No les recomiendo que viajen a Siria en estos momentos. Sería poco razonable considerando los eventos de los últimos meses. Siria es un país muy atractivo para conocer, pero hoy no hablaré ni de la hermosa ciudad de Damasco o de su mezquita Omeya y su concurrido bazar. Tampoco de lo bellas que son las milenarias ruinas de Palmira al amanecer, ni de la pujante ciudad de Alepo, ni del Krak des Chevaliers, considerado como el prototipo del castillo perfecto. Con la entrada de hoy quisiera rendir homenaje al pueblo Sirio, que está sufriendo a causa de la sed de poder de su líder.

Llegué a Siria en julio del 2008 junto a tres amigos. Entrar a un país cuyo gobierno tiene fama de totalitario te da un cierto sentimiento de inquietud. Mucho más cuando once años atrás había intentado ir, pero la guardia fronteriza me impidió la entrada bajándome del autobús y poniéndome en el primer carro que volvía a Jordania, todo esto por un sello egipcio en mi pasaporte, por el que dedujeron que había estado en Israel.

El taxi nos dejó recién caída la noche delante del Bab-al-Jabiyah, la puerta que conduce al souk (mercado cubierto) de la Ciudad Antigua. Un enorme letrero iluminado de Bashar Al Assad nos dio la bienvenida diciendo:
–I believe in Siria.

El retrato del presidente se encontraba en grandes letreros públicos, colgado en la pared de casas y negocios, o en afiches pegados en los muros de la vía pública. A veces se le veía solo, otras veces acompañado por su difunto padre o por el líder de Hezbollah, la milicia chiíta del Líbano. Solo o acompañado está en todas partes: mirando, observando y vigilando con ojos fríos y una mirada seria y distante. Salvo cuando dice que cree en Siria. Ahí sí sonríe. Me pregunto si su manía de colgar fotos es una manera de aumentar su ego o si es una táctica de intimidación hacia la población diciendo:

–Cuidado con lo que dices o haces, que te estoy mirando.

En ese contexto es difícil saber qué esperar de los habitantes de ese país. Yo los imaginaba fríos, serios o distantes como el retrato de su líder, pero me equivoqué. Son gente encantadora.

El primer contacto humano que tuvimos fue en un restaurante al que llegamos muertos de hambre después de haber pasado el día viajando y haciendo trámites fronterizos. Lo primero que nos llamó la atención fue que en el restaurante todo era sonrisas hacia nosotros, desde el mozo hasta los parroquianos. La comida también fue una agradable sorpresa comparada a la simplicidad de la comida en Jordania. En este último no tienen una gran tradición culinaria ya que son un pueblo nómada. En Siria, donde tienen una tradición urbana milenaria, se puede degustar diversos platos como tomates y pimientos rellenos, variedad de entradas y ensaladas llamadas mezze y platos elaborados con sazón.

Las sonrisas se convirtieron en un elemento constante de un viaje que nos brindó varios encuentros memorables. En el centro de Damasco un chico nos hizo señas desde su balcón y nos invitó a su casa a tomar té. En su hogar conocimos a su madre y a sus hermanas y nos mostró orgullosamente sus pertenencias más valiosas, incluyendo una bandera del Barcelona y un enorme equipo de sonido con parlantes que ocupaba prácticamente toda la pieza. Poco después llegó un hombre apenas un poco mayor que el chico, y este nos explicó con gestos que era el nuevo marido de su madre, lo cual nos dejó algo sorprendidos. El intercambio con esta familia fue conmovedor a pesar de no tener un solo idioma en común.

En Aleppo tuvimos una conversación muy interesante con un chico de 28 años, heredero de una familia que fabrica jabones desde hace varios siglos. Su apellido, Zaboni, es una palabra que dio la base etimológica para la palabra “jabón” en varios idiomas. Luego surgió un debate con uno de mis compañeros de viaje. Yo opinaba que en un país arabe-musulmán la sexualidad no se vive tan libremente como en Occidente, mientras que él decía que probablemente esas eran apariencias. Aprovechamos nuestro encuentro con este chico para preguntarle su opinión con respecto a temas referentes a las relaciones sentimentales y al sexo. Nos indicó que era absolutamente necesario que su mujer llegue virgen al matrimonio. Nos confesó que aún era virgen. Le preguntamos cómo podría estar seguro de que su eventual esposa fuera virgen a falta de experiencia. Respondió que esas cosas se sabían. Mi amigo concluyó que nuestro interlocutor era un poco inocente. Al terminar nuestra conversación nos regaló unas barras de jabón procedentes de su fábrica familiar.

En el pueblo montañoso de Safita vagamos por las calles buscando urgentemente un restaurante. Le pedimos direcciones a una chica que estaba entrando a su casa y esto resultó en que nos invitara a tomar un té y unos bocadillos con su familia en la terraza. El padre era un hombre de negocios cristiano que tenía tres hijas estudiantes. Todos nos estresamos un poco cuando un amigo dijo que quería hacerles una pregunta que probablemente no nos iba a hacer mucha gracia. Nos imaginamos que iba a preguntarle a las hijas si era cierto que todas las mujeres en Siria llegaban vírgenes al matrimonio (un tema del que habiamos hablado ampliamente durante el viaje) , pero la pregunta fue aun más delicada:

–¿Qué piensan del gobierno de Al Assad?

El señor nos explicó que a pesar de sus limitaciones, estaban satisfechos con su gobierno, especialmente siendo cristianos. Dijo que el hecho que la familia Al Assad pertenezca a la secta Alauita, minoritaria en el país, aseguraba que los grupos religiosos mayoritarios no quieran disputarse el poder, y nos citó el ejemplo del vecino Iraq, que desde la caída de Saddam Hussein ha sufrido olas de violencia entre los principales grupos religiosos, donde la minoría cristiana ha sido la principal víctima. Nunca sabremos si la respuesta de ese hombre era sincera o si la dio para evitar problemas.

Los encuentros humanos continuaron a ser una constante del viaje. En el pueblo cristiano de Malula, un señor nos guió por entre las casas para mostrarnos un punto desde el cual podíamos ver bien el pueblo. En el barco para ir a la isla de Harwad pasamos un buen momento con una simpática familia de turistas locales. El taxista que contratamos para llevarnos a visitar las ciudades muertas alrededor de Aleppo nos invitó a su casa al volver de la excursión. En el pueblo vecino al Krak des Chevaliers una familia nos invitó a asistir a una boda, pero desgraciadamente no pudimos ir por falta de tiempo.

Estos y muchos otros encuentros fueron la parte más memorable del viaje a Siria. Más memorable que los bazares, las ruinas, los castillos, los monasterios o las ciudades muertas. Yo también quiero creer en Siria, como nos dijo el cartel gigante en Damasco. Quiero creer que va a poder salir de esta crisis y conseguir una paz política y social duradera donde los sirios podrán seguir viviendo en paz consigo mismos, sean sunitas, chiitas, alauitas, cristianos o druzos sin necesidad a recurrir a un dictador para asegurarla. Un pueblo tan bueno se merece algo mucho mejor.

Cuéntenme si alguna vez han visitado algún lugar bajo un régimen totalitario y cuales fueron sus impresiones.