¿Quién es Paolo Guerrero? Este es. Lo conocí cuando ya era jugador del Bayern Múnich y disputaba la liga regional con los juveniles de ese club en el 2001. Había venido de vacaciones a Lima, todavía vivía en Chorrillos con su viejita y le solicité una entrevista para reunirlo con George Forsyth, quien estaba en los juveniles del Borussia Dortmund.
Fuimos al Rincón Cervecero del Centro de Lima para hacer una sesión de fotos con motivos alemanes y aunque yo no lo había visto jugar, sabía de sus números en Alianza Lima y los torneos juveniles. Era un muchacho tímido, de voz delgada, distraído, pero muy observador. Guardaba mucho contacto con Carlitos Fernández (hoy San Martín) y los hermanos Guisazola, su promoción de las épocas victorianas.

Pero ahora Paolo Guerrero es otra persona, con sus virtudes e imperfecciones como todos, pero con dotes de jugador diferente y que se desarrollaron a muy alto nivel. Tiene una técnica fina para amortiguar la pelota con el pecho o bajarla al piso con su pierna menos hábil para que le quede a la diestra. Sus movimientos son sigilosos y de un momento a otro cambia de ritmo desacomodando a sus marcadores. Soporta golpes en todo el cuerpo como los que ayer le dieron Diego Lugano y Mauricio Victoriano de manera asolapada. Y también devuelve, aunque a veces su carácter lo traiciona y se gana las amonestaciones que nos perjudican.

Hace tres semanas Guerrero no era titular para Sergio Markarián. Y quizá ni siquiera era el primer cambio. Su carrera ha sufrido altibajos en clubes, reacciones increíbles, peleas, juicios, rumores, pero en la cancha casi siempre ha respondido a gran altura.

Creo que ahora le llegó la madurez para no perder la paciencia de jugar solo arriba en medio de dos centrales muy duros y feroces. Le marcó muy bien el pase a Guevara y el envío fue exacto para su pique dejando en línea a los charrúas. Los años en Europa, los estadios llenos, todo le vino al cuerpo al estar frente a Muslera y se lo sacó de encima con velocidad; una definición cargada de responsabilidad y superada con categoría. Nos lastimó a todos que no pueda conseguir el gol del triunfo tras el centro de Vargas en el minuto final. Sin embargo nadie duda que fue el mejor del equipo por su aguante y aporte. Pero por encima de todo espero que le haya llegado la madurez para entendernos a los peruanos y nuestra sociedad; gentil, pero destructiva; fervorosa, pero olvidadiza; que un día ama con tanta facilidad como la que odiará al día siguiente.

DEL POST ANTERIOR
Es difícil conseguir que se entienda que por encima de los apellidos Libman, Fernández o cualquier otro, está la camiseta nacional y si mi mirada periodística me dicta que al Perú le vendría mejor la seguridad y sobriedad de Libman, pues lo escribo aquí. La página web de este Diario le dedicó buen seguimiento al tema del arco peruano antes del debut con Uruguay, algunos colegas aplaudían que atajara Raúl y otros mencionaron que preferían a Libman. ¡Es normal en el fútbol opinar! ¿Acaso se cree que un jugador de selección puede venirse abajo por leer una columna? ¿Apoyar al equipo significa guardar silencio a pesar de que una decisión técnica parezca -al menos- debatible? Los hinchas –si desean- están en todo su derecho de otorgarle crédito ilimitado a Markarián para pontificar sus decisiones. En mi caso, como periodista, necesito ir más allá. Por ejemplo no tengo dudas de que el carril derecho debe ser de Renzo Revoredo y no le ando buscando un reemplazo porque simplemente creo que merece jugar por ser el mejor ahí para la marca y la concentración que ofrece.

Pero el gran empate peruano que tuve la oportunidad de vivir en el propio estadio argentino tampoco me obnubila. Raúl Fernández tuvo un partido muy regular, propio de su buen nivel y riguroso entrenamiento, atajó el tiro libre de Forlán y algún remate más desde fuera del área, pero también tuvo dos salidas en falso que debe corregir y en el gol de Suárez creo que debió achicar con más decisión para intentar que el uruguayo se apure y conducirlo al error. Lo mismo me parece que debió hacer cuando Forlán quedó solo y falló. ¿Decirlo es tenerle odio? ¿Puede ser posible que un lector crea que cuando le hicieron el gol a Perú yo me alegré? ¿No es evidente que si Raúl entregaba su valla invicta todos ganábamos?

Y me parece una injusticia que hinchas afiebrados exijan que en este blog no se toquen temas de la selección. Los post continuarán, así como en esta ocasión; los escribo desde Argentina cubriendo la Copa América y considero que se puede discutir y lanzar opiniones que aviven la pasión. Y como siempre, VAMOS PERÚ CARAJO.