “perdóname” es la palabra mágica para salir de la cárcel? No, es una canción de Luis Miguel y punto).

Esa noche, ni la siguiente, ni la que siguió tuve noticias de Alejandro. Cuando apareció, hablamos cara a cara, como lo hace la gente decente. Le dije claro y conciso lo que pensaba de él y de su comportamiento. Me dijo que había metido la pata, que quería volver a “estar” conmigo y que iba a cambiar.

Le dije que no. Sí, yo fui la más sorprendida.

Han pasado meses y de la nada he recibido un mail de Alex. Inteligente y gracioso, como es él. Diciendo que me extraña, que no ha podido sacarme de lo cabeza y que quiere otra oportunidad.

Yo que creo con firmeza que la única buena secuela que se ha hecho en esta vida es el Padrino II, aún no le respondo. No estoy segura si por miedo o por perder más tiempo con alguien que no valga la pena. Que me parezca un tipo ideal no significa que sea perfecto para mí, o para tener una relación.

Parece que este fin de semana en la playa, mientras hago paella, voy a tener más de una cosa en la que pensar además de cuanto de azafrán tengo que poner.

Dentro de mi maratón anual rumbo al Oscars, mi noche favorita del año, no he podido dejar de obsesionarme otra vez, digamos una vez más con Hitchcock. Nunca había visto “Marnie”, se las recomiendo.

Y mi renovado amor por Los Pájaros.

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