Foto: Lady AnnDerground

Recuerdo muy bien los primeros ataques cardiacos que atendí en mi carrera médica. Fueron en la Asistencia Pública de Lima de la avenida Grau, lugar en que, como les conté en la entrada anterior, templé mis nervios de novato y aprendí mucho de lo que es la práctica de medicina de urgencias.

Uno de los signos más llamativos de un infarto cardiaco, y que se ha quedado para siempre en mi memoria, es la palidez del paciente; una palidez cérea, casi siempre acompañada de una abundante sudoración fría. Pero la imagen clínica que más se me ha quedado es la quieta ansiedad, la calmada desesperación y la angustiante inquietud que muestra el paciente, quien presiente que en cada respiración se le va la vida y sabe que está como caminando en un alambre de malabarista, temeroso de moverse mucho para no empeorar las cosas.Tan marcada (y dañina) es esa ansiedad que una de los primeros tratamientos en la emergencia es administrar dosis generosas de morfina para sedar y obnubilar la conciencia del enfermo. Lo que pasa es que la ansiedad libera enormes cantidades de adrenalina, una hormona que acelera el corazón y lo hace trabajar más, algo lógicamente contraproducente cuando el corazón está teniendo un ataque por falta de sangre.

Hablando de falta de sangre, eso es precisamente lo que sucede en un ataque o infarto cardiaco; el corazón se queda sin sangre y es la intensidad de esa isquemia (palabrita técnica que significa precisamente falta de sangre), la que va a determinar la gravedad del ataque cardiaco.

Recordemos que el corazón es una bomba que expulsa sangre fresca a través de la enorme arteria aorta para alimentar a todo el cuerpo. El corazón es una bomba tan eficiente que trabaja día y noche, bombeando sangre 70 a 80 veces por minuto, haciendo circular en un minuto, toda la sangre de un adulto (5 litros y medio).

Pero así como el corazón tiene la responsabilidad de bombear sangre fresca para alimentar al cuerpo, tiene también que alimentarse a sí mismo. Para eso usa de unas pequeñas arterias llamadas arterias coronarias, las que distribuyen sangre fresca al propio corazón.

Ahí es en donde radica el problema con el infarto cardiaco, esas arterias coronarias se van taponando por las llamadas placas de colesterol, por lo que el corazón se va quedando sin sangre para sí mismo. Esa disminución de sangre produce uno de los primeros síntomas del ataque cardiaco, la sensación de pesadez e incomodidad en el pecho, casi siempre durante un esfuerzo físico, que es cuando el corazón necesita más sangre para sí mismo. Esto es lo que en medicina se llama una angina de pecho.

Algunas veces, esas placas de colesterol se quiebran, produciéndose un paradójico sangrado dentro de la propia arteria coronaria. Ese sangrado forma un coágulo que tapona la arteria, taponamiento que, como se entiende, puede ser tan masivo que causa muerte instantánea por paro cardiaco.

Se sabe que de cada 100 ataques cardiacos, aproximadamente 20% son esos ataques masivos que no dan tiempo para nada, la muerte es fulminante. Aproximadamente 30% son los llamados “ataques cardiacos de telenovela” en los que hay dolor de pecho, sudoración, palidez, angustia y a veces náuseas y vómitos; en este tipo de ataque hay tiempo para ir al hospital. El resto, o sea 50% son traicioneros y silenciosos, duran horas o días y se confunden con indigestiones, dolores de mandíbula, y cansancio sin razón aparente.

Estos son algunos de los síntomas que pueden preceder a un ataque cardiaco:

• Dolor en el pecho o sensación de que “un elefante se sienta encima del pecho”.
• Falta de aire en reposo.
• Extrema fatiga.
• Dolor que se irradia al brazo izquierdo.
• Dolor en el cuello o en la mandíbula.
• Dolor en la boca del estomago o sensación de indigestión.
• Náuseas o vómitos.
• Sudoración fría.
• Mareo o sensación de desmayo, a veces perdida de conciencia.

Es increíble pero así como hombres y mujeres son tan diferentes en muchas cosas, ellos son también muy diferentes en lo que se refiere a la frecuencia, edad de aparición y tipo de síntomas de un ataque cardiaco.

Los varones pueden empezar a tener ataques a los 40 años, mientras que en las mujeres, éstos son raros antes de los 40 años, en ellas los infartos se empiezan a presentar después de los 50 años. Después de los 60 años, el número de infartos es igual en hombres y mujeres.

Otro dato importante es que las mujeres tienen síntomas muy diferentes al de los hombres, siendo el principal que ellas tienen mucha menos frecuencia de dolor de pecho.

Un reciente estudio demostró los siguientes síntomas:

Un mes antes del ataque:

• Fatiga inusual – 70%
• Trastornos del sueño – 48%
• Falta de aire – 42%
• Indigestión – 39%
• Ansiedad – 35%

Durante el ataque:

• Falta de aire – 58%
• Debilidad – 55%
• Fatiga inusual – 43%
• Sudor frío – 39%
• Mareos – 39%

Al igual que con el derrame cerebral, el pronóstico más favorable se obtiene cuando más temprano se inicia el tratamiento con tPA o Alteplase, la medicina que es capaz de disolver el coágulo que esta taponando la arteria coronaria.

Antes de terminar, porque estoy seguro que algunos lectores ya empezaron a sentir dolorcitos en el pecho a medida que leían esta nota, creo que es muy útil recordar que la gran mayoría de ataques cardiacos en hombres ocurre después de los 40 y en mujeres después de los 50 años. De tal modo que si usted lector tiene entre 20 y 30, es muy probable que ese dolorcito en el pecho no sea un ataque cardiaco, pero de todos modos debe ver a su médico porque una de las consecuencias de los recientes índices de obesidad en nuestra sociedad es la aparición de ataques cardiacos en jóvenes.

La excepción a esa regla de edad es la historia familiar de ataques cardiacos. Existen varias alteraciones genéticas, una de ellas la llamada hipercolesterolemia familiar, en la que de manera hereditaria, las personas forman enormes cantidades de colesterol que producen ataques cardiacos generalmente en los treintas. Otra rara causa de ataques cardiacos es la marihuana. Un estudio demostró que el riesgo de un infarto aumenta casi 5 veces una hora después de fumar marihuana.

Y ya que hemos tocado este asunto de derrames cerebrales y ataques cardiacos, debemos recordar que estas enfermedades son prevenibles y que los ocho factores de riesgo mas importantes para desarrollarlas son:

• Vida sedentaria
• Alimentación abundante y muy rica en grasas
• Sobrepeso y obesidad
• Fumar cigarrillos
• Presión arterial no tratada
• Diabetes no controlada
• Colesterol alto
• Estrés no controlado

Aquellas personas que tienen un mayor número de esos factores de riesgo, tienen lógicamente más probabilidades de sufrir un derrame cerebral o un ataque cardiaco.