Tenía planeado otro tema para esta columna pero cambié de idea en pleno vuelo de Lima a Washington, de regreso a casa tras participar en la Cumbre del Cáncer de la Mujer, desarrollada del 3 al 5 de marzo en Lima. Cambiar de tema y escribir esta columna en el avión fue una especie de impulso. Fue como consecuencia de las reflexiones que me provocaron las conversaciones que tuve acerca del Plan Esperanza, tanto con profesionales de la salud relacionados al control del cáncer dentro y fuera del Perú, como con personas comunes y corrientes, taxistas, amas de casa y profesionales no relacionados a la salud.
La idea que capté de muchos de mis interlocutores es que el exitoso Plan Nacional para la Atención Integral del Cáncer y Mejoramiento del Acceso a los Servicios Oncológicos  en el Perú, rebautizado como Plan Esperanza, es un plan “original” de este gobierno, creado quizás por la súbita inspiración del presidente Ollanta Humala, su esposa, la Sra. Nadine Heredia o de alguno de los ministros de salud.
Un taxista llegó a decirme, como reafirmando su percepción de que el plan es del actual gobierno, que cuando pase por el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN) me fije en el enorme letrero con el logotipo del Plan Esperanza que está en la imponente fachada del edificio. Es cierto, cuando pasé por allí, lo vi y me sorprendió verlo, su presencia me indicaba que la política y el cáncer se han juntado en ese edificio como el hambre y la necesidad…

 

Cáncer - Rosario Seminario
Historia antigua

 

Pero lo cierto estimado lector es que el Plan Esperanza, una magnifica y revolucionaria propuesta que tiene como objetivo mejorar el acceso de los peruanos a programas de prevención, detección precoz, tratamiento y cuidados paliativos del cáncer y que sin dudas está siendo magistralmente ejecutado por el presente gobierno, no es más que la conclusión de un proceso que empezó hace muchos años atrás y que en buena justicia tiene varios “papás y mamás”.
Es difícil decir a ciencia cierta quién engendró la idea original de controlar el cáncer en el Perú.

 

¿Habrá sido Oscar R. Benavides, cuando el 8 de diciembre de 1939, en su discurso de entrega de la presidencia a Manuel Prado Ugarteche, sacaba pecho de haber inaugurado el Instituto Nacional del Cáncer, soñando que esa sería la primera sede de una red nacional de hospitales de cáncer?

 

¿Habrá sido el Dr. Eduardo Cáceres Graziani quien, en 1952, reorganizó completamente el Instituto del Cáncer, rebautizándolo como Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas y sentando las bases de la cancerología moderna que tantas y tantas vidas ha salvado?

 

¿Habrá sido el Dr. Luis Pinillos Ashton, quien sucediera al Dr. Cáceres en la dirección del INEN en 1985 y quien diera el importantísimo y crucial paso de proyectar las labores del INEN a la comunidad, colocando a la prevención, la detección y el control del cáncer en el mismo nivel de importancia que siempre tuvo el tratamiento de la enfermedad?

 

¿Habrán sido los doctores Adolfo Puente Arnao, Luis Salem Abugattas, Rodrigo Travezán, Edgar Amorín Kajatt y Félix Cisneros Guerrero quienes, en breves periodos en la dirección del INEN desde 1989 al 2002, supieron mantener la línea eminentemente científica del trabajo médico, sin despegarlo de su compromiso comunitario?

 

¿Habrá sido el Dr. Carlos Vallejos Sologuren quien, al asumir la dirección del INEN en el 2002, logró la autonomía administrativa y económica del INEN, creó el Programa de Promoción de la Salud y Control del Cáncer, dándole un importante sitial en el esquema de trabajo del INEN e inició el proceso de descentralización de la atención del cáncer en el país?

 

¿Habrá sido el autor de esta columna quien en vías de asumir la presidencia de la Sociedad Americana del Cáncer en el 2004 propicia que el Perú sea escogido, por encima de México y Brasil, como el primer país latinoamericano en desarrollar, con la colaboración de los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades de Atlanta (CDC) y del Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos (NCI), un Plan Nacional de Lucha Contra el Cáncer y colabora con la fundación del primer preventorio en el Perú?

 

¿Habrán sido los miembros de la Coalición Multisectorial de Lucha Contra el Cáncer, formada en esa oportunidad, quienes trabajaron incansablemente durante muchos años para escribir e implementar el antedicho Plan Nacional de Control del Cáncer?

 

¿Habrá sido el Sr. Luis Miguel Castilla Rubio quien, siendo ministro de economía y luego de pasar por una delicada situación familiar, decide crear en febrero del 2012, y bajo la modalidad de presupuesto por resultados (PrP), una partida presupuestal intangible en el presupuesto nacional de la república para la prevención y el control del cáncer, convirtiendo al Perú en el primer país de América Latina en elevar esa disciplina al nivel de un presupuesto nacional?

 

¿Habrán sido el presidente Ollanta Humala o sus ministros de salud, Dr. Alberto Tejada o Midori de Habich, quienes viendo la madurez de un existente plan de lucha contra el cáncer de tantos años de gestación, deciden prestarle el invalorable apoyo político que necesita toda acción importante de salud pública, lo bautizan como Plan Esperanza el 2 de noviembre del 2012 y deciden implementarlo?

 

¿O serán los actuales funcionarios del Ministerio de Salud, doctores Cecilia Ma y Diego Venegas, y  la jefa institucional del INEN, doctora Tatiana Vidaurre, quienes no solo impresionaron a los asistentes de la reunión a la que asistí la semana pasada con los indudables logros que está teniendo la implementación del Plan Esperanza, sino también con perturbadoras señales de una tensión intestina que no debería tener razón de ser y que un atento ministro de salud debería resolver?

 

¿O serán las decenas de trabajadores de la salud, entre asistentes sociales, educadoras en la salud, médicos, enfermeras, obstetrices y especialistas en estadística que han hecho que más de 100.000 peruanos de bajos recursos económicos hayan tenido acceso a servicios de prevención, detección precoz y tratamiento de diversos tipos de cáncer, haciendo que sufrir de esa enfermedad, no sea motivo de mayor pobreza y bancarrota?

 

Mirada a futuro


Pues lo cierto, estimado lector, es que el Plan Esperanza no es propiedad de ninguno de esos u otros múltiples actores. El Plan Esperanza es propiedad única y exclusiva de todos los peruanos, especialmente de los más pobres y desprotegidos y debe continuar por siempre como una política de estado.
Y la intención de escribir esta columna es que, a pesar de la presencia del politizado logotipo del Plan Esperanza en la fachada del INEN, este programa no es propiedad del actual gobierno, este plan de prevención y control del cáncer es de todos los peruanos.

 

Es por eso que nos permitimos solicitarles a los candidatos a la Presidencia de la República en el 2016, que se den cuenta que el Plan Esperanza no debe ser considerado un producto de la actual administración, y por tanto sea susceptible a ser cambiado o minimizado, sino que ese plan de control de cáncer es un bien de todos los peruanos y debe continuar como una política de estado de salud.

 

Y quisiera hacerles un pedido especial a todos los miembros del gremio periodístico. Cuando tengan que entrevistar a los futuros candidatos y candidatas, que les hagan dos simples preguntas: la primera, si están al tanto de los logros del Plan Nacional de Control del Cáncer (o Plan Esperanza); y, la segunda,  si en su opinión, ese es un programa que debe continuar.

 

La primera respuesta nos dirá cuanto sabe el candidato o candidata acerca de una enfermedad que es la segunda causa de muerte en el Perú y que ocasiona la pérdida de casi 900 millones de dólares anuales por discapacidad y muerte prematura. La segunda respuesta nos revelará su grandeza o pequeñez de estadista.

 

Un plan de control del cáncer como el que tiene el Perú debe continuar como una política de estado; candidatos a la Presidencia, no lo eliminen, el Plan Esperanza no es un plan de este gobierno, es de todos los peruanos, quienes deberían defenderlo con uñas y dientes.