El Papa Francisco acaba de concluir su primera gira a Cuba y los Estados Unidos. El impacto de su visita en los Estados Unidos ha sido extraordinario, tanto entre los creyentes como en los que no lo son, y una de las palabras que mas he escuchado mencionar después de sus múltiples discursos ha sido espiritualidad.

Que sus mensajes a los inmigrantes estaban llenos de espiritualidad, que el discurso que dio a los congresistas y senadores estuvo lleno de espiritualidad, que en contraste al presidente Obama que proyectaba poder en su figura, la del Papa estaba llena de espiritualidad, que cada vez que besaba a un niño transmitía genuina espiritualidad, etc. la palabra espiritualidad ha sido repetida muchísimas veces durante esta semana.

Reflexionando acerca del significado y la dimensión de esa palabra, recordé un interesante estudio de la Universidad de Missouri, en la que se demuestra que las personas que tienen atributos negativos en su espiritualidad tienen peor salud física que aquellas con atributos positivos de espiritualidad.

Eso me llevó a investigar el término espiritualidad y ver si esa cualidad estaba de algún modo relacionada a la salud física. ¡Gran sorpresa! Existen muy pocos estudios que se hayan hecho para relacionar la salud espiritual con los otros dos importantes dominios de la salud humana: la salud física y la salud mental o emocional.

Como lo planteamos en nuestro libro “La salud hecho fácil. Como llegar a viejo, lo mas joven posible”, los seres humanos somos “tres en uno”, es decir cada persona tiene tres dimensiones en su vida, la física, la mental y la espiritual. Es por eso que en términos de salud, existen entonces tres tipos de salud: salud física, salud mental y salud espiritual.

La salud física es aquella en la que la gran mayoría de la gente piensa cuando piensa en salud. Las enfermedades del corazón, de los pulmones, del hígado, los tumores, la presión alta, los sangrados, etc. Este es el tipo de salud que constituye la gran mayoría de casos que se atienden en los consultorios médicos y en los hospitales de todo el mundo. Millones de personas se enferman diariamente y acuden al médico en busca de ayuda a sus problemas. Pero no todas estas enfermedades son del cuerpo, muchas son de la mente y del espíritu, pero lamentablemente no son adecuada y prontamente reconocidas por los médicos. El profesional que cuida de la salud física es el médico general o el médico especialista en la salud de los diferentes órganos y sistemas del cuerpo.

 

La salud mental es aquella que radica en nuestra mente y se expresa a través de nuestras emociones y que ahora sabemos esta en las conexiones cerebrales y es mediada por los químicos cerebrales o neurotransmisores. Aquí están las fobias, la depresión, la ansiedad en todas sus variedades, los trastornos obsesivo compulsivos, los ataques de pánico, las psicosis (lo que la gente llama locura), las adicciones a las drogas y el alcohol, etc. El cuidado de la salud mental es hecha por los profesionales de la salud mental: el psicólogo y el psiquiatra.

La salud espiritual es aquella que tiene que ver con el yo interior y su proyección con uno mismo, con la familia, con la comunidad y con Dios. Es aquella que nos permite estar contentos y satisfechos con uno mismo (autoestima) y con los que nos rodean, la que nos permite gozar la vida y saber que estamos en un camino de realización personal. Es aquella que nos permite tener momentos de felicidad emocional y que nos hace decir que la vida vale la pena vivirla. Es la que nos da propósito de vida, nos hace sentir que pertenecemos a una existencia llamada mundo y que nos hace vivir con principios, con  ética, con valores, con amor, alegría, paz interna y con esperanza.

De acuerdo al profesor Steven Hawks de la Universidad de Utah, la espiritualidad no necesariamente tiene un sentido religioso pero debe responder a cuatro preguntas existenciales básicas: ¿de dónde vengo?, ¿por qué estoy en este mundo?, ¿qué camino me llevará a cumplir mi misión de vida? y ¿qué me pasará el día en que muera?. Solo cuando la persona tenga algún tipo de respuesta a esas preguntas tan importantes, las cuales generalmente se responden en el contexto de la creencia o no de un ser superior, el individuo podrá desarrollar un mundo espiritual propio y un propósito de existencia que lo lleve a sentir que su vida tiene sentido. Una vez alcanzado ese punto, la persona buscará su desarrollo personal a través de una misión de vida, la persecución de un sueño o el seguimiento de una causa determinada.

Si bien es cierto que La salud espiritual se cultiva a través de la interacción con un pastor, un sacerdote, una buena amistad o alguien con quien se es capaz de expresarse abiertamente, se labra también cultivando aquellas actividades que tienden a hacernos sentir bien como seres humanos. La música, el arte, el voluntariado, un pasatiempo o simplemente el tener aun la capacidad de asombrarse ante las cosas simples de la vida son algunas de esas actividades que van a desarrollar nuestro espíritu.

Volviendo entonces al Papa Francisco, es muy posible que millones de personas hayan visto y sentido en el santo padre al ser humano con una genuina espiritualidad y misión de vida. Y es que la espiritualidad cuando es genuina incluye virtudes tales como honestidad, humildad, servicio al prójimo, confiabilidad, autenticidad, delicadeza, generosidad, integridad, altruismo y compasión, todas las cuales Francisco derrama a raudales.

Pero es posible también que esas millones de personas hayan sido inspiradas a buscar el sentido de vida y misión de existencia que carecen o que creían haber perdido por sus pasadas acciones, hipótesis que nos lleva al estudio de la universidad de Missouri, publicado en el Journal of Spirituality in Mental Health y que llegó a mi buzón de correo hace algunas semanas.

En dicha investigación, se estudiaron 199 personas creyentes, algunas sanas y otras con enfermedades como cáncer, lesiones cerebrales traumáticas, daño de la médula espinal y derrames cerebrales. Las personas fueron divididas en dos grupos, 61 de ellas creían que sus padecimientos eran consecuencia del castigo producido por algún pecado del pasado, es decir que Dios los había castigado y abandonado con una enfermedad. Las otras 138 personas no tenían esa visión negativa de que su enfermedad fuera consecuencia de algún castigo divino.

Después de responder a cuestionarios encaminados a relacionar sus síntomas con sus creencias, los resultados indicaron que aquellas personas que pensaban que sus enfermedades eran castigo divino, tenían dolores mas intensos y peor salud física y mental que los que no pensaban así. Por su parte, las personas que no pensaban que sus enfermedades eran castigo divino, mostraron un hecho interesante, a pesar de tener todavía dolores y achaques en su salud física, las toleraban mucho mejor porque tenían una salud mental mas fuerte.

Los autores concluyen que, dada la alteración en su calidad de vida, es necesario desarrollar intervenciones que traten de convencer a los creyentes de que sus enfermedades no son consecuencia de ningún castigo divino.

Es posible entonces que los millones de personas que han acogido tan efusivamente al Papa Francisco, no solo hayan percibido sus extraordinarias cualidades espirituales personales, sino que estén reaccionando favorablemente a los gestos inclusivos de Francisco. Al escucharlo decir ser buen católico no significa reproducirse como conejos, o “quien soy yo para juzgar a una persona homosexual” o anunciar que las mujeres que han abortado y las personas divorciadas serán perdonadas por la iglesia, millones de personas que se habían alejado, piensan que están frente a una nueva iglesia, una iglesia menos cerrada y punitiva y mas abierta y comprensiva. Cuántas personas, como en el estudio que comentamos, que pensaban que sus pecados del pasado les podrían causar el castigo de una enfermedad, ahora se sienten liberadas porque saben que su iglesia esta cambiando.

Es probable por lo tanto que sin querer queriendo, a través de sus gestos, su humildad y sus palabras, el Papa Francisco haya “implementado” la sugerencia de los investigadores de la Universidad de Missouri, y esté llevando a cabo la intervención psicológica mas grande de la historia del cristianismo, al decirle a sus fieles que tienen una iglesia diferente y que los hasta ahora “imperdonables” pecados del pasado pueden ser perdonados.

Como muy bien lo expresó David Ingber, rabino de la sinagoga Kehilat Romemu en Manhattan, en vez de ponerlo duro e insensible como una piedra, sus 78 años de vida le han dado al Papa la blandura de corazón de un ser verdadero ser humano.

¡Cómo no le sucediera lo mismo a los lideres políticos, incluyendo a los de la iglesia!