La otra noche iba al teatro con mi mejor amigo que andaba de visita en Perú, cuando de pronto vi a alguien que me miraba de lejos. Sí, era el tipo que me enseñó lo que es la violencia; claro, todo menos cómo salir de ella. Estaba a unos metros de mí sobre la misma vereda. Empecé a caminar más lento. Y me encontré en la clásica encrucijada en la que la violencia te ubica. Tenía que tomar una decisión rápida: ir por el camino corto o por el largo.

El camino corto es un parche temporal, un curita para la herida. Un lugar geográfico y emocional donde sentirnos seguros, un entorno que no castigue ni juzgue, y tampoco pida explicaciones; y tiempo para poder recuperar el aliento y un mínimo indispensable de autoestima.

Yo tuve ese lugar donde refugiarme. Estuve rodeada de personas que sospechaban lo que había vivido, pero que respetaron que me quedara callada. Debe ser difícil aguantarse las ganas de hacer algo por alguien a quien quieres y que la está pasando realmente mal. Esa es en definitiva una de las muestras más grandes de cariño que me han hecho.

Nadie pidió explicaciones, motivos y razones. Tampoco se fueron.

Volver a la normalidad te devuelve a la realidad, lejos esas alteraciones y distorsiones que la violencia deja en nuestra percepción de casi todo, en especial, de uno mismo.

Me encontré aquí, en el camino corto y me pude quedar para siempre. Pero creo, y lo creo en serio, que la violencia no es un mal recuerdo que se archiva en la memoria y todo se soluciona por arte de magia. Lo podía sentir. Algo dentro de mí iba creciendo. Como un globo de helio a punto de reventar, me empecé a ahogar en una mezcla de rabia, tristeza, impotencia, menosprecio.

Recién ahí, tuve que tomar una decisión. Había llegado a mi propia encrucijada. Me podía quedar en ese pequeño espacio cómodo o podía hacer de toda mi vida una zona segura.

Entonces, sin estar muy segura, elegí el camino largo, el difícil.

Tardé, claro. Pero llegué a la meta: rompí mi silencio, y sí que lo rompí con todo.

¿Me costó?, como no tenía ni idea, pero lo hice por mí antes que por nadie, porque elegí no ser una víctima el resto de mi vida, y porque soy (y sigo siendo) la única responsable de mi misma. Sin embargo, ahora pienso que también lo hice porque los que se preocupan por nosotros no merecen convivir con una persona infeliz.

El primer paso fue el más tranca, hablar. Y hay cosas que jamás le he contado a nadie y no estoy segura de poder hacerlo nunca, al menos no ahora. Primero en terapia, después a mis amigos, luego públicamente cuando comprobé que una voz puede alentar a otra.

Y bueno, recibí la misma cantidad de abrazos que de amenazas, perdí amigos y un novio al que quería. Perdí el respeto de muchos conocidos y muchos desconocidos se identificaron con mi historia. Me gané la mirada desconfiada de algunos y fui blanco fácil de todo tipo de insultos. Sin embargo, el resumen más importante es el mío: aunque fui víctima de la violencia y sus consecuencias, ya no me victimizo.

Vivir sin miedo es invaluable, vale la pena el esfuerzo de ir hasta el fondo de uno mismo y salir sin ese peso, sin cargas ni fantasmas. Vivir con cicatrices pero sin heridas es la voz. Es lo necesario para vivir en libertad. Es la justicia que uno se debe a sí mismo.

Nadie debería atravesar una situación de violencia, NADIE.

Y aunque ahora puedo decir fuerte y claro que yo no merecía lo que viví y nadie, ojo, NADIE me puede decir lo contrario, estoy viva para contarla. Muchas no tienen la misma suerte. Otras aún se encuentran luchando.

Regreso a la noche camino al teatro, en la que también tomé una decisión. O me hacía la valiente y pasaba
al lado del abusador, o cruzaba la pista y bordeaba la situación para no exponerme al peligro.
Elegí el camino largo una vez más, y no porque sea una cobarde, al contrario, lo hice porque me siento lo suficiente fuerte y consciente para cuidar de mi misma.

Mi aprendizaje es que el valor no es enfrentarse al peligro. Valor es cuidarse a una misma.
Eso fue lo que yo elegí y por eso me pongo de pie, no solo este 14 de febrero con un billón de personas que bailarán contra la violencia, sino todos los días.

Gracias a todas las personas que respetaron mi silencio y luego no tuvieron miedo de oír mi voz. Ustedes saben quiénes son.

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