Por Wilson James Londoño Garibello, psicólogo  de Médicos Sin Fronteras (MSF)

A través del siguiente testimonio, una mujer recuerda el horror de haber salido forzada de su tierra en Nariño, Colombia, y cómo su familia resultó afectada por la violencia.

“Mi nombre es L,  en julio cumplí 55 años. Tengo 7 hijos y soy madre cabeza de familia. Llegué a Guapi desplazada de Iscuandé, Nariño, Colombia. Eso me dio duro y a los tres pequeños me tocó internarlos, los veía cada 8 días. Llegué donde vive una hermana, nos desplazaron los grupos armados de la zona. Nos cogieron dormidos, llegaron tumbando las puertas  y nos sacaron de la casa a un parque, a todo el pueblo. `El que se quede se muere`,  nos decían. Preguntaban en que trabajaban, a uno lo investigaban, si uno tenía armas tenía que traerlas, desarmaron el pueblo. Se quedaron tres días, se fueron y después volvieron en una lancha blanca. Al que encontraban lo mataban.

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Traían listados con los nombres de las personas de la comunidad, nos tenían identificados. A veces amarraban al que cogían, como a un marrano, y lo cortaban o se lo llevaban y no lo volvíamos a encontrar, nos decían que nos iban a dejar sin hombres. El día que tocó salir, ellos llegaron y empezaron a matar. Después de matar les rayaban la cara con un cuchillo. Había mucho nervio en el pueblo, hubo tres muertos por los tiros. El día del entierro por los muertos, alguien dijo que venía la lancha blanca y los ataúdes quedaron solos, era mentira, pero la gente estaba asustada y corrió a guardarse. Después volvieron y no encontraron a los que buscaban, se fueron a buscar gasolina.

En el pueblo creíamos que no iban a matar más, pero ese día se llevaron a un profesor, lo amarraron y lo cortaron con machete. Eso fue a las cuatro de la tarde, entonces, en la noche, todo el mundo se fue para Cali, otros para Guapi, el profe no apareció.

Mi carne temblaba, yo no tenía como moverme, mi esposo no estaba, no sabía qué hacer. Saqué mis cositas a la muralla, y a mis hijos.  Me iba quedando sola, hasta que una vecina paso en una lancha y nos montó. Cogimos para arriba. Más tarde apareció el papá de mis hijos. Yo no comía, iba cortada, en la carrera me corté un pie. No tenía ganas de nada. Finalmente el papá de mis hijos nos trajo a Guapi, a canalete, por el mar.

 Ahora ya han pasado unos meses y me siento mal, no puedo oír tiros fuerte porque salgo a correr, no puedo estar sola, si los hijos varones salen me desespero, no duermo pensando en una cosa o en otra, siento que algo me falta, me da miedo. Tengo un hijo igual a mí, con mucho miedo, tiene 19 años, él se levanta nervioso, está cursando 9º, yo se lo había mandado al papá que se quedó resistiendo en el pueblo, mi esposo no dejo la finquita que tenemos, así que no se pudo quedar con nosotros en Guapi.

Y  a mi hijo ya le tocó otro desplazamiento, por un enfrentamiento en el que mataron a unos soldados. Yo a veces lloro, me da duro.  Uno siembra, lo produce todo con sus manos, criaba gallinas, vendía papachina y ahora aquí me ha tocado duro, vendo por catálogo. A veces sueño con los grupos armados. Después de lo que pasó hice un paseo allá con todos los hijos para que se vieran con el papá, y esos grupos intentaron quitarme a dos hijas”.

Desde el 2010 Médicos Sin Fronteras (MSF) ha asistido con servicios de salud primaria y salud mental a las poblaciones  de los cascos urbanos y zona rural de los municipios del pacifico Caucano. En 2015 cierra nuestra intervención en esa zona del país con la atención a 6.579 pacientes en nuestros servicios de salud primaria, 720 en salud mental y la respuesta a 8 emergencias. Médicos Sin Fronteras hace un llamado urgente a las autoridades del gobierno Colombiano, para que habiliten servicios públicos de salud de calidad accesibles a todas las poblaciones, especialmente a aquellas que por razones geográficas y del conflicto se encuentran en condiciones de extrema vulnerabilidad, como es el caso de las poblaciones de la región del pacífico.