En salmos 90: 10 se dice que “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor. En su mayor parte son fatiga y miseria, porque pasan pronto, y nosotros nos vamos”. A pesar de que ese cálculo bíblico es real -en los obituarios, la edad promedio de las personas fallecidas es esa- desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres se niegan a aceptar que el proceso del envejecimiento es natural e irreversible y hacen lo imposible para evitar o retrasar el paso de los años.

Frente a ese deseo contra natura, también desde hace muchos años se ha desarrollado una floreciente industria, la que obviamente pesca muy bien en rio revuelto. Me refiero a la multimillonaria actividad pseudo científica llamada “anti envejecimiento”, la cual promete a sus clientes que si consumen sus caros productos o se someten a sus prácticas extremas, retrasarán el envejecimiento y lucirán cada día mas jóvenes. No es necesario decir que con el paso de los años, los decepcionados clientes siguen envejeciendo y como todo ser humano siguen muriendo.

En ese sentido, la moderna medicina, ayudada por la poderosa industria farmacéutica,  tiene mucho de culpabilidad en este asunto porque alimenta esos vanos deseos de la gente de retrasar el envejecimiento. Y aquí no estamos hablando de la cirugía estética, la cual es capaz de disfrazar temporalmente el paso de los años pero que lamentablemente, cuando es abusada o mal hecha, nos muestra envejecidos hombres y mujeres con un chocante aspecto no natural. De lo que aquí estamos hablando es del manejo médico de la menopausia y la andropausia, la que promete devolverle a hombres y mujeres, la vitalidad de los años mozos.

Lamentablemente, la experiencia que se ha tenido con el uso de las hormonas femeninas durante la menopausia, nos ha demostrado que el ir contra la naturaleza, ha sido mas dañino que beneficioso para la mujer. En una previa serie de siete artículos sobre la menopausia, habíamos descrito como, después de años y años de decirle a la mujer menopaúsica que las hormonas le iban a devolver la lozanía y la juventud de sus años jóvenes, lo que en realidad hicimos fue aumentar su riesgo de cáncer de mama, derrames cerebrales e infartos cardiacos. En contra de lo que se creía, y se le ofrecía a la mujer, el uso de esas hormonas tampoco pudo prevenir el deterioro mental de la vejez.

Increíblemente, y sin aprender de esa lección, estamos a punto de repetir el error, esta vez con los varones.

El hombre y su testosterona

La producción de altas cantidades de testosterona u hormona masculina empieza en la pubertad y alcanza su pico máximo alrededor de los 30 años; desde esa edad, se estima que la producción de testosterona disminuye uno por ciento por año. El problema es que la cantidad de testosterona en la sangre varia mucho, es decir tiene un amplio rango de normalidad. En hombres normales entre 19 y 40 años por ejemplo, el estudio de Framingham ha demostrado que la testosterona varia entre 280 y 873 nanogramos por decilitro. ¿Cómo se interpreta entonces que un chico de 21 años perfectamente normal tenga 350 de testosterona y un hombre de 38 años tenga 800? ¿No debería ser al revés? Sin duda que esa enorme variabilidad del valor normal de testosterona en la sangre no explica, como veremos después, los síntomas que presenta el hombre con la edad.

En ese sentido, empezando en los cincuentas y debido a la disminución natural de testosterona, el hombre presenta cambios en su vida, los cuales se agrupan en tres grandes grupos: su menor resistencia a la actividad física, su menor nivel de energía o vitalidad y una disminución en la intensidad de su deseo y potencia sexual.

Esos cambios hacen que el hombre ya no se sienta el mismo de antes, que se agote mas de lo usual después de un largo día de trabajo, que tenga necesidad de una siesta a media tarde, que se canse mas al hacer ejercicios, que se duerma en las reuniones y que tenga menor satisfacción en su vida sexual. Sin duda, al preocuparse por esos cambios, el hombre se vuelve irritable, no se concentra en las cosas que hace y “se siente viejo”.

Como en el caso de la mujer menopaúsica, a quien se le decía que los suplementos hormonales le podían resolver el problema, en los últimos años los doctores les están recetando testosterona a cientos de miles de hombres con la promesa de devolverles la vitalidad de sus años jóvenes.

Atizada por una enorme propaganda -Estados Unidos es el único país que permite la propaganda de medicamentos por televisión- la industria farmacéutica logró que sus publicistas inventen el término comercial “low T”, el cual no tiene significado médico pero se refiere a un aparente nivel bajo de testosterona en la sangre como causa de los síntomas del hombre mayor.

La propaganda ha sido increíblemente exitosa para la industria, un artículo en el Journal of the American Geriatrics Society de abril del 2015 denunció que la industria había “inventado” un diagnóstico en el hombre para vender sus medicinas y reveló que el número de recetas de testosterona aumentó de 100 millones en 2007 a 500 millones en 2012 y las ganancias aumentaron de 324 millones en 2002 a dos mil millones de dólares en 2012; en esa década, el número de recetas se multiplicó por diez. El diario Washington Post publicó en junio del 2015 una columna de opinión denunciando que se había inventado una enfermedad para explicar los síntomas derivados del normal envejecimiento del hombre y mostraba su preocupación por ataques cardiacos, derrames cerebrales, formación de coágulos en piernas y pulmones y crecimiento de la próstata en los usuarios de testosterona.

El último estudio

Ante esas denuncias, que obligó a la Administración de Medicinas y Alimentos de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés) a advertir a los médicos que el término “low T” no existía y que el uso de testosterona podía causar infartos cardiacos y derrames cerebrales, los Institutos Nacionales de la Salud (NIH por sus siglas en inglés) decidieron financiar el primer estudio para comparar la testosterona con un placebo y zanjar la controversia. Los resultados se publicaron la semana pasada en el New England Journal of Medicine.

El estudio dividió a 790 hombres mayores de 65 años y con un nivel menor de 275 nanogramos por decilitro de testosterona en sangre, en dos grupos, uno recibió el gel de testosterona y el otro un gel de placebo sin hormona. Ni los participantes, ni los médicos sabían que preparado se estaba usando. Después de un año de estudio, se evaluó el efecto de la testosterona y el placebo en tres áreas: la resistencia al ejercicio físico, la mejora en la vitalidad y la mejora en el deseo y la potencia sexual.

Los resultados demostraron que a pesar de que los niveles de testosterona en la sangre de  los hombres que usaron el gel aumentaron a niveles de hombres jóvenes entre 19 y 40 años (es decir entre 280 y 873), la hormona no fue mejor que el placebo en mejorar ni la vitalidad ni la resistencia al ejercicio (tuvieron que manipularse los datos para tener cierto beneficio en tolerancia a ejercicios). Si bien hubo una leve mejoría en el deseo y potencia sexual, el beneficio fue menor que el que se obtiene con medicamentos como el sildenafilo, tadalafilo y vardenafilo, actualmente disponibles  para tratar la disfunción eréctil.

En relación a los efectos secundarios, los hombres que usaron testosterona aumentaron en un punto su nivel de antígeno prostático especifico (PSA por sus siglas en inglés) y tuvieron similar frecuencia de otros efectos secundarios, comparados con los que no usaron la hormona. Sabiendo que el estudio solo duró un año, queda por conocerse el efecto de la testosterona a largo plazo, detalle importante cuando se supone que el hombre que inicia el tratamiento debe usarlo por el resto de su vida.

Corolario

Los resultados de este importante estudio son entonces decepcionantes. En el balance, me parece que los ralos beneficios no justifican el uso de la testosterona, sobre todo considerando que la vida sexual puede mejorarse con otro tipo de medicamentos, los cuales tienen mucho menos efectos secundarios.

Mas preocupante todavía es el hecho de que se desconocen los efectos a largo plazo del uso de testosterona. No vaya a ser que de aquí a 10 o 15 años, al igual que nos sorprendimos con las mujeres, aprendamos que la hormona produce graves efectos secundarios.

Creo que hombres y mujeres debemos aprender a envejecer con gracia, y para eso hay que reconocer los cambios que nos producen los años, hay que aceptarlos y hay que adaptarnos a ellos. Es imposible hacer a los cincuenta, sesenta u ochenta, lo que se hacia a los veinte o treinta.

Sabiendo que el proceso de envejecimiento es solo 30% genético y 70% estilo de vida, el adoptar y mantener un estilo de vida saludable es clave para llegar a viejos, lo mas jóvenes posible.