La oficina de turismo de El Salvador promueve la llamada Ruta de las flores como uno de los principales circuitos turísticos del país. Este incluye pueblos pintorescos, zonas cafeteras, montañas y lagunas. Partimos temprano en una movilidad universitaria de Santa Ana a la ciudad de Ahuachapán. Ni bien bajamos caminamos un par de cuadras y abordamos un pintoresco microbús (o camioneta, como les llaman allá) rumbo al primer pueblo de la ruta.

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Los pasajeros del micro nos dieron la bienvenida con sonrisas y miradas de curiosidad. Aparentemente no es común que extranjeros se paseen en micro. Muchas personas nos desaconsejaban de viajar de esta manera, pero en ningún momento sentimos inseguridad.

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Como la mayor parte de camionetas centroamericanas, esta venía decorada con diversos mensajes religiosos, aunque detrás de ellos se puede leer informaciones básicas en inglés tales como “Emergency exit” o “Portland School District”. La mayor parte de unidades de transporte público fueron en una vida anterior autobuses escolares en Estados Unidos. Un interesante documental llamado “La Camioneta” cuenta cómo uno de estos vehículos pasa de transportar a los hijos de la ‘gringolandia’ profunda a convertirse en un colorido chickenbus.

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El bus comienza a subir por una ruta sinuosa dejando atrás la poco agraciada Ahuachapán. No hemos andado ni 20 minutos y nos bajamos en el pueblo de Concepción de Atacó. El centro es pequeño y predomina un estilo colonial sencillo, pero agradable. Caminamos por la plaza, las calles. La gente nos saluda, se quita el sombrero, nos hace venias. De vez en cuando algunos hombres me comienzan a hablar en inglés a pesar de que les contesto en castellano. Supongo que quieren practicar el idioma que aprendieron en el norte antes de regresar a su país de forma voluntaria o forzada. La tercera parte de los salvadoreños (unos 3 millones) viven en el extranjero y la gran mayoría de ellos lo hace en Estados Unidos.

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Después de una hora de recorrer las calles y admirar los murales que adornan sus casas, decidimos avanzar. Nos acercamos a la salida del pueblo y subimos a otra camioneta. Diez minutos más tarde llegamos a Apaneca.

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Apaneca está rodeada de plantaciones de café. Imposible desviar la mirada de las colinas cafeteras que dominan el pueblo. No sé si será porque llegamos más tarde, pero nos pareció más animado que Atacó. Primera parada, la municipalidad, donde nos aconsejaron una caminata entre las plantaciones de café para llegar a la Laguna Verde.

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A la salida de Apaneca vimos un letrero que anunciaba: Café, Café; cocina peruana. Decidimos comer allí al volver de la caminata. Cruzamos un caserío, luego una hilera de casas de un estilo medio alemán y medio exótico, y comenzamos a subir varios kilómetros monte arriba. Al borde del camino se podían divisar elegantes haciendas cafeteras. La próxima vez que vaya a El Salvador, trataré de quedarme un par de días en una hacienda cafetera.

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Después de una hora a pie llegamos a la Laguna Verde, una laguna de origen volcánico rodeada de un bosque. El punto no podría ser más idílico. Es una pena que el paisaje esté contaminado por varios desperdicios plásticos. Como es el caso en la mayor parte del mundo, la gente consume más, pero ni se le educa a cuidar el medio ambiente ni se crean los medios para tratar correctamente la basura.

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Volvimos a Apaneca con ganas de una buena causa y ají de gallina, pero desgraciadamente el restaurante estaba cerrado. Pudimos apreciar un poco más la arquitectura del pueblo antes de que comenzara a llover bastante fuerte.

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Fue curioso ver a una oficina del FMLN, el partido de la antigua guerrilla, justo al frente de una oficina de ARENA, el principal partido del país durante la guerra civil. Hoy El Salvador da la impresión de haber sanado sus heridas. Quizás algunos de los lectores salvadoreños pueden dar su opinión al respecto.

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La siguiente parada fue la ciudad de Juayúa. Si bien los libros turísticos consideran a esta ciudad como uno de los principales atractivos de la zona, después de los pueblos anteriores, no nos pareció la gran cosa. Juayúa alberga todos los fines de semana una feria gastronómica a la cual no tuvimos oportunidad de asistir.

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Pudimos tomar un bus a Santa Ana justo a tiempo antes del temporal siguiente.

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Llegando a Santa Ana pudimos pasear un poco en el centro colonial,

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y comer las famosas pupusas: unas tortillas de maíz rellenas con queso y carne de chancho.

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Por la noche, quisimos pasar por un cajero para retirar plata. Alfredo insistió orgullosamente en llevarnos a uno dentro del pequeño mall de Santa Ana, para que lo veamos. Al día siguiente nos despedimos de El Salvador. No nos quedamos mucho tiempo, pero tuvimos una grata experiencia. Si bien tiene que competir turísticamente con los restos arqueológicos mayas de Guatemala y con la biodiversidad de Costa Rica, creo que están poco a poco consolidándose como un destino turístico alternativo. Desgraciadamente no pude visitar ninguna de sus playas, pero su litoral Pacífico tiene fama por sus buenas playas y excelentes olas. Si bien los pueblos de la Ruta de las Flores son modestos a comparación de los mas bellos ejemplos de arquitectura colonial como Antigua o el Cuzco, creo que la manera en que estan conservando la arquitectura de estos pueblos es un ejemplo a seguir en otros paises como es el caso de Guatemala o Perú, donde la arquitectura tradicional está siendo reemplazada por horrores de bloques grises o de ladrillo sin tarrajear.

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Ahora nos toca pasar dos fronteras internacionales en un mismo día para poder visitar la que muchos consideran la más bonita de las ciudades mayas.

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