Debo confesar que El Salvador no era particularmente prioritario en mi lista de países a visitar, pero hace varios años mi pareja vio un documental sobre este país y se quedó con las ganas de ir, así que aquí estamos.

Creo que la imagen que se suele tener sobre El Salvador está ligada su triste historia reciente. Este país está anclado en mi memoria infantil porque recuerdo que durante la primera mitad de la década de los 80 pasaban las noticias en la radio durante el camino entre mi casa y el colegio y creo que no había un día en el que el locutor no leyera una noticia sobre alguna bomba, batalla o masacre en aquel lugar. Después de emigrar a Canadá, tuve la oportunidad de conocer a muchos salvadoreños y de enterarme de la fama que tienen por ser gente muy trabajadora.

El Salvador

El trámite migratorio fue bastante rápido. La entrada a El Salvador es válida también para Guatemala, Honduras y Nicaragua. Debido a que no contábamos con tanto tiempo, decidimos ir saltearnos San Salvador e ir directamente a la ciudad de Santa Ana. Con solo 20.000 km2, el país es muy fácil a visitar. La distancia entre el aeropuerto y la capital es de 50km, y Santa Ana se encuentra 70 km más allá. Reservamos una habitación en Villa Napoli, donde Rosy y su hijo Alfredo nos recibieron con mucho cariño en su acogedor albergue con piscina y jardín tropical.

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La primera impresión: la carretera del aeropuerto a San Salvador y a Santa Ana está muy bien mantenida. La segunda, parar en una gasolinera con un guardia armado de un arma de alto calibre en la puerta.
- No es que sea peligroso – Nos dijo Alfredo – Es más bien para que los clientes y los turistas se sientan seguros.
Aun habiendo nacido en América Latina, ver a guardias armados con fusiles y ametralladoras en todos los comercios hace todo menos hacerme sentir seguro. Me pregunté si en el caso que una banda de delincuentes viniese a asaltar la gasolinera, el hombre de la entrada estaría dispuesto a arriesgar su vida por los $300 al mes que recibe como sueldo. Como fuimos constatando durante el viaje, la seguridad es una obsesión nacional, algo totalmente entendible dentro del contexto histórico del país.

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A la mañana siguiente subimos al volcán de Santa Ana. En el camino pasamos por la comunidad del Congo, con una vista privilegiada del lago Coatepeque. Una señora y sus dos hijas preparaban una suculenta sopa para vender a los viajeros, así como unos chips de plátano frito caseros con una riquísima salsa picante.

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Hay que llegar a la base del volcán antes de las 11 a.m. Solo se puede subir una vez al día y se hace con una escolta policial. El ascenso cuesta 8 dólares.

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Subir a la cima del volcán (2381 metros) no es particularmente difícil.

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La cima ofrece vistas espectaculares de la comarca y un paisaje casi extraterrestre.

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En el fondo del cráter hay un lago de azufre de un verde intenso.

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Al pie del volcán se encuentra el pintoresco lago Coatepeque.

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Es posible bañarse en sus aguas cristalinas. En sus orillas se encuentran casas de lujo pertenecientes a la elite del país y varios restaurantes y hoteles donde la gente disfruta de la practica deportes acuáticos y de un buen almuerzo.

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Lo que no podía faltar: la música y la gente bailando. El Salvador es uno de los 10 países más felices del mundo, según el Índice Mundial de la Felicidad. A los salvadoreños les encanta bailar, sonreír y son muy amables. Nunca olvidaré a esta pareja bailando con mucha energía al son de Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra. (Continuará)

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