A las afueras de la aldea de Noratus y a orillas del lago Sevan, en medio de un paisaje desolado y amarillo, se encuentra el cementerio de Noratus con su mezcla de estelas medievales llamadas Katchkars y de monumentos fúnebres modernos pero no por ello menos impresionantes. Situado a 100 km de la Yerevan, la capital Armenia, y a medio camino entre las ciudades de Sevan y Martuni, llegar hasta allí y volver por mi cuenta no parecía una tarea fácil. Estudié bien el mapa y me dirigí al terminal terrestre de Yerevan y tomé el primer minibús con dirección de Martuni. El minibús me dejó al borde de la carretera y emprendí el camino hacia la aldea contemplando el magnífico paisaje compartiendo el momento con el viento y con la canción de Andrea Bocelli que sonaba en mi I-Pod.  Unos diez minutos después sin siquiera haber alzado la mano, un viejo lada se detuvo y su conductor me propuso llevarme hasta el cementerio donde me dejo luego de despedirse en ruso y regalarme un paquete de galletas.  La luz dramática del atardecer iluminaba las antiguas piedras y pase un buen par de horas disfrutando del paisaje, del viento y de la soledad. Terminada mi visita caminé tres kilómetros por las calles vacías del pueblo recibiendo sonrisas ocasionales de la parte de alguna anciana hasta llegar a la carretera. . Solo me quedaba tirar dedo y esperar que un carro me recoja. Como el viento comenzaba a soplar más fuerte y pronto caería la noche, experimenté un breve instante de preocupación, pero diez minutos más tarde se detuvo un carro con dos jóvenes volviendo para Yerevan. Una hora y media después, estaba de vuelta en mi albergue.

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Sin duda la forma más fácil de llegar a Noratus era unirme a algún tour y compartir el momento con entre 4 y 20 bulliciosos desconocidos para visitar el lugar rápidamente y no necesariamente durante la hora más dramática. Otra opción bastante más costosa hubiera sido contratar un taxi que me lleve hasta allá, me espere y luego me traiga de vuelta. También podría haber alquilado un carro, pero no me gusta manejar, sobretodo en lugares que no conozco. Al no haber transporte público directo hasta o desde Noratus, me arriesgaba a quedarme varado allá. Hace ya varios años que no me privo de hacer ese tipo de excursiones por una aparente falta de transporte. Como suele ser el caso la alternativa menos convencional termino siendo la más memorable. Si hubiese ido a Noratus en un tour organizado, la excursión hubiera sido un producto, hacerlo de la forma que lo hice la convirtió en una experiencia memorable.

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Tirar dedo puede parecer una práctica irresponsablemente arriesgada. Es probable que al igual que yo, ustedes también hayan crecido con una desconfianza natural hacia los extraños. El miedo al otro no es una cuestión limitada a América Latina. Hay una tendencia natural en las familias de clase media de cualquier país, a querer proteger a sus vástagos de situaciones inciertas y desconocidas. Si sumas años de advertencias familiares y mediáticas, el simple hecho de ponerse al lado de una carretera y entrar en el carro de un desconocido, puede parecer tan antinatural como saltar a un precipicio. La primera vez que tiré dedo tenía 24 años, estaba en los Monasterios de Meteora en el Norte de Grecia y me acababa de leer “El Alquimista” de Paulo Coelho, y aunque parezca un cliché, ese libro me inspiró a querer ponerme en las manos del destino en vez de tomar la solución fácil y segura de esperar al autobús. Tenía que tomar un autobús a Estambul desde la ciudad griega de Salónica a las dos de la mañana. Eran solo las 11 de la mañana y acababa de ver el último monasterio en la cima, así que me dije que con quince horas tenía margen suficiente para alcanzar mi autobús. Para empezar tenía que bajar desde los monasterios en lo alto de las montañas a la ciudad de Kalabaka a varios kilómetros de bajada. Como para darle razón a Coelho, en el primer carro que me recogió iban una señora peruana y su marido suizo. Resulta que la señora, cuyo nombre he olvidado, era muy amiga de una señora peruana radicada en Canadá que mi madre conocía. Había oído por mi madre que la amiga en cuestión era una esnob arrogante, pero les obvié ese detalle a mis Buenos samaritanos.

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Una vez en Kalabaka, busqué mi equipaje y me paré en la calle con el pulgar en alto. En dos minutos me recogió un señor, pero mi alegría se desvaneció cuando me dejó en la estación de autobuses unos metros más lejos. Así aprendí mi primera lección de autostopper: Es mucho más fácil conseguir un aventón en la salida de una ciudad que en el centro. Me paré a las afueras de la ciudad y me recogió primero un camión de pan que me dejó a las afueras de la ciudad de Trikala. Otro conductor me acercó a la ciudad de Larissa. Tuve que esperar media hora para que me recogiera un señor en un Mercedes Benz que me llevó a toda velocidad los 150 kilómetros que quedaban hasta Salónica. Gracias a esta experiencia, comencé a considerar tirar dedo como una alternativa de transporte aceptable y hasta ahora he hecho autostop en varios países incluyendo Chile, Argentina, Grecia, Turquía, Francia, España, Inglaterra, Rumania, Irán, Georgia, Armenia y Japón. Tirar dedo me ha acercado a los habitantes de los diferentes lugares que he visitado y me ha mostrado lo mejor de la gente y no lo peor como muchas personas temen. En Inglaterra pude visitar la hermosa región rural de los Cottswolds durante un día sin tener que contar con carro propio y también me permitió viajar desde el templos del pueblo Japonés de Koyasan hasta los baños termales de Hongu en tres horas en vez de las seis o siete que tomaba un carísimo y poco frecuente autobús.

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Tirar dedo me ha acercado a los habitantes de los diferentes lugares que he visitado y me ha mostrado lo mejor de la gente y no lo peor como muchas personas temen.  Conductores me han invitado a comer, se han salido de su camino para acercarme a mi destino y hasta me han ofrecido hospitalidad en sus casas.

Autostop

Pero por favor no me malentiendan. El hecho que haya practicado el autostop varias veces y nunca haya tenido una mala experiencia no quiere decir que esta práctica no traiga consigo ciertos riesgos.  Soy el tipo de persona que prefiere creer que la gente es fundamentalmente buena aunque esta creencia esté mitigada por sanas dosis de escepticismo y de desconfianza, que me preparan a enfrentar sin sorpresa el hecho de que muchas personas actúen de forma mal honesta o aprovechadora en ciertas situaciones.  Sin embargo esa armadura de desconfianza, no quiere decir que piense que haya una alta probabilidad de toparme con un psicópata o un asesino en serie.  Aun así, escucha a tus instintos.  Si un chofer te ofrece un aventón pero hay algo que no te convence, declina amablemente la oferta.  No te subas a carros con choferes o pasajeros que están claramente borrachos o exhiben comportamiento extraño y si eres mujer se mucho más cuidadosa y evita subirte a un vehículo donde no haya una presencia femenina.  También evita ser ambicioso.  Si tienes el tiempo justo y tienes que coger un vuelo por ejemplo, no dependas únicamente del autostop como modo de llegar a tu destino y asegúrate tener una forma alternativa de llegar a tu destino.  Evita hacer autostop en lugares inhóspitos o demasiado aislados donde corras el riesgo de quedarte varado y sobre todo estudia la ruta que piensas cubrir.   Cuéntame tu experiencia. ¿Has tirado dedo o hecho autostop alguna vez? ¿Dónde fue y cómo te fue?

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