Tengo que admitir que he dejado de creer que en el amor unas tres veces en toda mi vida. Pero, siempre terca y optimista, después de un tiempo, he vuelto a las andadas y volvía a conocer al “siguiente capítulo” de la novela –a veces bonita, otras de terror- en que admito he convertido algunos periodos de mi vida. Pero si alguna vez me he caído de cara en una pista con caca de elefante, de la ultima pensé que no sobrevivía. Pero lo hice. ¿Quieren saber cómo?

Ahora que espero que sean las seis de la tarde para ponerme el short, la casaca, las zapatillas especiales para corredores de distancias largas y mi inseparable IPod, pienso con orgullo que correr me sanó.

Paso 1 (que como todo en esta vida, tiene un comienzo).

Estaba escondida sola en la casa de playa aquella vez que decidí alejarme de todo un poco, convencida de que esa vida me iba a ayudar a encontrar esa paz interior en la que ya trabajaba diariamente. Pero claro, lo sedentario de ese oasis de tranquilidad en el que me quería quedar para siempre, tenia un gran contra: mi máximo ejercicio físico era de la casa a la playa y de ahí a la piscina. Y la verdad, convertirme en una especie de Dalai Lama disfrazado de papa rellena no era la voz.

Apenas los rollitos empezaron a amenazar con reproducirse pensé: no es sólo vanidad, si voy a hacer esto (léase sentirme bien conmigo, lo externo va de la mano con lo interno). No digo que para estar feliz hay que ser una talla tallarín, pero si el peso en el que uno esta contento. Punto.

Y bueno, yo siempre he llevado como cinturón un rollo del que nunca me he podido librar, por más abdominales, máquinas, dietas y spinning que haya hecho en la vida. Así haya llegado a mi talla ideal y hasta menos, siempre han estado ahí como los antipáticos que malogran la fiesta y evitan que tenga, como toda mujer normal, eso que llamamos cintura. Yo jamás seré como una “botella de Coca cola” y seguro tendré “ochenta libras de libra de cadera que no son cadera”. Maldito General. Esas letras me provocan comerme siete pasteles de choclo y un pollo a la brasa al mismo tiempo.

¿Cuáles eran mis opciones?

El gimnasio más cercano a 40 kilómetros ida y vuelta, así que tendía que usar mi imaginación. Miré al mar.

Primero me mato, pensé, ya estuve a punto de ahogarme unas siete veces y aunque sé nadar bien, no me arriesgo a hacerlo en una playa no muy mansa y casi desierta como era esa. Una cosa es chapotear y estar lanzándome aventones durante horas, otra era convertirme en José Olaya. No, muchas gracias.

Muy lista yo, pensé en su automático reemplazo: la piscina. Entusiasmada, compré el gorrito, lentes, y estuve varias noches pensando si existía un IPod para utilizar debajo del agua. Claro, no calculé que soy peor nadando que un ancla.

Las veces que lo intenté, era una bola de brazos y piernas que no encontraban coordinación alguna, me quedaba sin respiración al medio segundo y me hundía como si tuviera una bolsa de cemento en la espalda.

¿Dónde se quedaron los años de clases de natación?, ¿los cuatro estilos de nado que supuestamente me enseñaron a la perfección y el popular perrito que todos sabemos hasta por instinto?

Mi única conclusión es que todo no se recuerda como montar una bicicleta. Y antes de seguir tragando agua con cloro y bajar calorías solo en mis intentos por no fondearme, regresé a mi casa y me tiré a ver televisión con un salchipapas. Cosa que hacemos muchas y muchos cuando no estamos contentos con nuestra vida: comer.

Mientras le echaba otro round de mayonesa a mi plato, miraba mi ex programa de televisión basura/placer culposo favorito, “Keeping up with the Kardashians” y pensaba en el cuerpazo que tiene Kourtney, la mayor de las hermanas. Masticando otro bocado, pensaba: “claro, con esa plata, quien no se ve así, quien no puede hacerse la cirugía a donde les de la gana (yo en una me hacia la lipo-cintura, si existiera este procedimiento quirúrgico), quien no tiene personal trainner, cocinera y mil asistentes para dedicarse solo a escoger que ponerse encima de ese cuerpo regio”.

Y entonces vi la luz. Mejor dicho, la arena.

En este capitulo de Kourtney obligaba a Khloe, la hermana “gordita” para los que no ven la serie (no es una recomendación, yo ya dejé de verla después de dos temporadas; ahora mi placer culposo es The Bachelor, que tampoco lo recomiendo) a correr con ella por las playa.

Mientras Khloe renegaba por no entender porqué demonios hacían haciendo ejercicio en una playa de Miami cuando podrían estar tiradas de panza tomando sol (cosa que yo hacia diariamente) y ocho daiquiris. Cuando Kourtney le dice que lo mejor para tener una cuerpo perfecto, bajar la grasa y tonificar (¿juat?) los músculos era correr sobre la arena porque según la según ella, esta servía de resistencia y los músculos tenían que esforzarse más.

Ajá. Como a las Kardashians no les creo nada, fui de frente a que Google le diera la razón a Kourtney. Volteé a mi derecha. Cachetada de realidad para mi. ¿Qué había frente a mí? Una orilla de mar de kilómetro y medio.

¿Qué me faltaba? Algo de lo que me había deshecho: música (cuando estoy muy triste, no soporto oír canciones por miedo a que traigan consigo recuerdos no deseados). Fue fácil rellenar mi pequeño reproductor de sonido. Pasé de no oír música a los últimos éxitos de Lady Gaga, Rihanna, Katy Perry, Taylor Swift y muchas otras cantantes y bandas que, en otras circunstancias no habría escuchado jamás. ¿O alguien esperaba que corriese al ritmo de lo mejor de Belle & Sebastian? Claro que no, tenia que ser como Stallone en Rocky I cuando llega al tope de las escaleras o Jennifer Beals en la ultima escena de Flashdance. Además, claro puse algunos clásicos motivadores como los Rolling Stones, Queen, éxitos clásicos de los 80 y Madonna, siempre bienvenida en todas mis listas de hits.

Llegado este punto ¿alguien pensó que este blog se convirtió en uno de deportes o de autoayuda? Bueno, quizás si de autoayuda para mí misma. Soy la mujer mas floja del universo, prefiero ir en carro a comprar papel higiénico a Metro (que queda a cuatro cuadras) que caminar. He sido la reina del spinning por años pero era porque una vez subida en la bicicleta no me podía bajar y además había música de fondo. Pero otro tipo de deporte, nunca.

Por eso a mi aún todavía me extraña –y me gusta- que a la hora de correr nadie me para. Así que no estoy recomendándole a nadie que con deporte se sana el corazón y órganos cercanos. Nadie ni nada puede garantizar eso, cada uno encuentra su manera de sortear lo toca vivir. Ain´t no mountain high enough.

Pero, siempre hay un pero, correr no era todo.

Por más tiempo fuera que me estuviera dando, tenía varios pendientes. Con el pasado, con el presente y, muchos más, con el futuro.

Y yo, a pesar de sentirme en un buen camino hacia otra forma de vivir, no lo estaba del todo. Por algo me había largado de mi vida de todos los días. Renovarse cambiando de lugar geográfico es un paso, cambiar la dinámica de mis relaciones emocionales, otra muy distinta y mucho más difícil. Tenia que aplicar todo el trabajo interior hecho pero no solo el tiempo que duró la terapia, sino todos los días. TODOS.

Y si alguien ha pasado algún proceso de cambio, sea cual sea, sabe que trasladar lo que aprendes (y entiendes) con el cerebro y convencer al corazón caprichoso, a las emociones que nos hacen daño y a esos recuerdos que lo único que te mandan para atrás de un combazo, es realmente tranca.

Según Haruki Murakami, mi entrenador literario, cuando uno corre largas distancias tiene que tener la mente concentrada en nada, en el paisaje, en lo que ve, en lo que escucha. No en lo que los pendientes del día, ni en las preocupaciones, ni en recuerdos de fantasmas que atacan de repente.

Yo no tengo ese poder de control de mi mente hiperactiva que abre archivos que no quiero ni ver, pero poco a poco, pisada tras pisada me fui acostumbrando a dejar atrás todo eso que yo misma hacia aparecer en frente mío y que me impedía ir hacia delante: recuerdos de pasado malo, caras que no quería recordar, palabras que ansiaba olvidar, arrepentimientos, penas, vergüenzas, rabia y mucha, muchísima frustración. Quizás esto es lo que mas me costó dejar atrás. El “no haber hecho las cosas de otra manera”, o “el haber elegido mal”.

Pero ¿qué creen? Llega un momento “We are the champions, my friend” (Queen). Si, uno logra lo que se propone. Y yo siento que bueno, aunque no fue de golpe sino más bien kilometro a kilometro, logre mucho. De a pocos. Ese pasado que me hincaba como si me hubiera comido una espada samurái ya no me duele nada. Esas palabras que no podía pronunciar ahora las digo libremente, esas cosas de las que ya no me provoca hablar no lo hago, esos lazos que me unían a personas que no me hacían bien los he roto, esos malos hábitos que me producían mis propias carencias los bote a la basura.

Como la vida sigue, los problemas continúan así como las alegrías. ¿De eso se trata no? Siempre hay algo de que recuperarse. Bueno, yo encontré mi formula. Y ya es como una alerta automática en mi. A pesar de haber dejado de salir tan seguido y haberme vuelto intermitente porque este frio inusual y por queme duela el coxis por la sacada de mierda que me metí la otra vez en una vereda mojada por la garua, y me tenga que sentar de ladito, como la “señorita de su casa” que esta bien claro que no soy, porque no existen y punto. Esas son parte del imaginario de la gente hipócrita.

Yo soy una mujer que corre, que se cae (literalmente) y que después de un par de días de analgésicos, volverá a correr. También soy una mujer que sabe que siempre habrá problemas, perdidas, dolores, y sabe también que eso pasa, todo pasa y para mi pasa más rápido si no dejo de correr.

Por eso, corro cuando necesito un rato a solas, cuando quiero pensar, cuando no quiero pensar en nada, para sacar de mi ese residuo de malos ratos, discusiones, pero también cuando me quiero engreír, correr es ese espacio que me hace disfrutar de vivir a cinco cuadras del malecón, ver cosas que me gritan que el mini mundo en el que a vivimos encerradas no lo es todo; hay gente que pasea a sus perros, vendedores de comentas, no se si esto suene cursi y si es así no me importa: a mi correr me hace sentir que estoy pisando una parte del mundo, que soy una parte del mundo y eso me gusta. No si será el aire con olor a mar o las endorfinas que nos hacen tan felices, pero es así. Correr me reconcilia conmigo, con el mundo y si pues, me hace feliz.

Empecé a corriendo un kilómetro y medio al día, y casi tres años después, ahora en el asfalto, ya me estoy preparando para mi primera maratón en noviembre.

Por eso digo siempre que no corro para olvidar, ni para evadir, sino corro para avanzar.

Y bueno, de eso hablo cuando hablo de correr, parafraseando a Murakami que a su vez parafrasea el titulo del maravilloso libro de cuentos de Carver “De que hablamos cuando hablamos de amor”. Y de amor seguiremos hablando. Hasta el próximo post.

Por eso, mi eterno agradecimiento a Kourtney Kardashian y su culo de silicona, al “Born this way” de Lady Gaga y a mi estilo de nadar “peso muerto”, las tres cosas que me iniciaron en esto que ya se hizo un vicio en mi. Tanto así que cuando salgo a correr siento casi el mismo placer que cuando salgo a comprar ropa (no bueno, nunca tanto, pero casi).

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Canciones para aguantar el frío hasta que se acabe.

No me gustaba Lana del Rey hasta que escuché esta canción. Lo mismo me pasó con Lagy Gaga.