Una de las cosas que más me apasiona de viajar es la posibilidad de cambiar radicalmente de realidad tras pasar varias horas en un avión seguidas de algunas más de transporte publico. Un día estás en un lugar donde haces las compras en un supermercado que se aprovisiona con camiones y al día siguiente llegas a un pueblo donde el concepto de supermercado es desconocido y las provisiones vienen a lomo de camello. Desde este punto de vista, al viajar tienes la impresión no solo de atravesar kilómetros, sino también de volver en el tiempo. Por lo menos el día de hoy. Quién sabe, en cincuenta o cien años el mundo será tan uniformizado que este tipo de experiencias se volverán extremadamente raras o serán reproducidas artificialmente en parques de atracciones.

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En lo que preparaba mi itinerario para ir a Etiopía, encontré una mención de tres líneas en la guía Bradt sobre un mercado dominical en el pueblo de Senbete, adonde acuden miles de personas procedentes de las comarcas vecinas y no tan vecinas. Hice una búsqueda por Internet pero no encontré mayor información al respecto ni de cómo llegar ni de dónde dormir. Así que la mañana después de llegar a Addis Abeba fui a la gran parada de autobuses al norte de la capital para dirigirme hacia Sembete.

En Etiopía, a causa de las grandes distancias del país, los autobuses de larga distancia salen temprano por la mañana para evitar conducir durante la noche. Felizmente encontré junto a la estación de autobuses un inmenso estacionamiento lleno de combis y custers que salían hacia destinos más cercanos. La gente me orientó hacia un minibus que partiría rumbo a Showa Robit, 200 kilómetros al norte de la capital. Por supuesto que no salimos de inmediato, sino que esperamos a que el minibus se llenara. Pasé una hora y media comprándome una Coca-Cola, leyendo, intercambiando sonrisas con los pasajeros y siendo el blanco de múltiples miradas de curiosidad:

-Ferenj!! Ferenj!!

Me señalaba la gente al verme. No suele ser muy común ver a un extranjero tomando combis interprovinciales en Etiopía.

© Daniel Barreto

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Finalmente partimos como a las once. El minibus se detuvo en la ciudad de Debre Birham para dejar y recoger pasajeros. El paradero de Debre Birham no es diferente a estaciones de autobus en otros lugares del mundo. Gente va y gente viene. Se despiden de sus seres queridos. Vendedores ambulantes se acercan a ti para venderte snacks. Hay un sentimiento de espera, expectativa, y bullicio.

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Antes de partir vi un espectáculo insólito y triste: un grupo de ovejas vivas amarradas y amontonadas las unas sobre las otras encima del techo de un vehículo.

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El camino a Showa Robit es espectacular. La ruta zigzaguea hasta llegar a un pase a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar con vistas sobre los valles y acantilados circundantes. Llegué a Showa Robit luego de descender hasta un valle y de pasar por el pueblo de Debre Sina.

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En Showa Robit encontré una camioneta llena de pasajeros para acercarme los treinta kilómetros que me separaban de Sembete. Los otros pasajeros me aconsejaron continuar 9 kilómetros más hasta el pueblo de Ataye porque en Sembete se supone que no había alojamiento. Llegué a Ataye ya entrada la noche, muerto de hambre y de cansancio. Desgraciadamente en el único hotel visible del pueblo me ofrecían una habitación cómoda aunque muy huachafa por el equivalente de 25 dólares y en la que la mayor parte de focos no funcionaba y el agua en el baño tampoco. Después de haber visto un pulgoso hotel escondido a unos metros más, negocié un precio de 12 dólares la noche por una habitación menos glamorosa pero sin baño privado. Tomé una ducha fría y me fui a comer al restaurante del hotel. Para la cena, lo único que había en el menú eran tibs, pedazos de carne asada servidos un panqueque tradicional llamado injera.

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El domingo me levanté a las siete para ir hacia Sembete. Una combi atiborrada de pasajeros me dejó en el pueblo que consiste solamente de algunas casas y comercios distribuidos a ambos lados de la ruta.

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A unos metros de donde me bajé encontré un terreno baldío que comenzaba a recibir una multitud de camiones, autobuses y camionetas repletos de gente y mercancías. Un camino conducía por una quebrada hacia una planicie adyacente a un riachuelo donde poco a poco la gente iba armando sus puestos. Tuve que hacerme hacia un lado para no ser atropellado por caravanas de camellos que llegaban cargados de frutas y verduras.

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Conforme fue avanzando el día la planicie fue totalmente cubierta por un hormiguero de actividad. El mercado estaba informalmente dividido en sectores. La zona contigua al terreno de estacionamiento contaba con quioscos de esteras que servían té y comida. La planicie baja recibía a los agricultores que vendían sus productos. Entre los quioscos de comida y los agricultores estaba la zona de productos fabricados donde se pueden encontrar cestas tejidas a mano para guardar el injera, así como productos de toda índole fabricados en China.

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El riachuelo concentraba gente llenando contenedores de agua para la venta o para el consumo propio. A su vez esta gente tenía que cederle el paso a los mercaderes que cruzaban con sus camellos apresuradamente.

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En el mercado se podía observar gente de diversos orígenes y religiones. Mujeres cristianas con una cruz tatuada en la frente, musulmanas cubiertas por un velo, gente de las etnias Ahmara, Oromia y Afar.

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Al otro lado del riachuelo estaba un área cercada donde se vendía el ganado: había ovejas, vacas, toros, burros y camellos. Los vendedores de camellos se desmarcaban del resto de vendedores por pertenecer a la tribu nómade de los Afar, a quienes se les puede distinguir por sus peinados estilo afro y por tener un peine colgado de la cabellera.

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El panorama con tanta actividad resulta confuso para la vista.

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Al final es imposible no quedarse horas observando tanta actividad.

Para alguien acostumbrado a la modernidad y a la comodidad del comercio estandarizado es imposible no quedarse horas observando la gente, los animales, sintiendo los olores y escuchando la multitud de sonidos. Es todo un espectáculo.

Los dejo con dos videos que saqué tratando de capturar el ambiente del mercado. Saludos y ¡hasta la próxima!