Hace unos días me encontré con un amigo, propietario de una distribuidora de bebidas muy frecuentada y con una surtida cartera de clientes. No pude reprimir mis preguntas sobre cómo iban las ventas ya que estamos en plena campaña navideña.

Muy contento, respondió que las ventas se habían elevado considerablemente y que las proyecciones para fines de diciembre resultaban muy atractivas. Cuando hice la pregunta “¿también el pisco?”, su respuesta me dejó helada. La venta de pisco está baja, con una comparación de casi 9 botellas de otros destilados por una botella de pisco.

(Foto: Consuelo Vargas / Archivo El Comercio)
Ante mi interrogante sobre a qué se debía esto, contestó: “Muy sencillo. Las marcas de los otros destilados están haciendo un márketing muy fuerte y si observas la publicidad, promociones, precios y otros, en relación al pisco no encontrarás nada”.

¿Pero y el tema de su identidad, reafirmando que es nuestra bebida nacional, de bandera, además del incremento de la producción y que existen más marcas en el mercado? Al parecer no es suficiente y el consumo de pisco no puede descansar solo en campañas de márketing, sino debe ser parte de nuestra cultura gastronómica.

Si bien la tradición nos hace brindar con un buen espumante, esto no significa que falte un buen pisco en la mesa. Puede acompañar el postre, colocarle un toquesito de picardía a la taza de chocolate o al panetón, o preparar un buen coctel de fresas que se verá precioso, además, con los colores navideños.

Faltan tres semanas para que se acabe el año, esperemos que la situación cambie. Prometo escribir un reporte al respecto en el 2011.