Cuando aún era estudiante de Medicina, compré un libro en una vieja tienda del jirón Lampa. Había sido escrito en 1923 y era sobre las infecciones. Las clasificaba por el color del pus de las heridas: blanco y negro. El texto señalaba que si un enfermo desarrollaba una infección con el pus blanco, se salvaba. Si desarrollaba una infección con el pus negro, lo único que quedaba era rezar.

Así era en esa época. Al no existir antibióticos había que confiar en que el sistema de defensa del paciente (glóbulos blancos) logre vencer la infección (de ahí el color del pus). De otro modo, ganaban las bacterias, aparecía el pus negro y el paciente moría.

Infecciones intrahospitalarias HUERTA

A mediados de la década del cuarenta, apareció la penicilina, el primer antibiótico realmente importante en la historia de la medicina. De la noche a la mañana los enfermos dejaron de morir por infecciones y los médicos empezaron a usar (y a mal usar) este antibiótico.

En los años cincuenta, sesenta y setenta, los grandes laboratorios descubrieron y sintetizaron decenas de antibióticos nuevos, los cuales necesitaban vender. Para eso convencieron a los médicos de reemplazar los fieles antibióticos que estaban usando por los nuevos.

La enorme disponibilidad y la falta de control de la venta de antibióticos en muchos países –entre ellos el Perú– hicieron que aparecieran la automedicación y el uso indiscriminado. Y ni qué decir de la industria de ganado bovino, aviario y porcino, que empezaron a usar toneladas de antibióticos para alimentar a sus animales, engordándolos tanto como a sus billeteras.

El uso irracional de antibióticos en el mundo –en el que todos tenemos la culpa– ha hecho que las bacterias, seres vivos que tienen millones y millones de años de antigüedad, desarrollen muy rápidamente mecanismos de reconocimiento y neutralización de la acción de los antibióticos. Esto es la resistencia bacteriana.

Gracias a ella, muchos antibióticos ya no funcionan. Las bacterias se ríen de estos  y los pacientes, sobre todos los más vulnerables, mueren de infecciones que antes se podían controlar. Recordemos que los antibióticos solo funcionan contra las bacterias. No sirven para los virus.

¿En qué lugar de la comunidad se encuentran los enfermos con infecciones bacterianas más graves y se usan los antibióticos más poderosos? En los hospitales.

Es allí donde –de manera documentada– se hallan las cepas de bacterias más resistentes que existen en la Tierra. Por ello se trata de acortar al  máximo el tiempo de estadía de un paciente en el hospital. Mucha gente no lo entiende y siente que solo los “están botando rápido”.

Un reciente informe de los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC) de Atlanta reveló dos datos escalofriantes: en EE.UU. una de cada 25 personas hospitalizadas sufre una infección adquirida en el nosocomio y 200 personas mueren al día por una infección intrahospitalaria. Las infecciones más comunes son neumonía (22%), heridas operatorias (22%), intestinales (17%), tracto urinario (13%) e infecciones de la sangre o septicemias (10%).

Además de las múltiples normas y guías que la burocracia del Ministerio de Salud (Minsa) creó para enfrentar este problema, el control de estas infecciones tiene que hacerse en cada clínica u hospital a través de un programa especial de control de estas infecciones.

Pero de qué vale tener ese comité si no se cuenta con los recursos para estudiar las bacterias más frecuentes o el lugar en que se encuentran dentro del hospital. Tampoco hay autoridad para obligar al personal de salud a que se lave las manos antes de tocar a cualquier enfermo, o que deje de recetar antibióticos indiscriminadamente. Es obligación de las autoridades controlar –y del personal de salud velar–  que los hospitales y clínicas sean limpios por fuera y por dentro.

Algo que usted puede hacer es no usar antibióticos sin receta médica y no dejar que nadie en el hospital lo toque sin que se haya lavado las manos en su presencia.