Perdimos 2 a 1 y con volteada de partido. Claro que indigna, claro que hay responsables de la derrota, y esos responsables somos nosotros, el propio Alianza. En un clásico donde el fútbol estuvo totalmente ausente, el equipo fue irreconocible, parecía el rival de sí mismo, y eso se paga feo, como nos pasó el domingo.

Al final me doy cuenta de que el gol que metimos fue lo que nos ganó el partido. Ese fatídico momento, cuando Fernández anota tras la falla -y lesión- de Bazán, y que al principio fue de intensa algarabía, se transformó con el correr de los minutos en nuestra maldición, una maldición que nos convirtió en eso que no somos y nunca seremos: un equipo sin pelota, sin ritmo, sin sorpresa.

Esa maldición hasta los puestos y los nombres nos cambió. Forsyth –y no por cuenta propia, sino por estrategia- se sintió o se quiso sentir Montaño, y con sucesivos pelotazos intentó habilitar a Fernández para que choque y luego ver qué pasaba. Lo mismo sintieron Aparicio, Solís, Corzo, Moisela, Ciurlizza, todos tirando largos e inútiles pelotazos. Hasta Wally Sánchez se disfrazó de back y la punteaba a la tribuna sin el menor remordimiento.

A su vez Costas se transformó en entrenador italiano. Quiso poner un candado que en el fútbol puede servir si falta poco para el final del partido, pero cuya eficacia va en relación inversamente proporcional a los minutos que restan por jugarse, y ayer, cuando metimos el gol, aún quedaba pendiente 98% del partido, como mínimo.

Entonces Alianza no fue Alianza. Hasta ahora no sé contra quién jugó la u en el clásico, aunque las estadísticas y las páginas oficiales de la ADFP y la FPF digan que sí, que nosotros fuimos los que estuvimos allí. Ese no era mi equipo. Porque Alianza es irregular pero intenta jugar y propone, pero el domingo no hizo lo uno ni lo otro. Fue otro cuadro, otro sistema, otra realidad.

Porque al frente tampoco había gran cosa. La u no fue un rival avasallador. Dominó la cancha porque se la regalamos. Tuvo la pelota porque se la cedimos. Y en realidad, sin ánimo de ser mezquino con Solano, el hecho de que un jugador que tira dos buenos centros –nada de genialidad, por favor- haga que un equipo gane un partido, demuestra el paupérrimo nivel del fútbol peruano.

Con dos equipos tan malos en la cancha, con un partido técnicamente miserable, ganó el que se acomoda más al estilo de juego propuesto: de choque, de fuerza, de pelotazos. Nosotros nos dejamos caer en la facilidad de esperar, traicionamos nuestra historia, y lo pagamos caro.

Por eso digo que no nos ganaron, lo perdimos. Son solo tres puntos, pero que joden demasiado por la forma en que se dejaron ir y por el rival, sobre todo por eso. El plantel necesita refuerzos que le den fútbol para que su proyecto sea viable, para ser justo con la gente que va a el estadio. Costas, si ya volvió en sí, debe saberlo y solucionarlo lo más pronto posible.