Aprender nunca está de más, y menos cuando el equipo que nos gana representa a una universidad. La San Martín se llevó el partido del domingo a pesar de la inferioridad numérica. Un 1-0 frío como la tarde y lapidario, como una inmensa nota desaprobatoria en un examen. En Alianza no sabemos, o hemos olvidado lo que sabíamos. Tenemos que volver a aprender.

Aprender a defender las pelotas aéreas.Podríamos decir que es un mal del fútbol peruano. Pero eso no sería suficiente para entenderlo. Ya nos costó el clásico y ayer nos costó un partido que se presentaba, si no fácil, con las condiciones ideales para ganarlo y romper una vergonzosa racha blanca que incluye dos goleadas. No puede ser posible que de tres centros –en los últimos dos partidos- nos hagan tres goles. O no hay trabajo durante la semana o hay una falta de concentración que un equipo con aspiraciones no se puede permitir. Nunca más.

Aprender a jugar en Matute.Si la San Martín no pensaba tirarse atrás antes del inicio del partido, la pronta expulsión que sufrió condicionó al equipo a defenderse. Dos líneas de cuatro bien marcadas y un solo delantero hicieron que Alianza sufriera como siempre y lateralizara inútilmente el juego, sin sorpresa. Esta lección es repetida, pero ni así la hemos aprendido. El rival se tira atrás y el problema se hace irresoluble de locales.

Aprender a definir. Usamos tres de nuestros cuatro delanteros. Gonzales Vigil terminó ayudando a marcar por la banda derecha, un aburrido Aguirre no creó una sola situación de gol y Fernández, a pesar de su relativa eficacia como “pivot”, solo se limita a demostrar que en este Alianza no se necesita gol para ser delantero, ni siquiera buen juego, tan solo muchas ganas. Pero eso no alcanza para rendir un buen examen. Los delanteros tienen nota aprobatoria solo si la meten.

Aprender a centrar. No puede ser que Moisela o Corzo no saquen un buen centro, ni que Corrales o Uribe tampoco. Tienen tiempo de mirar, de concentrarse, de medir, pero ni así las pelotas llegan a buen puerto. Solís, Aparicio o el mismo Fernández se han caracterizado por el juego aéreo, pero los centros son predecibles o simplemente pelotas amables para el arquero. Así no se puede marcar la diferencia.

Aprender a jugar con lo que se tiene. Aunque nos duela, Quinteros no es Montaño ni Gonzales Vigil es Wally Sánchez. Los que estaban siendo desequilibrantes llenaban las horas de consulta del doctor Ramírez con golpes a la cadera y unos bronquios para el olvido, y nos dejaron tamaño problema sin resolver. El “Pato”, falto de ritmo, se dedicó a pasar el balón y aunque pudo anotar si Marco Flores no se estiraba hasta el infinito, también le cedió a Moisela algunos cobros de tiro libre que en otras épocas hubieran sido ideales para él.

Aprender a no desperdiciar lo que se tuvo. Viendo el generoso y criterioso despliegue del ‘Churrito’, las veloces escapadas de García o las estiradas de Flores, me pregunto por qué no se quedaron en Alianza. Hasta el Memo Salas parece un mejor jugador de lo que es. Todos ellos son bicampeones. ¿Quién se hace responsable de su partida? Me pregunto. Pregunta de examen final.

Aprender de los errores y a pedir ayuda. Está visto que los intérpretes del juego no siguen el plan de estudios trazado por el DT. A lo mejor se quedan con la teoría o ni siquiera la entienden. Pero de tantas semanas en lo mismo, la culpa también empieza a extenderse al profesor. Si el 90% del estudiantado sale jalado, es probable que las fallas también estén en quien enseña. Costas, si no alcanza con lo que tenemos, ampliemos la planilla, busquemos más auxiliares que pongan disciplina en la casa. Esa es la tarea urgente.

Aprender puede sonar a que se trata de algo fácil. Lamentablemente no es así. Ahora estamos quintos y somos como esos niños, tan comunes hoy en día, a los que se les diagnostica “déficit de atención” Es momento de prestar toda la atención posible a este muchacho para que pueda llegar a una madurez pronta. Porque el tiempo pasado no perdona y al final puede resultar ingrato. Volvamos a aprender a jugar y a ganar.