Ya, ya. Puede ser que algunos piensen que cuando uno conoce a alguien y ese alguien te corresponde en todas las formas y colores, nuestro mundo se vuelve perfecto. Nada que ver. El mundo de las relaciones es tan o más complejo que el de la soledad. Seamos honestos, cuando uno está solo vive según sus propias reglas. Cuando uno comparte sus días –y noches-con alguien, está obligado a usar el verbo “ceder”. Y digamos que no es tan fácil como uno cree. Después de todo, ya sabemos que no se puede vivir (solo) del amor.Pero como no soy ninguna aguafiestas y menos ahora que la estoy pasando tan bien con el chico de la piscina -a quien he empezado a ver cada vez más seguido-, les voy a contar lo que me gusta de estar con alguien. Cosas que este chico de ojos marrón claro ha empezado a enterarse por su cuenta, porque una de las cosas que más me gusta de él es que jamás había leído este blog antes de conocerme. Cuando le he preguntado si lo lee ahora que sabe que lo escribo me dice que prefiere la versión “en vivo y en directo”. No sé si será cierto, pero con esa respuesta me hace sonreír como el gato gordo de Alicia en el País de las Maravillas.

El 26 de mayo cumplí dos años de estar sola. Quizás hubo un par de posibles historias pero no fueron más allá, THANK GOD. Puede ser que estuviese feliz con mi soledad la mayor parte del tiempo, sin embargo no voy a negar que hubieron momentos en los que moría por tener alguien a mi lado, literalmente. A mi costadito en la cama, en el cine, en la calle, en el carro, en la vereda, en el mar y bueno, en una piscina también.

¿Por qué?

Me gusta besar. Tener novio siempre ha sido garantía de labios y lengua disponibles las 24 horas del día, siete días de la semana. Claro, siempre existe la excepción inexplicable para mí de aquellos hombres a los que no les gusta besar. Yo estuve de novia TRES AÑOS con uno de esos y fue en realidad frustrante pasar tanto tiempo con alguien para el que un “piquito” equivalía a un beso de verdad, y que además -según él- no necesario en una relación. Y claro que lo es. Además debo añadir que besarlo era peor que chaparse a un pollo crudo. Desde esa experiencia con matices de Hitchcock, siempre me he declarado fan de los besos.

Sexo. Sí, me gusta, me encanta. Como a casi todos los seres humanos. Y a pesar de haber tenido malas experiencias por cuestiones de tamaño, forma, proporción, peso (del hombre en cuestión), experticia, ganas y complejos, me reafirmo en lo dicho. Cuando tienes a alguien no solo disponible, sino deseoso e impaciente por complacerte (y viceversa) todos somos felices, tú, yo y nuestras endorfinas; con el plus del efecto relajante anti stress laboral y de la vida.

Me gusta conversar. Y acá tengo que hacer una confesión que me da un poco de vergüenza, un poquito nomas. A veces hablo sola. También me río sola, bailo sola y no solo en la ducha. A veces me gustaría tener esas conversaciones eternas, divertidas, llena de secretos y chistes privados que después se convierten en el idioma de la intimidad entre dos personas. Y estoy hablando de construir ese mundo propio que solo ambos conocen, un Wonderland privado. Si hablamos de amor, a mí me han dicho de todo y yo también, claro. Sin embargo, me quedo con la expresión “mi amor”. Así es. A veces tengo he tenido ganas de decirle “mi amor” a alguien y como no había nadie se lo decia a mi Blue Ray. “Mi amor, ¿hay que ver una peli? No suena tan mal, ¿no? Igual, no tiene comparación decírselo a un ser humano que también te quiere.

Soy cariñosa. No con muchas personas, lo admito. Pero en cuestión de pareja, me gusta dar cariño. Abrazo como oso panda y hasta una vez le pase un post-it que decía “te amo” a un novio que estaba en baño, ¿vieron que romántica?

Recibir. Confesemos que es nada bueno pensar que el amor solo es cuestión de dar. No somos parte de ninguna caridad ni beneficencia amorosa. NO lo somos. A mí me gusta recibir muchas cosas: sorpresas, besos en lugares inesperados, llamadas antes de dormir, aun mejor, besos antes de dormir, cucharadas de helado en la boca; sin embargo, más que eso, me gusta recibir atención, cariño, tiempo, respeto, un par de oídos siempre dispuestos, honestidad y bueno, esas cosas sin las que una relación sería posible para mí. Pero ahora mismo, ya no extraño recibir ese amor único, especial y exclusivo para mi solita.

He extrañado mucho dormir con alguien. Cuando he estado la persona con la que he compartido mis días muchas, no todas, me gustaba poder hablar en la oscuridad antes de quedarnos dormidos.

Y si ya estamos en este nivel de melcocha, también les cuento que cuando alguien me atrae más y más, me gusta cantar Air Supply o Elton John a gritos ( y a solas, claro está, ¿qué culpa tiene el pobre chico?), hacer planes y no cumplirlos jamás, porque a veces lo más paja de los planes es imaginarlos; hacer planes y cumplirlos, como las dos veces que un novio y yo fuimos a Nueva York juntos; entregar y recibir regalos que valen mucho y cuestan nada, que son de lejos los mejores del mundo.

Me gusta escribir. Me gusta aún más, escribirle a alguien. Me encanta enamorar escribiéndole a ese chico cuentos donde él es el protagonista. Me gusta caminar de la mano. Me gusta que alguien sepa que lo único que no como es el yogurt (bueno, y la patita con maní). Me gusta que me digan Ali y más si ese alguien sabe que la razón por la que odio que me digan Alicia, es porque mi padre solo me llamaba así cuando había hecho alguna travesura.

Y por último, y porque ya me empalagué de mi misma, hay cosas que no me gustan, o mejor dicho, me cuestan. No es tan fácil deshacernos de nuestra rutina de feliz soledad y pasar de ser los amos y señores de nuestra vida para ser la enamorada o novia de Fulanito. Piscina o no piscina, no es tan fácil.

Hay momentos en los que extraño mis silencios, sentir que mi espacio es sólo mío, mis pequeñas pero necesarias rutinas, como ese momento en el que llego a mi casa después de un día de trabajo y me gusta quitarme la ropa, y bañarme en crema de avena en la cama mientras veo series para las que necesito una o dos neuronas máximo; eso me relaja, me hace masajes cerebrales.

Además seamos realistas, la chica perfecta, arreglada, inteligente, alegre, graciosa, sexy y lista para salir que todas queremos ser no está disponible todos los días. Hay días en los que la reemplaza una chica de lentes, con el pelo amarrado en un moño, con la manicure a medio salirse, medias de fútbol viejas, el calzón más feo porque te olvidaste de recoger la ropa limpia de la lavandería, una pijama que consiste en un polo con hueco y el pantalón de franela de tu viejo, varios sectores del cuerpo sin depilar, la cama sin tener, los platos sucios, y un pedazo de pizza de hace dos días como cena. Y la verdad, qué rico es sentirse tan cómoda. Si insistes en estar conmigo el paquete completo te va a tener que gustar.

Esas no son nuestra “otra cara”, esas somos nosotras también. Esa soy yo, también.

Solo me queda por decir una cosa, quizás la que más me cuesta decir en voz alta. Ahora hay un chico que ha venido con todo y ha irrumpido en mi vida, que me gusta y que cumple casi todo lo antes mencionado, tengo que decirles que lo peor de comenzar una relación, de enamorarte o de confiar en alguien otra vez, es la posibilidad de que te rompan en corazón otra vez.

Ese es mi único y gran miedo.

Todo lo demás se resume en una palabra: “ceder”.

POSDATA. Igual ya le advertí a mi chico que si se le ocurre optar por lo primero, lo perseguiré con una sierra eléctrica hasta encontrarlo. He dicho. A mí no me la vuelven a hacer con impunidad. Mujer que previene, vale por cincuenta.

Un par para el álbum.

Esta es para los que piensan que estamos locos.

Esta es para nosotros, que sabemos que todos lo estamos.

Esta es solo porque sabes que me gusta, y que solo estoy loca por ti.