Ayer estuve en la peluquería. Mientras mi “estilista” de confianza me pintaba las puntas del pelo rojas en vez de castañas y lo cortó diez centímetros más de lo que pedí, me preguntó cuál era el acontecimiento porque según su experiencia cada cambio de look va precedido de un cambio de actitud hacia el mundo (y más aún frente al sexo opuesto). Es decir, esa necesidad de renovación viene siempre acompañada de un cambio interno. Bueno, por algo dirán que todo está en la cabeza, literalmente. Sin embargo ¿qué tanto dependemos del atractivo externo cuando de encontrar novi@ de trata?No voy a soltarles el rollo de que la belleza interior lo es todo porque es una contradicción. Aunque yo crea que esto es cierto, todo nos dice lo contrario. Las vitrinas de las tiendas nos dicen que tenemos que tener la talla del maniquí, los catálogos de tiendas por departamento nos gritan que para ser hermosas necesitamos maquillaje, cremas para ser eternamente chibolas, oler rico, usar tacos para parecer más altas, ponernos sostenes con copas y e hilos dentales para ser más sexys, uf! me cansé de todo lo que tendría que hacer y el presupuesto que jamás llegaría a tener para ser si quiera una sombrita de la chica del catalogo que seguro tiene 18 años y es talla cero.

En el otro lado del espectro reconozco, y no tendría porque avergonzarme, que me gusta la ropa, me gustan aún más los zapatos, mi revista favorita es Vogue, solo leo blogs de moda y que, cuando estoy de humor, me dejo poseer por la Cenicienta o la Kate Moss que todas tenemos dentro y me afano en arreglarme para salir.

Esto no me hace superficial, creo. Y aquí las palabras del peluquero cobran sentido. Una arregla por fuera lo que no requiere arreglo por dentro, como un complemento. Por la misma razón cuando por dentro no me he sentido bien conmigo misma, sin importar cuanta pintura, mini falda o peinadito de moda me hiciera, me seguía sintiendo como un trapeador. ¿Porque creen que en ciertos días, semanas o temporadas enteras el espejo es nuestro peor enemigo? Porque nos devuelve cómo nos sentimos, no lo que vemos.

Es normal sentirse fea cuando alguien nos manda al cuerno, si no nos valoran en el trabajo, si tenemos algún problema no resuelto, si pasamos por alguna angustia que afecta a nuestra autoestima.

Yo me sentí la mujer más fea del planeta hasta los 26 años. Suficiente. Cuando llega la autoestima entra por la puerta, los complejos se van al tacho. Y así fue.

Claro que he vivido los nada sanos periodos de odio y desprecio a mí misma. Pero duran los que nosotros queremos que duren. Porque esa es la realidad: la bella imperfección.

Yo nunca voy a medir 1.80, ni voy a tener proporciones perfectas, ni las piernas largas, ojos grandes, ni una frente más estrecha, ni por más clases de spinning o kilómetros que corra, voy a hacer desparecer el rollo de la barriga. Es lo mismo que querer tener una bonita voz o habilidad para hacer operaciones matemáticas en la cabeza. Hay cosas que uno no es ni será jamás.

Lo bueno de eso, es que hay cosas que me gustan de mí, y mucho. Mi piel suave, mis pecas, mi boca, mi espalda, la forma de mis piernas y mi sonrisa (entre otras). Con todo eso, me basta y sobra para estar contenta.

Además, reconozcámoslo. Perfectas solo las modelos, el resto es relativo. Una gran persona puede ser más hermosa que un churro podrido por dentro.

Así que a los patitos feos que solo cuentan los rollos y no las sonrisas, que confunden nuestras hermosas imperfecciones con defectos, solo hay algo que decir: STOP IT! Nadie las va a querer más que ustedes mismas, y solo de ustedes depende empezar a hacerlo YA.

Este es un pequeño post para recordarles y recordarme en palabras de Oscar Wilde que: “Amarse a sí mismo es el comienzo de un idilio que durará toda la vida.”

Esta noche salgo con mi pelo corto y rojo a bailar, porque hoy soy dancing queen, a pretty one.

Buen fin de semana!

Y como no podia ser de otra manera, un poco de Roy Orbison para la hora de vestirse, ¡roar!