A esa persona que hizo popular la frase “los opuestos se atraen”, me gustaría preguntarle sus fundamentos para tal afirmación. ¿A qué se refería exactamente?, ¿estamos hablando de raza, sexo, creencias, gustos musicales, formas de vestir, maneras de pensar? Porque la verdad, estoy en desacuerdo. Empezando por la pregunta básica: ¿qué es opuesto cuando de amor se trata?La última vez que escuché esa frase refiriéndose a mí y a alguien más fue hace más de dos años, cuando el padre de un pata con el que salía dijo que los dos éramos la razón (él) y la pasión (yo). En el momento me hizo gracia, ahora me parece una conclusión bastante superficial, por no decir un poco idiota y sin sentido.

El razonable del hijito de papi y mami en cuestión terminó la relación diseñada por las leyes de la vida y las predicciones paternas como ideal, sin acuse de recibo. Ahora que recuerdo casi con ternura lo cobarde que fue el cerdito de la casita hecha de paja (literalmente), pienso que de opuestos no teníamos nada, es decir, no éramos personas que se complementaban en ningún sentido. Éramos como el agua y el aceite.

Así que ahora tengo el placer de agradecerle públicamente haberme dejado como un pañal sucio, porque la verdad lo nuestro igual iba a terminar si o si en tacho de basura.

Este común malentendido ha hecho que por millones, bueno, no millones, pero si miles de años o de meses al menos, hayan existido generaciones de taradas como yo que se comían el cuento de “soy diferente” y por eso soy “elegible”/”deseable”/”querible”.

Eso no es así.

Lo opuesto atrae porque es nuevo, es distinto; pero ojo, opuesto no significa “bueno” y les aseguro que no garantiza el éxito de una relación.

A las pruebas me remito. Aquí va mi mea culpa.

Durante años, AÑOS, he sido creyente y practicante de la ley de atracción de opuestos. Cuando pensaba que el amor era algo que “pasaba”, y no lo que es: una decisión que uno toma, y conocía a una persona que yo percibía todas esas diferencias como excitantes y sorprendentes complementos para mí y así comenzó el capítulo de mi vida titulado: “que pasen los patanes”. Así, catalogué como “achorado” a un tipo sin educación, a un pendejo como “galán”, a uno que se sabía los dos mismos chistes sin gracia como “gracioso”, como “inteligente”, a un hablador con cierta experiencia en el floro barato como “intelectual”, a un corazón de lata como “misterioso”, a una arrogante como “interesante”, a un superficial como “fashion”, a un conchudo como “el pobre que POR AHORA anda misio hasta que llegue a la fama”. Sí, yo les seguí la cuerda a todos esos y oh!, no es ninguna sorpresa que las cosas no funcionaran con ninguno de esos seres porque en realidad no eran opuestos.

Después ver al sapazo detrás de estas malas interpretaciones de este el hombre ideal para mí, venían las dudas pero MAL DIRIGIDAS: ¿seré yo la que está haciendo las cosas mal?, ¿por qué esto no funciona?, y por último el grito desesperado: “mierda, me equivoqué otra vez”.

Y oh! Sorpresa 2: no es tu culpa que la relación no funcione, tu única culpa es haber creído que esa atracción por la “diferente” te aseguraba un futuro feliz o al menos, un buen rato.

Y lo más irónico de todo, es que por buscar algo distinto que me deslumbrara y me mostrara el otro lado de la luna, no me daba cuenta que estos especímenes ni siquiera eran diferentes sino que YO los miraba con la lupa de la irrealidad o de mis propias fantasías, de lo que yo quería para mí, no de lo que ellos me daban o estaban dispuestos a darme.

Por las dudas, me he hecho una operación a la cornea emocional y me he puesto anteojos correctores permanentes para tratar de no equivocarme otra vez o poder decir NEXT sin corazones heridos de por medio.

Opuesto no significa necesariamente complementario, porque las personas que se complementan pueden ser radicalmente distintas o viceversa. Creo que lo que importa y lo que te une con otra persona es la coincidencia en las cuestiones básicas de la vida, no en si a los dos les gusta Morrissey, Salinger, Truffaut, los labradores o el lomo saltado.

Para los que todavía creen que el hecho que a ambos les guste el helado de fresa los hace especiales, como el lobo feroz les derrumbo su casita de madera.

Yo pensé que con mi chico al que le gustaba el cine iba a ser feliz. La realidad me dijo que podíamos ver todas las películas del mundo juntos pero que el jamás iba a conversar acerca de ellas conmigo, porque no le gustaba conversar.Ese resultó la punta del iceberg de un tremendo problema de comunicación que termino con nosotros.

Yo pensé que el chico ligero de equipaje con el que me divertía tanto al comienzo, le quitaba drama a mi vida y haría que todo fuese menos pesado y más alegre ente nosotros. La realidad me mostró que apenas se aburrió que su entusiasmo era por la juerga, no por mí. Y su “ligereza” de carácter solo era la ingeniosa tapadera de su falta de cerebro.

Ahora me doy cuenta que lo que quiero es lo que siempre quise. No pretendo sonar redundante pero es así. Quiero a mi lado a alguien honesto porque no soporto las mentiras, a quien no le tema a la vida porque ya ha vivido un poco, que no tema mostrar sentimientos ni debilidades (porque queda claro que sabe que esto no lo hace un cobarde), que no pretenda ser otro que el mismo, un pata haga lo que predica, incapaz de cualquier tipo de violencia, educado, generoso, bueno, cariñoso, al que nunca le de flojera ser mejor y que sea capaz de todo por defender a su familia, y a mi.

El resto para mi, es accesorio. Si le gusta el cine bien, si quiere ver más películas a mi lado, mejor. Pero si no quiere, no importa.

Hasta ahora, luego de un breve periodo rocoso en el camino de “nos estamos conociendo” yo ando así, valorando lo que me hace querer a alguien y restándole peso a lo que es descartable en una relación.

Miren a su costado y verán si están con su futuro cercano, lejano, a medio plazo o con un lobo vestido de Caperucita. Sorpresas nos damos nosotros mismos.

Y es así como estoy hoy, feliz. El mañana, nadie lo sabe. Lo bueno, es que me siento segura de haber tomado el camino largo y no cruzarme con un lobo que derrumbe con una comba mi casita de ladrillos.

Un regalito para las que están con un lobo: Yo no voy a ser tu chica.

Una canción que me pone de buen humor todos los días, ahora que ando de buen humor todos los días.